Google+

8 de marzo de 2017

Zapato pequeño, tacón alto


CAPÍTULO 14

Miércoles, 7 de marzo de 1923. Carabanchel

Tras el almuerzo se personaron los dos médicos titulares de los Carabancheles. El informe de los galenos era concluyente: en él se dictaminaba, tras un minucioso análisis y sin ningún tipo duda, que los restos correspondían a una mujer joven, de unos dieciocho años. Así lo hace suponer el tamaño, forma, estado de la piel y otras particularidades, que «desde luego —concluían los dos médicos—, el examen microscópico y un análisis detenido comprobarán plenamente». Por el estado de descomposición en que se encuentran, suponían, que las extremidades llevaban enterradas aproximadamente un mes. Según los dos facultativos, la deformación de los pies se debía al uso frecuente y prolongado de zapatos pequeños con los tacones muy altos. De esta primera inspección, dedujeron que fueron cercenados cuando la víctima estaba aún viva. Con respecto al tercer trozo, semejando una mano del mismo cuerpo pero no atreviéndose a certificar este extremo, recomendaban su envío al Laboratorio de Medicina Legal de Madrid.

Tras ordenar esta última diligencia con el trozo no identificado suficientemente, siendo las seis y media de la tarde, el juez instructor dio por terminados sus trabajos en Carabanchel regresando a Getafe. Estaba anocheciendo cuando el juez y el secretario, tras devolver el automóvil en el cuartel de Artillería, se despidieron hasta el día siguiente.



Miércoles 7 de marzo de 1923. Getafe

Manuel González se dirigió a su casa, desviándose de la calle Madrid, la calle principal del pueblo a fuerza de ser el camino obligatorio entre la capital y Toledo, en la misma Plaza del General Palacio. Dejó a un lado la Iglesia Chica mientras caminaba con paso rápido hacia la plaza de Canto Redondo y la calle de la Magdalena. Al llegar a su domicilio, el juez titular de Getafe besó a su esposa Mariña y a sus tres hijos, dos hembras y un varón, que le esperaban, como todos los días de diario, aseados y listos para la cena familiar. Manuel y Mariña se habían casado hacía diez años en la iglesia vieja de Ginzo bajo la advocación de la mártir Santa Mariña cuya fiesta se celebra, santo y cumpleaños de su mujer, el día 18 de julio. A él, sin embargo, le gustaba llamarla Maruxa.

Rápidamente se cambió el estricto traje negro que solía vestir fuera de su domicilio por una cómoda y alegre bata de seda china. La casa olía de maravilla, casi como la de su madre, allí en la aldea. Hoy tocaba el exquisito guisado de pulpo con arroz y papas de su tierra, una receta andaluza que cerca de Granada se cocinaba con boquerones y azafrán y que en la particular versión de los González se habían sustituido por el pulpo y el pimentón, recuperando, de manera casual, la esencia y el alma de la gastronomía gallega.

Cuando el juez entró en la cocina, su mujer estaba de espaldas; se quedó callado observándola de arriba abajo. Mariña se volvió suavemente, con un ligero movimiento de cintura, y encontró a su marido mirando fijamente hacia sus zapatillas, con la vista anclada en el suelo, absorto.

—No son nuevas. Ya deberías haberte dado cuenta. Las tengo desde la última Navidad. Y no fueron los Reyes Magos de Oriente...

—Ya, ya… No es eso. Estaba pensando en los pies pequeños de las mujeres…

—No seas picarón…

—Todo lo contrario. Es el trabajo. Ayer por la tarde me comunicaron el hallazgo de unos restos humanos en Carabanchel.

—¡Qué horror!

—Hoy tuve que desplazarme hasta ese barrio para dar inicio a las diligencias del caso. Por eso no he venido a almorzar. Se trata de dos pies y acaso una mano de una mujer joven, al parecer cercenados en vida, no imaginamos siquiera el cómo ni el porqué, suponemos solo que de manera atroz. Bueno, el caso es que los restos encontrados estaban excesivamente arqueados y desarticulados. Los médicos de Carabanchel achacan las deformidades de los dos pies al uso frecuente de zapatos demasiado pequeños, quizá una talla o dos menos que lo necesario, y con el tacón muy alto. Como a ti te gustan tanto los zapatos con tacones altos y finos, observaba…

—¿El qué? ¿Es posible que ellos puedan saber que esa desgraciada usaba zapatos pequeños y con tacón alto solo con ver unos huesos desarticulados? Puede que sea un crimen terrible, una ferocidad propia de algún demente, pero de ahí… a aprovechar el crimen para criticar la moda y la vestimenta femenina, va un trecho. Más parece que a esos medicuchos tuyos de tres al cuarto les molestan las mujeres elegantes, con bonitos, altos y afilados zapatos. Ya sabes cuál es mi prenda favorita y la que elegiría cualquier mujer antes que un traje, incluso antes que un sombrero, en un bonito día de compras. ¿Cómo se podría acudir al teatro o a la zarzuela sin un par de excitantes zapatos? Es ahí donde empieza la percepción masculina de lo femenino, y de ahí, subiendo despacio, con avidez, intentando prolongar las curvas estilizadas del zapato a las piernas y al cuerpo de la mujer, hasta el sombrero. ¡No sin mis zapatos preferidos! No es vanagloria ni presunción. Hay algo que va más allá de lo puramente llamativo, del reclamo, de la coquetería. El alma de una mujer tiene forma de zapato, con la punta roma o aguda, tan altos que producen vértigo, o bajitos, a ras de tierra, con el tacón afilado como un estilete, o anchos como la torre del oro de Sevilla, grandes como albarcas de pastor o pequeños como zapatillas de geisha. Esos médicos son… ¡tontos!, cariño. Dejemos este tema y vayamos a la mesa. Dejemos para mañana esos horrores, a los asesinos, a sus jóvenes y pobres víctimas y a lo que podría ser un crimen pasional por culpa de un par de zapatos seductores.

—¿Te burlas?...

—A lo mejor de tus sagaces doctores. Pero no del suceso. Rezo, desde ahora, para que descubras al asesino, lo juzgues y lo mandes lo más rápido que puedas al garrote; eso sí, después de cortarle los pies y las manos en vida y arrojarlos a un estercolero para que los devoren los perros.

—¡Carallo, Maruxa! No creo que podamos llegar a tanto, pero vayamos a la mesa, pues, y dejemos para mañana ese truculento asunto.


-------------------------------------------------------

Capítulo 14 de Las Muecas de los días

7 de marzo de 2017

El arte de la palanca

Fuente de la Plaza Carretas en 1939. Foto de Nandi Guisado Palacios publicada por cortesía del grupo De Getafe al Paraíso. Al fondo, casa del médico José Sánchez Morate



  
Getafe. Martes 6 de  marzo... de 1923

Manuel González y José Sánchez-Morate se dirigieron por la calle Madrid en dirección al Ayuntamiento. Era hora de recogerse. El doctor vivía en un chalecito de la calle Jardines, a tiro de piedra del Consistorio, frente a la plaza de Marcos Cádiz, un ensanchamiento al que daban las fachadas de varios caserones de arquitectura manchega, propiedad de algunos de los más ricos agricultores del pueblo. Entre ellos destacaba el que ocupaba íntegramente la arista norte de la plaza y que era propiedad del que fuera alcalde en 1915, Jacinto Cervera; una enorme casona con las fachadas pintadas en un color cálido, entre ocre y amarillo, con nueve ventanas contorneadas en blanca cal, rejas de forja negra, una puerta de nogal y un portón de cuatro metros de ancho. La plazuela, a la que todo el mundo conocía como de Carretas, debía su nueva denominación al cura párroco fallecido en 1911. Los concejales del Ayuntamiento, influidos por el secretario municipal, Felipe de Francisco, acordaron homenajear al cura otorgando su nombre al céntrico ensanchamiento y colocando dos placas de mármol blanco. Ligeramente desplazada del centro del espacio abierto, hacia la casa del exalcalde, se había construido una fuente con cuatro caños que servía a la vez para la recogida de agua de uso doméstico y como alberca para abrevadero de las caballerías, un remanso de aguas verdosas que emitía en las tardes de verano su rumor continuo de agua corriente, su cuádruple y poderoso borboteo como la música que mana de los jardines árabes.

El juez vivía en la calle Magdalena, la vía con más solera del pueblo, aunque en declive, pues en los últimos tiempos la travesía de la carretera de Madrid a Toledo a su paso por el municipio se imponía como calle residencial y comercial. La calle de la Magdalena, que además daba nombre al barrio, comunicaba la plaza homónima de la patrona del pueblo bajo cuya advocación estaba consagrada la iglesia parroquial con la plaza de Canto Redondo, cerca del límite donde empezaba el barrio de San Eugenio. La casa del juez estaba adosada a la de Concepción Recio, que poseía uno de los talleres de moda y sastrería con más prestigio de la villa. Cerca de allí, en la misma calle Magdalena, había otra pequeña fuente semicircular a la sombra de dos enormes árboles, dos recias y vigorosas moreras, adonde acudían las mujeres con sus peroles, cántaros, pequeñas ánforas y sus carretillas de una sola rueda para llenar las dos tinajillas de barro con las que iban equipadas. En sus proximidades se fundía el rumor del agua de la fuente y el murmullo de las conversaciones y los cotilleos de las mujeres que los días soleados y calurosos revoloteaban como las avispas en torno al frescor del agua y la sombra de los árboles. El trayecto hasta su domicilio hubiera sido más corto de haber torcido directamente desde la calle Madrid hacia la calle del Hospitalillo de San José que conducía, un poco más allá de la calle principal, al lavadero municipal. Sin embargo, prefirió dar el rodeo a la gran manzana en uno de cuyos lados estaba incrustado el centro de beneficencia, para acompañar a su amigo el médico y así, de camino, dar un paseo a esa hora del crepúsculo en el que la luna empieza a derramarse por los tejados.

Retomaron la charla mientras pasaban por delante del escaparate de la moderna pastelería de Amalio Martínez Izquierdo, y por las principales casas del pueblo, adosadas en los primeros números de la calle Madrid, hasta llegar a la lujosa y magnífica mansión propiedad de la familia del que fuera abogado insigne y alcalde de la Villa, Gregorio Sauquillo, asentada en la misma plaza del Ayuntamiento y que se había construido a principios de siglo con un estilo modernista sin renunciar al sabor de la arquitectura autóctona a base de filigranas de ladrillos de dos colores. Era, del Casino a la Casa de los Sauquillo, el único trayecto que estaba adoquinado como Dios manda. La calle Madrid y la de la Magdalena competían por ser las más importantes del municipio. Una en su vejez y otra en su juventud radiante. Durante el siglo XIX, la más señera había sido la de la Magdalena, antigua travesía hacia Toledo desde la calle Villaverde y que frente la iglesia se bifurcaba hacia Toledo y hacia Pinto. En ella estaban algunos de los comercios e industrias más importantes, como la fábrica de juguetes de Filiberto Montagud, las pompas fúnebres Benavente, modistas, cacharrerías, la casa de los párrocos; una calle que era recorrida por las más de treinta procesiones que se celebraban a lo largo del año. Desde los primeros años del siglo XX, sin embargo, fue la de Madrid la que asumió el papel de travesía del camino real arrebatando a la Magdalena el honor de arteria de la máxima categoría; además de la confitería de Izquierdo, en ella se habían instalado varias panaderías, dos hojalaterías, dos barberías, un taller de zapatería, un cedacero, una guarnicionería, una carpintería, una tienda de ultramarinos, una taberna y dos bares con pretensiones. Cada día era más caro y difícil instalar un negocio en la transitada calle de Madrid.

Caminaban el médico y el juez despacio, degustando el aire que bufaba la sierra de Guadarrama sobre el sur de la capital en los estertores del invierno. Era la suya una conversación recurrente en los últimos meses, vehemente y, a la vez, tediosa por estar más sobada que el culo de la Zurda. La situación del país parecía no tener arreglo, por doquier se divisaba un panorama desolador, sin apenas soluciones perceptibles. Los periódicos eran el reflejo de una nación fracturada con un sistema social caduco en el que el pueblo estaba cada vez más empobrecido y los ricos, cada día más ricos, cresos, inmunes a la situación del país, casi idiotizados en el cuidado de sus fortunas. A pesar de ello, al margen de las locuras anarquistas y las utopías socialistas, aún había vida, aún había esperanza. El juez empezó a hablar, si cabía, con más sigilo, bajando el tono de voz y deteniendo sus pasos en la misma plaza del Ayuntamiento, justo en la esquina desde la que se vislumbraba la plaza de las Carretas y se oía el borboteo de los cuatro caños y el vertiginoso rumor del agua que se vertía de la pileta al abrevadero.

—Me ha gustado lo que ha dicho Tiburcio. España no existe: ¡españoles reconstruyámosla! Es un joven muy avispado. Muy intuitivo. Tengo que confesarte que ya se ha iniciado esa tarea. Es cierto que algo importante se cuece por arriba, menos mal. A Dios gracias que hay quien se ha empecinado en construir de nuevo la patria, para renovar su antiguo esplendor, dar brillo y reverdecer los antiguos laureles. La España actual se refleja en los charcos de este pueblo. Las eternas disputas políticas, sin dar una solución a los problemas, la alternancia adormecedora de los gobiernos para aprovecharse de la misma podredumbre y corrupción, acabarán sin remedio con la convivencia pacífica. Las peleas pueblerinas entre la Piña, el gremio de Labradores y la Unión Obrera son el reflejo de lo que pasa en este país. El sistema se sostiene con los secretarios, que son en realidad los que mandan en los municipios, y con el refuerzo de la Guardia Civil. Los alcaldes y ediles figuran tan solo, por regla general, como representación de la aristocracia del arado y, como tales, qué más se podría esperar de ellos, ignorantes labradores. Nada por aquí, nada por acá —se señaló las dos partes de la cabeza el juez, negando a la vez con el gesto y con el vaivén de la cabeza—. Ya viste el reciente decreto del Gobierno regulando el sueldo de los secretarios y prohibiendo la percepción de ninguna cantidad más a la fijada, en ningún concepto. Ellos son la correa de transmisión del sistema, pero hay que poner límite a sus ambiciones y, sobre todo, a su codicia y a su deseo inmemorial e irrefrenable de aprovecharse de lo público a cambio de ser garantes del orden establecido y de mantener a raya a obreros, jornaleros, desventurados y miserables.

—¿Por qué dices que se cuece algo? ¿Qué es?

—El mes pasado tuve la ocasión de mantener una conversación privada con Carlos Vergara... Cailleaux.

—¿El juez?

—Sí bueno, es magistrado de sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Supremo. Fue a finales de enero, durante un banquete en Madrid con motivo de la jubilación de su hermano mayor Marcelo como jefe de Administración de primera clase del Cuerpo de Abogados del Estado.

—Sí, lo leí en la prensa hace poco. Creo recordar que fue en algún número de El Globo del pasado mes de febrero en el que se hacía eco del decreto publicado en La Gaceta sobre su jubilación.

—Supongo que sabes que los dos hermanos nacieron aquí en Getafe...

—Su padre fue el que vendió los terrenos a las Ursulinas para la construcción del colegio de la calle Madrid. Por esa razón, supongo, la calle que comunica la de Olivares con la de Sevilla y llega hasta la puerta del convento se denomina Vergara. Eso tengo entendido. ¿No?

El juez asintió con la cabeza e interrumpió un momento su argumento para explicarle a su amigo el tema de las monjas. Las Ursulinas pertenecen a la Sagrada Familia de Burdeos, una Congregación fundada hace algo más de cien años, exactamente en 1820, por el sacerdote Pedro Bienvenido. Las hermanas llegaron a Getafe desde Madrid en 1857 de la mano de Manuel Vergara, el hermano mayor de la Congregación de San José. Instaladas desde un principio en el Colegio Virgen de Loreto de Madrid, acordaron con la junta de beneficencia del Hospitalillo de San José hacerse cargo de la atención a los enfermos por la respetable cantidad de 6.600 reales anuales de la época con la condición de atender los gastos de manutención, vestido y lavado de ropa, la sacristía, la cocina y la alimentación de los hospitalizados. Ese contrato duró un par de años. Los terrenos sobre los que empezaron a levantar un nuevo colegio de señoritas fueron adquiridos por la orden a la misma familia Vergara. El negocio era redondo. Por aquí sale de una Congregación hacia otra Congregación y por aquí, entre misa y misa, entra a la talega de los Vergara. Hasta la beneficencia y las obras pías civiles están manchadas por el velo negro que oculta el latrocinio, el envilecimiento y la deshonestidad.

—¿Quién controla las cuentas de esas guaridas de curillas y beatos meapilas? —remató Sánchez-Morate con cierta sorna la disquisición sobre los terrenos de las monjas.

—Exacto. Volviendo al tema que nos atañe, me extrañó —continuó el juez con la confidencia que estaba a punto de revelar a su amigo— que en el homenaje a don Marcelo solo estuviera el secretario del Ayuntamiento. De hecho, los secretarios municipales de la provincia de Madrid estaban casi todos. Ellos son las columnas en las que descansa la estructura del Estado español, la red de gobierno que propugnan liberales y conservadores; desde el presidente García Prieto, seguidor de las ideas de su suegro y paisano mío, Montero Ríos, que en paz descanse, al jefe de la oposición, Sánchez Guerra. Y el de todos los gobiernos, sean del signo que fueren, que quieran subsistir, lo que los socialistas califican, no sin cierta razón, con el adjetivo de clientelar y caciquil. Y no es peyorativo. Es la realidad más cruda de la España rural. Lo sorprendente es que no estuviera Juanito, el alcalde, pues había muchos ediles y jueces de la provincia. Hablamos un buen rato y me confió que se está preparando un cambio de timón. Un golpe de autoridad contra la política decadente que nos desgobierna, sin que importe mucho el futuro de la Monarquía. Eso me produce una cierta desazón pero es inevitable. La Corona se ha ganado el rechazo popular a pulso.

—Los Vergara y los Gómez de Francisco no son, que digamos, buenos amigos; ni tienen relaciones cordiales, y diría que ni siquiera se llevan. Lo de siempre, rencillas rusticanas, discordias y desavenencias sobre las lindes y la propiedad de las tierras. Y gracias a Dios que se saludan, al menos en la iglesia con las devotas imágenes como testigos.

—Bueno, a lo que vamos, Pepe, que se nos hace tarde. Resumo. Los militares están preparando un golpe, un puñetazo en la mesa. El ejército está cansado del deterioro de su imagen desde que se perdieron las colonias hasta la dichosa guerra de África; sobre todo tras las críticas de la prensa más cercana a posiciones liberales, socialistas y anarquistas que han tomado como referencia para su ataque el informe elaborado por el general Picasso. Por lo poco que ha trascendido, en ese documento se determinan las responsabilidades del alto mando por los sucesos de Melilla, concretamente de los generales Silvestre y Navarro, muertos en el desastre de Annual, y también del alto Comisario en Marruecos el General Berenguer; incluso se deja entrever los intereses económicos de la Corona. Negligencia y negocios por los que han derramado su sangre más de 14.000 soldados, la mayoría mozos de reemplazo sin formación militar, sin una alimentación adecuada, sin el apoyo de la intendencia, sin sanidad militar... ¡Y eso si no  son más!; se habla de veinte o treinta mil muertos, ¡quién sabe! El debate del Parlamento a finales del año pasado sobre las presuntas responsabilidades y el suplicatorio para procesar al General Berenguer han sido la gota que ha colmado el vaso de la paciencia militar. Artera y maliciosamente se filtró en el momento justo a la prensa para desprestigiar al Ejército y al Rey. Es una locura. A Alfonso XIII que le den, se ha dicho. Su tiempo se ha acabado.

—Sí, creo que algún periódico ha lanzado el rumor de que «el Africano» estaba dispuesto a abdicar, transfiriendo el trono a su hijo.

—Eso es una mentira interesada. En todo caso, desde algunos diarios se está preparando socialmente el golpe. ¡Apañados estaríamos! ¿A cuál de sus hijos podría dejar al frente de los destinos de España? ¿Al príncipe de Asturias, Alfonso, un imberbe hemofílico de 16 años del que se dice que es impotente, un muchacho, además, con una formación insuficiente? ¿Al infante Jaime, un año menor que el otro y sordomudo de nacimiento? ¿A alguna de las dos infantas, Beatriz o María Cristina, dos niñas? ¿Al infante Juan, de 10 años? ¿A Gonzalo, del que se dice que también es hemofílico? Los Borbones están podridos. Si España fuera monárquica, que empiezo a dudarlo, parece que está condenada de nuevo a buscar entre los príncipes extranjeros un candidato ideal. La dinastía de los Borbones Battenberg está débil, como la rama seca de un árbol a la que apenas llega savia que la nutra; muerta, putrefacta. Lo mejor que podríamos hacer los españoles, antes de que la Monarquía nos aboque a un precipicio sin salida o nos lleve a un nuevo desastre como el del 98, a un cataclismo político, a una desgracia nacional, es podarla. Eliminar la rama.

—¿Y, adónde nos dirigimos? ¿Cuál es el destino de la Patria? ¿Qué se pretende imponer, un régimen fascista copiado de la nueva Italia? ¿Hará Alfonso como el rey Víctor Manuel, que ha entregado todo el poder a Mussolini? Si se mira lo que ocurre a lo largo de los Apeninos surgen los chistes sobre la imperiosa necesidad de adquirir la correspondiente camisa negra. ¡Y que sea de once varas!

—Dejemos las gracias —casi le susurró Manuel González a su amigo José Sánchez-Morate.

—¿Tal vez se piensa girar hacia un régimen comunista como la Rusia de Lenin? ¿España necesitaría organizarse en sóviets? No creo que sea bueno, ni que seamos capaces…

—En efecto, entre la montaña y la llanura no se vislumbra un paisaje amable. Desde el renacimiento y, luego, durante la revolución francesa, la Montaña agrupaba a la gente selecta, a la aristocracia y a la gran burguesía, y la Llanura se llenaba con la muchedumbre o proletariado, como está de moda decir ahora; debajo de la Llanura estaba el Pantano. Imagina un estanque sucio lleno de ambiciosos, egoístas, corruptos, oportunistas y aventureros que votan en función de oscuros intereses, siempre a caballo ganador, o se mueven siempre en la misma dirección que sopla el viento de los acontecimientos. ¿Esa es la alternativa?

—No creo que sea bueno atender solo a la codicia de los privilegiados ni a las necesidades de los obreros y campesinos. Y menos, seguir el juego a los tahúres del pantano.

—¿Crees que las elecciones generales convocadas para el próximo 29 de abril serán la solución al problema de España? Según Carlos Vergara estas serán los últimos comicios de la restauración borbónica. Ahora, el presidente del Gobierno es Manuel García Prieto, del partido liberal. En la oposición está José Sánchez Guerra del partido conservador. El próximo, tras las elecciones, será José Sánchez Guerra o Manuel García Prieto. ¡Qué más da!

—¿Y quién es nuestro Benito Mussolini?

—El movimiento está liderado por el capitán general Primo de Rivera, el único que se ha manifestado públicamente en contra de la absurda guerra de África, aunque detrás de él hay numerosos sectores sociales que consideran acabado el sistema político actual. Su ideología es simple y pura actitud patriótica.

—¿Habrá nuevas elecciones o, por el contrario, estamos abocados al partido único como en Italia o en Rusia?

—Vergara me aseguró que el nuevo Gobierno será una especie de directorio que solo estará al frente de los destinos del país durante unos meses, los necesarios para apartar de la escena a los políticos que arruinan a España y constituir un Gobierno de técnicos, juristas y economistas honrados que dé término a la conflictividad social, al nacionalismo regional exacerbado, al pistolerismo empresarial o sindical y al anticlericalismo galopante. Se trata de profundizar en las ideas de un cierto regeneracionismo como el que se extendió tras el desastre de la pérdida de las colonias, que acabe con el caciquismo y restablezca el orden social. Dios, Patria y Rey, aunque este último desaparezca o sea una mera figura decorativa.

—¿Qué papel juega Vergara en todo ese tejemaneje?

—Carlos Vergara, y su hermano Marcelo, dependen políticamente de José Calvo Sotelo, quien como sabes es uno de los jóvenes valores del maurismo. Destacó en la secretaría de don Antonio. Tras un primer fracaso en las elecciones de 1918, y comprobar en sus propias carnes cómo funcionaba el caciquismo gallego, resultó elegido diputado en 1919 por el distrito de Carballino, en Orense. Sus intervenciones en el parlamento contra la tiranía de los caciques fueron notorias, aunque hace dos años le hicieron volver a perder el escaño. Al igual que los dos hermanos Vergara, Calvo Sotelo aprobó las oposiciones para abogado del Estado, aunque mi paisano lo hizo con el número uno de su promoción y una puntuación nunca antes obtenida por candidato alguno. Es en ese ambiente de la abogacía del Estado y del maurismo donde se forja la confianza personal y política. Calvo Sotelo es hijo de juez. Este joven es el alma ideológica del movimiento. Desde hace años boga por aprobar una reforma imposible de la administración local.

—¿Calvo Sotelo es un fascista? ¿Es monárquico o republicano? ¿Es primorriverista?

—Don José firmó hace un par de años el manifiesto de la Democracia Cristiana que en España promovió inicialmente Se¬verino Aznar. Asegura que sus convicciones son democráticas, pero por eso mismo, creo yo, que abomina del régimen político imperante. Sobre todo se muestra como enemigo de la decadencia y la corrupción de la clase política, del gobierno tácito de los caciques en el mundo rural y, por ello mismo, partidario de una profunda reforma de la administración municipal.

—Bueno, ahí sí que hay tela que cortar y enemigos que batir, reticencias y fuerzas ocultas que harán todo lo posible para que fracase. ¿Qué quieren los Vergara?

—Calvo Sotelo le ha prometido a Carlos Vergara, una vez que se produzca el cambio, un cargo importante en la nueva estructura del Estado; podría ser que tuviéramos aquí un secretario de estado, imagina un ministro nacido en Getafe o, llegado el caso, algún otro cargo importante. Los Vergara son una familia poderosa que ha llegado hasta lo más alto del escalafón jurídico de este país.

—Se trata de una buena palanca ¿No? Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo... —el médico sonrió mientras dejaba en el aire un suspiro lanzado al futuro. De sobra conocía el anhelo íntimo de su amigo el juez de triunfar en la política.

—Ya veremos… —el juez dejó en el aire la frase, sin poder ocultar tras los vidrios de las gafas un pequeño brillo de esperanza y ambición en el fondo de su mirada. Habían llegado a la puerta del chalecito del doctor Sánchez-Morate—. Los sueños están hechos de una materia frágil y traslúcida, nebulosa. El futuro es inescrutable, no está escrito para nadie. De momento, lo que tengo, aquí y ahora, es un crimen por resolver. Es hora de recogernos en casa.

—Sí, claro. Bueno, Manuel, hasta mañana. ¿Nos veremos en el Juzgado?

—No creo. Mañana, este asunto de los huesos me ocupará casi todo el día en Carabanchel.

Oscurecía. Espesos nubarrones ennegrecían, aún más si cabe, el cielo de Getafe. El juez de instrucción siguió caminando pensativo por la calle Jardines hacia la calle Magdalena donde tenía su domicilio, una buena casa de dos pisos que había alquilado cuando llegó al pueblo y que en el siglo pasado había pertenecido a la familia del Intendente de la Armada Ignacio Negrín, fallecido en Getafe en 1885 y que había destacado por su versos marineros, con viento en popa, salpicados de espuma, sal y brea al estilo romántico de la época. Curioso, pensó el juez con una cierta desazón e intranquilidad: el poeta del mar, varado en este puerto sin mar.


--------------------------------------------------------------------------

Capítulo 7 de la novela Las Muecas de los días. Fotografía superior publicada por cortesía de su propietaria y del colectivo De Getafe al Paraíso

4 de marzo de 2017

Getafe 1923: un lío de huesos

Parroquia y eras de Getafe. Fotografía desde la manga de la Base Aérea. Colección particular de Manuel de la Peña. Postal del periódico Acción Getafense editada con motivo de Expo Getafe '96.



Crimen y seducción

Martes 6 de marzo de 1923

El secretario del Juzgado de Instrucción de Getafe entró en el Casino La Unión de manera impulsiva, azorado, con la expresión llena de pavor, llamando la atención de casi todos los presentes. Subió rápidamente las escaleras que conducían al salón de recreo y, con la respiración fatigada, se paró delante de la mesa. Miró fijamente a Manuel González Correa intentando desviar hacia sí el interés del juez, sin decir ni una sola palabra, mientras se agitaba inquieto. Cuando el juez levantó la vista y captó la expresión de aquel pequeño y sibilino burócrata con sus ojos de comadreja adivinó que algún suceso grave venía a alterar la tranquilidad de aquella tarde de finales del invierno de 1923. Aquel hombre era, cabalmente, un ave del mal agüero. El responsable del partido judicial de Getafe dejó las cartas boca abajo sobre el tapete verde y se levantó de la mesa donde solía pasar la tarde de los martes jugando con algunos de los más destacados vecinos de la villa, como eran el doctor José Sánchez-Morate, el escultor y empresario Filiberto Montagud y el procurador e hijo del que también fuera procurador del Juzgado de Getafe, Tiburcio Crespo.

En la mesa de al lado, el alcalde de la villa, Juan Gómez de Francisco, el procurador Luis Sanz y dos de los destripaterrones más ricos del pueblo levantaron la vista de sus jugadas y azuzaron las orejas como lebreles intentando cazar la noticia. Un teniente y dos suboficiales del 2º regimiento de Artillería Ligera fumaban cigarros y bebían aguardiente mientras le tiraban los tejos a María la zurda, la camarera, en forma de piropos, requiebros u ocurrencias, que ella esquivaba con gracia, por la izquierda y por la derecha, mientras movía sus caderas entre las mesas de los parroquianos, con picardía y ritmo de marcha militar, en un desfile de va y viene tan poco marcial como excitante.

El magistrado leyó de un vistazo la nota que le había alargado el secretario. El mensaje estaba escrito con torpe caligrafía: «Carabanchel, a seis de marzo de 1923. A la atención del señor don Manuel González, Juez de Instrucción del Partido Judicial de Getafe. A primera hora de la tarde de hoy, unos niños han encontrado unos huesos semienterrados en un campo de labor cerca de sus casas en el barrio del Terol, en Carabanchel, que al parecer se corresponden con los pies de una persona. A primera vista parecen humanos. Los huesos, algo descompuestos, están depositados en las dependencias del Ayuntamiento de Carabanchel, según han convenido el alcalde del barrio y el juez municipal. Quedamos a la espera de sus noticias y de lo que decrete en sus primeras diligencias. Ignacio Igartúa. Secretario del Juzgado municipal de Carabanchel».

—¿Quién ha traído este aviso?

—El Cabo Deleito, señoría. Parece que el alcalde del barrio de Carabanchel, don Claudio Hernández puso los hechos en conocimiento del cabo de la Guardia Civil del puesto de allí, Teófilo Redondo. Este llamó por teléfono al comandante de puesto de aquí y él mismo me lo acercó hasta mi domicilio. Es el inconveniente de vivir cerca de la casa cuartel. Al parecer, y dada la urgencia del tema, aunque sea tarde, esperan instrucciones de usted.

—Bien, acérquese a las oficinas del Juzgado, por favor, y llame por teléfono a los dos puestos de la Guardia Civil para confirmar que el mensaje me ha llegado y que mañana a primera hora, en cuanto tengamos a nuestra disposición un automóvil, esperemos que nos lo preste el Regimiento de Artillería como en otras ocasiones excepcionales, nos personaremos en Carabanchel para iniciar las actuaciones. Localice también al juez municipal de Carabanchel para que cite al alcalde del barrio, don Manuel Lucas, al médico titular y a su colega, el secretario del Juzgado municipal, señor Igartúa, a quien corresponda de la policía gubernativa y al teniente de línea de la Guardia Civil de Carabanchel, don Alberto García Fontanil. Habrá que llamar también al Regimiento de Artillería Ligera para solicitar un automóvil con un conductor todo el día de mañana.

—Ahora mismo me acerco al Ayuntamiento y telefoneo a los interesados. No se preocupe por lo del coche —tranquilizó al juez—, yo me encargo de tramitar la solicitud con el oficial de más alta graduación que esté disponible a estas horas en el cuerpo de guardia del Ligero. Esperemos que el Coronel lo autorice lo más temprano posible. Bueno, estoy seguro de que no habrá ningún problema.

El 2º Regimiento de Artillería Ligera, destinado en las dependencias del acuartelamiento de Getafe, estaba comandado desde el año anterior por el coronel don Salvador Orduña Odriozola, una persona agradable. El cuartel de Artillería se había construido en Getafe gracias a la influencia y a la intervención del director general de la Guardia civil Romualdo Palacio ante el Ministerio de la Guerra. El acantonamiento ocupaba un enorme solar al final de la calle Madrid, en las últimas estribaciones del casco urbano donde el trazado nuevo de la travesía de Toledo a Madrid se bifurcaba dejando a la derecha el antiguo camino a la capital del reino, justo enfrente de la fábrica de cartuchos metálicos y de la hermosa finca Villa Rafael que había sido propiedad del bravo general.

El que fuera Capitán General de Puerto Rico había atesorado, además de una fortuna ingente, bastante prestigio en las altas instancias militares y cortesanas. Sin embargo, las lenguas más pícaras y maliciosas del pueblo malmetían en los corrillos de cafés y tabernas con insinuaciones sobre la honestidad de sus negocios y propagaban murmuraciones indeterminadas sobre presuntas corruptelas. Los pequeños infundios se divulgaban de tal manera que acabaron por ciertas todas las patrañas que se inventaban, llegando a cifrar en una buena comisión su intermediación en la venta de los terrenos destinados al cuartel de Artillería. ¡Quién sabía! De lo que no cabía duda era que Palacio se distinguía como uno de los vecinos ocasionales más influyentes de la capital del partido judicial.
Además de la finca frente a los terrenos destinados al acuartelamiento, el que fuera director de la Guardia Civil tenía una casa de veraneo cerca de la antigua Plaza de la Feria, hoy llamada Plaza del General Palacio, que durante algunos años, y tras la muerte del mítico y heroico general, albergó la casa cuartel del cuerpo en la localidad. El militar supo aprovechar su crédito, su fama y su honor.

La relación entre el cuartel de Artillería y los habitantes del pueblo se había ido ajustando y acomodando en buena vecindad; todos los jefes y coroneles al mando de las distintas unidades de Artillería destinadas en Getafe desde 1904, el cuarto Ligero, el quinto Montado, el décimo Montado, el primero Ligero y, hasta este último, el segundo Ligero, mantenían una actitud amable con el pueblo, sin rechazar la colaboración generosa cuando la necesidad apretó, ayudando en lo posible al municipio cuando los problemas superaban la capacidad del Ayuntamiento y a los vecinos de la Villa en época de calamidades, desastres y hambrunas. Como contrapartida, el pueblo recompensaba a los artilleros con su simpatía. De hecho, en ese destino tan próximo habían cumplido el servicio militar numerosos quintos del pueblo y también, de manera recíproca, algunos de los militares destinados en él acabaron rindiéndose a la simpatía de las getafeñas. Vecinos al fin.

El secretario del Juzgado de Getafe giró su cuerpo delgado y flexible dando la espalda a Manuel González y, a paso rápido, desapareció tras la puerta acristalada del casino en dirección al Ayuntamiento en cuyos bajos se alojaban las exiguas, tristes y lóbregas dependencias del Juzgado, el calabozo y la minúscula vivienda del alguacil. Todos los clientes que a esa hora de la tarde permanecían en el saloncito del Casino supieron que algo grave había pasado en la demarcación del juez González, sin conseguir captar, ni adivinar siquiera, la naturaleza del suceso. Quizás algunos sospecharon que se había producido un altercado de orden público, una pelea con navajas o un robo, como los que se venían denunciando en los almacenes instalados cerca de la estación del tren; incluso, dada la gravedad del rostro del secretario judicial, realizaron conjeturas sobre alguna eventualidad o siniestro de carácter político: un atentado anarquista o, llegado el caso, un asesinato.

Manuel González regresó a su mesa y recogió las cartas. Las volvió a mirar. Levantó la vista y percibió la mirada inquisitoria de sus tres amigos. Relajó los hombros y volvió a dejar los naipes sobre el fieltro verde, sin mostrar su suerte.

—¿Algo grave? —se atrevió a indagar el joven Tiburcio Crespo.

—Así parece. Les ruego discreción sobre este asunto. Ya sabe de lo que hablo, don Filiberto —se dirigió con la mirada al escultor barcelonés afincado en Getafe—. Hace tiempo que usted abandonó la prensa, pero cualquier comentario sobre este asunto puede conducir a noticias alarmantes, incluso tendenciosas y preocupantes. No tengo ninguna duda que correrá la tinta en los próximos días, pero, aun así, pienso que es necesario que sucesos como el que me acaban de comunicar, de una gravedad criminal, se administren al público en general una vez que estén prácticamente resueltos y cocinados, aclarando los posibles misterios y deteniendo a los presuntos culpables con celeridad; y sea así más fácil su digestión social. No soy partidario de la excesiva transparencia, ni de facilitar el trabajo en demasía a sus amigos de la prensa; cada día que pasa los lectores están más cansados de la falta de profesionalidad, de la tendenciosidad y del partidismo de la prensa. Sin fuentes informativas fiables, y la mayoría de las veces sin necesidad de contrastar los sucesos, para así modelar sin límites ni cortapisas las historias que demanda un cierto público, sádico y morboso, incapaz a estas alturas del siglo de escandalizarse con nada, una legión de plumillas emborrona todos los días el áspero y amarillento papel prensa con sus horrendos crímenes, sus críticas simplonas, populistas, y sus falacias.

—Tiene mi palabra —aseguró Filiberto Montagud llevándose la mano al lugar del pecho que encierra el corazón—, desde hace tiempo no me interesan los periódicos como actividad creativa ni empresarial. Solo mi familia, mi mujer y mi hija Luisita, el arte, el football y la fábrica de juguetes.

— Si, pero...

—Desde 1918 —continuó Filiberto—, el mismo año que llegó usted a Getafe, no tengo ningún interés por la prensa ni por la política. Ninguno de esos dos negocios, por lo visto, está hecho para alguien como yo que tiene la manía de pensar por su cuenta, criticar lo que creo que está mal y llevar la contraria. Me considero una persona honesta, discreta cuando hace falta y cabal, aunque en los ambientes más populares prevalece la opinión, extendida por algunos de nuestros más exquisitos y cuerdos vecinos, de que estoy como una cabra. Antes de volver a dedicarme a la política, menudo oficio ese de concejal, o editar otro periódico, instalaría una fábrica de botones con pasta de paja y jabón. ¿No tiene gracia? Sería la séptima u octava industria que montase en este pueblo… Aunque si tengo que elegir, prefiero alejarme de la multitud y concentrarme en mi familia, en la pintura y en la escultura.

—Yo… —intentó justificarse Tiburcio—, ya sabe usted, don Manuel, que lo de la prensa era una iniciativa de mi padre, en gloria esté, una vocación que no he heredado. Ya no le interesa ni a su socio, el procurador Luis Sanz, que también ha acabado con su escarmiento particular a costa de la prensa local.

—Ya sé, ya sé, bueno… Parece que unos rapaces, ¡qué carajo!, unos muchachos... —empezó su confidencia el juez, haciendo pequeñas pausas y bajando el tono de la voz aunque sin disimular su acento gallego— han desenterrado unos huesos mientras jugaban en un terruño de labor de la parroquia de Carabanchel Bajo, en concreto unos pies cercenados que podrían pertenecen a una mujer.



—¡Qué atrocidad! ¿Será el resto de algún estudiante de medicina? O, quizás, este hallazgo podría estar relacionado con el pecho de la mujer que encontraron hace unos días en la carretera de Pozuelo a Carabanchel, cerca de Prado del Rey… —se aventuró de nuevo el curioso Filiberto Montagud.

—En estos momentos no podría asegurar ni desmentir nada. Podría ser un resto de una de esas prácticas que realizan los alumnos de la facultad de Medicina. Yo aventuraría, en una primera reflexión, casi una intuición, que no hay relación alguna entre el hallazgo de Pozuelo y este de Carabanchel; pero habrá que esperar a la inspección ocular que realizaremos mañana y al informe del forense de Carabanchel. Parece que estos nuevos restos que se han encontrado hoy están bastante descompuestos, al contrario que el resto hallado en Prado del Rey.

—¿Se sabe algo más del caso de la mama? —requirió Montagud.

—Según las conclusiones preliminares de la policía —continuó el juez—, el resto arrojado junto a la carretera de Pozuelo podría ser el despojo de una operación en la que se extirpó el órgano a una víctima de esa terrible enfermedad que afecta a las mujeres en los senos. Los investigadores creían haber identificado a la mujer, aunque por las últimas noticias que tengo aún no se ha confirmado; todavía se desconoce quién, cómo, dónde y el porqué. Nadie entiende el episodio. Suponiendo que el residuo hallado fuera un mero apéndice quirúrgico, ¿por qué arrojarlo a la cuneta de un camino de mala muerte? Los investigadores están perplejos, no encuentran una explicación lógica al suceso. No hay sospechosos, ni motivos, ni víctima. No hay caso. ¿Para ocultar una mala praxis, un error médico? La única certeza de los agentes de Vigilancia asignados al caso, en base a los testimonios recogidos, es que se arrojó desde un automóvil negro. Y poco más.

Manuel González Correa se quedó mirando a su amigo el doctor José Sánchez-Morate, esperando que añadiera algo, que confirmara su discurso, o incluso que avanzara alguna hipótesis que aportase algo de luz al misterioso caso de la teta de Pozuelo. Al fin, él era el médico titular forense de Getafe.

—¿Tu qué piensas, Pepe?

—Coincido contigo. Personalmente creo que no puede ser el resto de una operación quirúrgica realizada en un hospital o clínica. Nadie de la profesión se atrevería a arrojar eso a un barbecho.

—¿Y lo de los pies de Carabanchel? Mañana podrías venir conmigo hasta allí para inspeccionar los huesos…

—No. No debo ni siquiera ir, y menos interferir en una demarcación que no es la mía. Es una noticia espeluznante pero seguro que mañana, a la vista de los restos, tendrás una idea clara de los hechos. Con el estudio de mis colegas de Carabanchel será suficiente para que empieces la investigación. En Carabanchel hay dos médicos, titulares forenses a la vez; dos mejor que uno para contrastar opiniones. Se trata de un informe fácil, aunque la piel y la carne estén descompuestas y los huesos desarticulados. No creo que haga falta ni tan siquiera mandar los restos al Instituto de Medicina Legal para su examen.

—¿Alguna cosa más que deba tener en cuenta?

—Es conveniente, eso sí, que los forenses, además de estudiar los restos con detenimiento y cuidado, habiliten su adecuada conservación, por si finalmente hubiera que enviarlos al… En estos casos hay que aplicar escrupulosamente el método y extremar la prudencia.
—Sí, sí, claro; conservar los restos en formol.

—Sin embargo —intervino Tiburcio Crespo—, muy a pesar suyo, de sus lógicas reticencias con la prensa, no creo que un hallazgo de este calibre tarde mucho en circular por las redacciones de los periódicos. Lo más probable es que esta misma noche los tipógrafos compongan un fantástico texto sobre la mujer asesinada y hecha trocitos, una historia al infame gusto de una parte del público más idiota y cruel —sentenció el joven procurador.

—Esa es, me atrevería a confesar, mi mayor preocupación. Es increíble la rapidez con que se filtran todas estas noticias a la prensa. Los intereses políticos, económicos y la línea editorial de esos periodiquitos, generalmente de tendencia socialista y republicana, no dejan títere con cabeza, no respetan nada. Ni a dios ni al rey. Cada vez que se produce un episodio de estas características, allí están como pájaros de mal agüero. Espero que el asunto no haya llegado tan pronto a oídos de una de esas maliciosas salas de plumillas y mañana desayunemos con las primeras informaciones del suceso, sin rigor alguno ni fundamento, sin contrastar la información, o con alguna versión fantástica de unos hechos inventados: una historia trágica de amor imposible, como dice usted Tiburcio, una mujer joven y bella, un crimen terrible por despecho y, finalmente, un cuerpo ensangrentado y despezado para condenarlo al infierno de los sumarios no resueltos.


—¿Cree usted que podríamos estar ante un nuevo caso Landrú? El caso del pecho de Pozuelo, los pies de Carabanchel… ¿Un Landrú español? —indagó Tiburcio Crespo.

—¿El Barba Azul francés? No, creo que no; vamos, espero que no amigos. De momento solo tenemos los pies de una sola víctima. Y espero que así se confirme. Con una muerta tengo bastante. De momento y definitivamente, aunque a los periódicos sí les convendría un asesino en serie, un enfermo mental como el Landrú ese, pero español, un ‘Don Juan’ criminal que fuera incluso más astuto, y capaz, semana tras semana, de asesinar a sus numerosas y fáciles conquistas, hacerlas desaparecer y, así, gracias al suspense y a la ineptitud de la policía y de los jueces, aumentar las ventas de los diarios. ¡Carajo, un encantador, viril y castizo Landrú! Solo eso nos faltaba…

—Un crimen como el que nos ocupa tiene esa atracción morbosa —intervino con aplomo Tiburcio Crespo—, que incita y desata las lenguas de las viejas, provoca el sensacionalismo de la prensa y extiende el miedo por los padres de las niñas... Imagine usted, don José —se dirigió al doctor Sánchez-Morate antes de volverse hacia el juez con su habitual alegato político—, comentarios y publicidad que hay que evitar para que el sistema no sea blanco de las críticas burdas y anticipadas de los socialistas. En estos asuntos urge la discreción, luego la resolución y, al final, la divulgación del trabajo bien realizado y el reclamo de los méritos contraídos…

—Pero, bueno Tiburcio, no se salga usted de la linde, ya se aleja otra vez como la tangente... —le recriminó amistosamente Filiberto Montagud.

—Vale Filiberto, lo reconozco, ‘touché’. Sin embargo, don Manuel lleva razón con lo que sostiene de esos panfletos. España necesita disciplina. Y creer. Los políticos, los sindicalistas, los periodistas, incluso los jueces, la sociedad en su conjunto, todos caminamos hacia el abismo. Cada día nos impresiona menos el asesinato, la bomba o el último tiroteo de Barcelona. Un día son los sindicalistas y otro los patronos. Ese es el pan nuestro de cada día en este país. Y si no hay guerra en Marruecos, peor. Desde el asesinato de Dato esto marcha hacia un destino fatal. Se rumorea que es posible que cambie de una vez por todas, y pronto. El sistema se desintegra. La mayoría de la clase política, provista de una moral escasa, destila el nauseabundo olor de lo putrefacto. Nuestros políticos son la representación cabal de la decadencia. Cada vez son más numerosos los ciudadanos para quienes la restauración de la monarquía borbónica ha sido… —Tiburcio bajó ligeramente el tono de voz al darse cuenta de lo aventurado de su discurso—, un error histórico de primera magnitud. Los casos de corrupción, incluso con la implicación o, al menos, la connivencia de la misma Corona, están a la orden del día. Desde el Desastre de Annual, la organización política del Estado no cumple con los objetivos previstos. Avanzamos hacia el desastre. El Gobierno, del color que sea, se mantiene gracias al caciquismo, la corrupción que infecta a la clase política y las tramas clientelares de las que se nutre el raquítico capitalismo ibérico; mientras, solo de momento, los obreros, los campesinos y los pobres se mueren de hambre protestando contra el inalcanzable precio del pan. Es una situación explosiva, un disparate casi irremediable. Alguien tendrá que decirle a nuestros compatriotas: españoles, el estado no funciona. España no existe. Reconstruidla. Delenda est monarchia.

—Bueno, bueno, Tiburcio, ¡calle, por Dios! Dejemos la política de lado y los problemas irresolubles de la pobre España, sobre todo teniendo en perspectiva un terrorífico asesinato o una serie, quién sabe. Recordad, amigos, que el famoso caso Landrú está reciente. Aún gotea la cuchilla de la guillotina tras cortarle el pescuezo a ese engendro humano, esa criatura diabólica —volvió a retomar la conversación Filiberto Montagud sobre el caso del homicida francés—. Tal ha sido la notoriedad, la huella o la impresión social que ha dejado el suceso, que aún hoy es frecuente la representación de obras de teatro en Madrid y Barcelona con argumentos extraídos de la sanguinaria y cruel vida de este uxoricida múltiple.

—¡Muy bueno Filiberto! Uxoricida: el asesino de su esposa. Hace ahora poco más de un año —aseguró el procurador Tiburcio mientras intentaba recordar con más exactitud—, creo que en la madrugada del 25 de febrero de 1922, Henri Désiré Landrú, que así se llamaba el monstruo, fue ejecutado en Versalles con el instrumento favorito de los franceses: la terrible, inapelable y silbante guillotina. Landrú ha pasado a la historia como uno de los más terribles asesinos en serie de mujeres. La propia prensa del país vecino le denominó el Barba Azul de Gambais, por la pequeña población situada a unos cincuenta kilómetros de Paris donde instaló su fatídico nido de amor. Lo cierto es que los franceses tienen esa elegancia y esa finura que les hace únicos, ya sea en los lances de amor o en la ejecución de los reos. En España habría hecho falta un poco más de guillotina y menos garrote vil; un poco de democracia, al menos, en la pena máxima. Quizás, si en el momento histórico adecuado se hubiera utilizado la cuchilla para limpiar la corrupción y la degeneración de la Monarquía, como en Francia, no estaríamos desahuciados como pueblo o como nación.

—No siga por esa senda, Tiburcio, ya se vuelve a desviar del tema otra vez. ¿Se ha empeñado en convencernos con su prédica antiborbónica? Sea bueno… Volvamos al famoso criminal gabacho. La verdad es que seguí de cerca el caso por la prensa —afirmó el juez mientras movía la cabeza, no se sabía si afirmando o dudando—. El tal Landrú fue condenado, tras más de dos años de proceso, por el asesinato de diez mujeres con las que se había casado para desplumarlas y por el del hijo de la primera de ellas. Los periódicos trataron el tema con demasiada indulgencia hacia el incriminado, que se permitía hacer bromas y contestar de manera irrespetuosa a los testigos y a los miembros del jurado. Recuerdo que la prensa hablaba del «encanto» de Landrú. En una de las noticias, ya con el juicio muy avanzado, se aseguraba que seguía teniendo centenares de enfervorecidas damas que pretendían desposarse con él. No se concibe mayor estupidez. Con frecuencia decepciona la condición humana, no por las pobres infelices sino por el papel de la prensa al elevar la estatura moral de cualquier asesino.

—La leyenda de Barba Azul deriva de un cuento de Perrault —añadió el joven Tiburcio Crespo en un ejercicio de ilustración y buena memoria—, un escritor francés del siglo XVII. En la narración, la última de las siete mujeres del rico y aristócrata Barba Azul consiguió entrar en un cuarto al que tenía prohibida la entrada, poniendo en peligro su vida, y se encontró con un espectáculo siniestro. El suelo estaba ensangrentado y los cadáveres de sus antecesoras en el lecho del asesino pendían de ganchos anclados en las paredes, El cuento tiene, a pesar de su terrorífico tema, un final feliz. Parece que Perrault se basó en la historia real de un noble bretón del siglo XV llamado Gilles de Rais.

—Es una hipótesis fabulosa, poco probable, pero sí —dijo el doctor Sánchez-Morate—, podría haber alguna relación, lejana en todo caso, entre ambas historias. Las víctimas son, en los dos casos, mujeres. En el caso del homicida francés, tras su detención, la policía descubrió en su casa de Gambais varios kilos de cenizas en las que los forenses del caso encontraron restos de cuatro esqueletos distintos de los once crímenes que se le imputaban. Entre los huesos que los forenses señalaron en sus investigaciones había fragmentos de cráneos, dientes y un fémur que el perturbado caza viudas quemaba en una estufa.

—¿Reconoció los asesinatos? —le pregunto Filiberto al médico de Getafe.

—El asesino no confesó ninguno de los crímenes y declaró, intentando despistar al jurado, que los huesos pertenecían a varios animales, entre ellos algunos perros y gatos. Presumía que había conquistado a cientos de mujeres, que se había casado con diez de ellas y que, eso sí lo reconocía, las había robado y estafado, pero de ahí a matarlas… La psicología criminal tiene pendiente aún, en el caso del Barba Azul francés, y en otros parecidos, un riguroso trabajo que desvele el misterio que suscita esa mente desequilibrada, fría y egoísta.

—Henri Désiré Landrú era solo un estafador y un asesino impío, sencillamente —intentó zanjar el juez—, con una motivación puramente económica. Sus víctimas respondían al mismo perfil: viuda, bien situada económicamente, sola y necesitada de protección y cariño. Fíjense —recalcó—, que la historia de ese enfermo mental, hijo del mismo demonio, empezó en torno al año 1914, cuando la gran guerra empezó a desolar a Europa y a llenar los países contendientes de viudas y solteras sin expectativas de matrimonio. La policía francesa estimó que entre 1914 y 1919, cuando fue detenido, había engañado y posiblemente asesinado a casi trescientas mujeres. Aunque eso último nunca se pudo demostrar. Además de los huesos —se dirigió a su amigo el doctor Sánchez-Morate—, los fiscales basaron gran parte de su acusación en un cuadernillo donde el muy imbécil y tacaño Landrú anotaba todos los gastos que le ocasionaban sus conquistas, relacionando, incluso, el precio y las fechas de los billetes de ferrocarril entre París y Gambais que utilizaba solo o en compañía de sus amantes.

—Pero Landrú, haciendo gala de su nombre de pila —quiso avivar el debate el pintor, escultor, escritor y empresario Filiberto Montagud—, a pesar de su aspecto de hombre endeble, calvo y de mirada diabólica, fue un hombre deseado por las mujeres, con fama de conquistador y de hombre encantador que le duró hasta el mismo momento de su ajusticiamiento. Incluso se podría pensar que dio, si no amor, al menos felicidad a aquellas mujeres desesperadas. ¿Saben cómo conseguía las citas con sus víctimas el demente?...

Los tres compañeros de mesa miraron expectantes a Filiberto no sabiendo si se trataba de una pregunta o de una formalidad retórica previa a la inminente continuación del relato. A pesar de las dudas que provocó con su pausa el artista barcelonés, fue otra vez el joven Tiburcio el que contestó a la pregunta.

—Recuerdo que se publicó en algún diario. El primero de mayo de 1915 publicó un anuncio por palabras en el periódico Le Journal que decía algo así: «Señor de 45 años, sin familia, y con una situación de tantos mil francos, desea casarse con una señora de edad y situación análogas». Recibió más de 5.000 cartas. Era una obra maestra del novísimo arte de la publicidad. ¡Cinco mil señoras ansiosas de acompañar hasta el altar a aquel caballero distinguido y rico! Viejas, jóvenes, viudas y solteras, guapas y feas. Las francesas suspiraban por aquel personajillo con barba de profeta, perfil de pájaro y ojos achinados que las enamoraba. ¿El amor es ciego, doctor?
—Más que eso, Tiburcio. El amor es un diosecillo estúpido —aseguró José Sánchez-Morate.
—¿Y cómo seleccionaba a sus víctimas el astuto y lunático Landrú —requirió Filiberto intentado esclarecer algunos recovecos de la asombrosa historia—, con esa ingente cantidad de pretendientes por hacerse merecedoras de sus favores?

—Rechazó, ciertamente, muchas peticiones. No le importaba la belleza ni la edad, estudiaba sus perfiles psicológicos y, sobre todo, fijaba su atención en la posición económica de las víctimas: sus propiedades y su renta; a la mayoría las desechaba marcando sus cartas con una SF…

—¿SF?

—Sin Fortuna… Pobres, de rentas exiguas, viudas menesterosas más necesitadas que él mismo. Era un repugnante enfermo mental, un depravado asesino de mujeres.

—Esos enfermos morales no están locos en la acepción más popular de la palabra, no les falta ninguna tuerca, no es un problema físico —aseguró el doctor Sánchez-Morate—. Son personas que mantienen sus funciones intelectuales en perfectas condiciones, pero con una clara disfunción en su conducta social, quizás provocada por dañinas y nefastas influencias durante la infancia, y acrecentadas por un ambiente familiar disgregado y con evidentes ausencias afectivas. No sienten remordimientos. Utilizan a las personas como cosas, como objetos, para satisfacer sus deseos o para obtener sus intereses, sin importarles lo más mínimo las normas de la sociedad, las buenas costumbres o el bien común.

Con respecto a esa cierta altanería del personaje —continuó el galeno getafense—, hay que pensar que esta patología moral, por decirlo de alguna manera, una acepción de la psyco pathos que dirían los griegos, les lleva a una sobrevaloración de su persona, a una cierta idea de superioridad intelectual sobre los demás miembros de la sociedad a fuerza de saber captar con habilidad las necesidades de los demás. Están dotados, en general, de un cierto encanto, se muestran inteligentes y no sufren depresiones ni crisis nerviosas.

—¿Un asesino de estas características deber ser imputado por la justicia y ejecutado o, por el contrario, habría que mandarlo a Leganés o a Ciempozuelos?

—Hay un cierto debate sobre ese tema, yo creo que los franceses hicieron lo correcto. Juzgarlo y ejecutarlo. No se debe justificar el asesinato, la violación, la estafa, o cualquier otro delito cometido por estos enfermos morales, por la ausencia de control de sus actos. En general, estos sujetos se muestran proclives a mentir de manera compulsiva y manipuladora. Una personalidad como la de Landrú mantiene la conciencia de sus actos, y podría haberlos evitado, aunque luego se muestre incapaz de aceptar responsabilidad alguna sobre ellos. Están exentos del sentimiento de culpa y del razonamiento moral al que nos debemos como parte de la sociedad. Y ello no debe ser un atenuante. Esta enfermedad se manifiesta en la esfera de los sentimientos, del carácter o de las costumbres.

—Pero, ¿cuál era su secreto como seductor? ¿Ninguna de las mujeres sospechó de sus fines últimos? ¿No percibieron esa desviación o enajenación moral?

—La seducción es el principal instrumento de estos perturbados; es, por decirlo de alguna manera, el mecanismo, la herramienta que les facilita sus afrentas o delitos. Es una relación que va y viene. Landrú enviaba su mensaje y recibía el eco con las apetencias de sus víctimas. El degenerado encantador necesitaba, para cumplir sus fines, el acuerdo y la complacencia de las mujeres a las que luego asesinaba. Ellas, quizá, necesitaban vivir engañadas, aun sabiendo que aquel hombre no era todo lo sincero y amoroso que aparentaba.

Durante unos instantes los cuatro integrantes de la partida quedaron absortos, recordando el fantástico caso de Landrú.

Esto se ha acabado —pensó el juez de Getafe—. Ahora tenía en perspectiva un caso de verdad para investigar, aquí, en su distrito. Los pies de una mujer muerta y, a lo peor, un Landrú español, unas pesquisas que le librarían durante unos días de los tediosos edictos, las diligencias burocráticas y de otras tareas propias de secretarios venidos a más. Por fin —pensó el juez, mientras se levantaba de la mesa y recogía su abrigo y su sombrero—. Habrá que actuar con diligencia, rapidez y eficacia, para anotarse el mérito en la trayectoria profesional. Manuel González, en sus deseos más íntimos, no descartaba abandonar la judicatura y aventurarse en la política, algo para lo que necesitaba, además de algunos apoyos (que ya había empezado a labrarse), una relación de méritos perfectamente documentada. Un trabajo bien hecho podría llevarle al ascenso hasta una buena audiencia provincial y, desde allí, catapultado por los resortes de la amistad y del dinero, a algún cargo con más enjundia, como diputado, gobernador civil o, incluso, ministro. ¡Quién sabe!

—Señores, permitan que me retire…

—Por supuesto —respondió Filiberto Montagud abriendo ligeramente los brazos intentando expresar la pena que sentía y lo irremediable de la partida del magistrado al comprobar que ya había empezado a levantarse de la silla.

—Mañana tendré un día largo y complicado. Si el caso que abordo hoy, y el resto de las ocupaciones me lo permiten, volveremos a reunirnos el próximo martes. En caso contrario, es muy probable que no retomemos nuestra tertulia hasta después de la Semana Santa. De todas formas, si Dios quiere, nos veremos en la misa de doce, en los oficios y en la procesión del Viernes Santo. Buenas noches señores.

El doctor José Sánchez-Morate aprovechó la retirada del juez y se levantó de la mesa casi a la misma vez.

—Se disuelve la reunión señores. Adiós —se apresuró el médico a despedirse de Tiburcio y de Filiberto mientras acompañaba al juez hasta la puerta de salida.

—Adiós —se despidieron a dúo los dos contertulios. Mientras observaban al médico y al juez alejarse hacia la puerta, apuraron sus bebidas, sendas copas de coñac Sorel, y encendieron pausadamente dos brevas de contrabando de las que llegaban de Orán, elaboradas por Juan March, el gran pirata del Mediterráneo, mejores y más baratas que las suministradas por la Arrendataria a los estancos. Durante un buen rato, mientras consumían sus cigarros, Tiburcio y Filiberto continuaron en el Casino enfrascados en una manida e interminable conversación sobre los males de la nación.

El Casino, situado en la céntrica y comercial calle Madrid, era el lugar donde se reunían los personajes más liberales del municipio, oficiales y suboficiales del regimiento de Artillería y algunos de los más destacados miembros del Gremio de Labradores. El Casino era la alternativa más democrática y liberal a la aristocrática y masónica Nueva Piña. La tercera opción era la Unión Obrera, por el contrario, lugar de reunión de los jornaleros del campo y trabajadores de las incipientes industrias asentadas en el municipio. Antes y, sobre todo, después de regresar del tajo, se repletaban de vino barato o de aguardiente mientras soñaban con un mundo sin pobres, intentando olvidar por unas horas la dura realidad y el precio del pan. Allí, la crítica al patrón y la idea de la revolución prendían como el fuego en el pecho de los miserables haciendo crecer el descontento como la espuma de la cerveza en un vaso estrecho; un campo para sembrar el comunismo y, a su vez, caladero donde los anarquistas captaban a los elementos más radicales.

Getafe era aún, aquel año de 1923, la frontera de la urbe y el agro español; puerta de entrada a la árida llanura y, salvadas las vegas de Aranjuez, anticipo del páramo manchego. Desde finales del siglo XVIII había existido un reflujo de grandes personajes, pintores, militares, dramaturgos, poetas y escritores que instalaron su residencia permanente en Getafe o que adquirieron hermosas casonas para disfrutar largas temporadas en busca de sus famosos aires sanos que describiera el diputado y escritor Pascual Madoz en su famoso Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de los Pueblos de España editado en 1847.


------------------------------------------------------------------

NOTA.— Capítulo 6 de la novela Las muecas de los días


DESCARGAR GRATIS EN FORMATO PDF

DESCARGAR GRATIS EN FORMATO ePUB

PARA TU KINDLE: Formato digital exlusivo hasta septiembre; en la página web de Amazon puedes leerlo gratis, descargarte gratis el primer capítulo del libro; y, por supuesto, comprarlo para tu kindle (5,38 euros).

EN BIBLIOTECAS: En Bibliotecas públicas de Getafe, Leganés, Fuenlabrada y Parla.

VENTA EN PAPEL+: Las muecas de los días. 254 páginas. Encuadernado en rústica con solapas y cosido con hilo. Apéndice con fotografías. Depósito Legal: M-36456-2015. ISBN: 978-84-940059-3-0. PVP: 18 euros. Distribuye: directamente el autor.

El plan camello

Luis de Sirval
11 de febrero de 1923. Madrid

Intentaremos relatar brevemente cómo la de ayer fue la noche más divertida de nuestra existencia.
Manolo había venido a vernos:

—Contamos con usted. Verá lo que nos vamos a divertir.

Refirió en seguida que el único baile clásico de carnaval era el de anoche, y nos aconsejó que si queríamos no aburrirnos nos incorporásemos al grupo en el mismo plan de todos.

—¿Y qué plan es ese? —preguntamos.

Respondió:

—El plan camello.

El plan camello consistía, sencillamente, en despojarse de toda educación. Fue explicando: Ir a los bailes de Carnaval con buenas maneras era ir a aburrirse. Había que gritar, insultar al público, beber mucho y hacer toda clase de locuras. ¡El año pasado¡... ¡Si hubiéramos visto el año pasado! Para que nos hiciéramos una idea, bastaría con decirnos que entre seis dejaron en camisa en mitad de la sala a la mujer de un íntimo amigo de todos ellos.

En fin... Accedimos. Jamás nos gusta negarnos a observar ningún sector social, por opuesto que sea a nosotros.

Cuando, ya muy avanzada la noche intentamos introducirnos en la sala de baile para buscar a Manolo nos fue imposible. ¿Qué hacía allí aquella apiñada masa de gente? No pudimos averiguarlo. Quizá estaban sufriendo una prueba para ver cuántas personas podrían caber aplastadas unas contra otras. Quizá intentaban convertirse en pasta. El hecho era que una enorme muchedumbre sudorosa permanecía en pie, dando pequeños saltitos grotescos.

Empezamos por masticar polvo. Era un polvo espeso y delicioso, que se metía por las narices y nublaba la vista. El salón presentaba con él la apariencia de una plaza de Londres difuminada por la niebla.

¡Ay! No pudimos saborearlo. La ola humana nos arrastró de pronto y comenzamos a recibir codazos, empujones y patadas en una proporción verdaderamente inconcebible. Todos tenían un cariñoso golpe para nosotros. Nos asfixiábamos. Nos aplastaban. Creímos morir, y de seguro finaliza en aquel momento nuestra vida si Manolo no surge providencialmente y nos conduce al oasis de un palco.

Allí le pudimos preguntar, resoplando:

—¿Qué hace esa multitud?

—Se divierte.

—¡Ah!

—Están en plan camello.

Quedamos admirados. En plan camello, también los amigos de Manolo se divertían junto a nuestras sillas. Uno estaba tendido en el suelo, en un rincón, absolutamente borracho. Otro, un poco menos ebrio, arrojaba aceitunas, con puntería inmejorable, al escote de una señorita que tenía las piernas entre los hombros de un caballero. Otro, vaciaba botellas de vino sobre la sala.
De cuando en cuando, bajaban al salón y se mezclaban con la multitud. Daban saltitos con gesto aburrido y se volvían a subir. Nuevamente a beber, a tirar aceitunas, a derramar vino y dar voces estentóreas. Fue hacia las cuatro cuando empezaron a observar que no hacían bastante el camello.

Entonces, uno salió a comprar merengues. Trajo una gran cantidad de ellos y se pusieron a lanzarlos contra la multitud. Pero les pareció poco. Comenzaron a tirar botellas. Después, las butacas, los cortinajes, la mesa... Al amanecer, estaban los cinco amigos en la Casa de socorro.


----------------------------------------------------------------------

Nota.—Texto del periodista valenciano Luis de Sirval publicado en el diario madrileño La Libertad e incluido en la novela 'Las muecas de los días'. 

28 de febrero de 2017

Los dos policías y los 25 barrenderos de Getafe


Hernández 'mirando al cielo' contra los despidos de Soler. Fotografía original: Portal del Sur


Los dos policías locales condenados por un delito de homicidio consumado y otro en grado de tentativa ingresaron en la cárcel de Estremera el pasado día 20 de febrero para cumplir 3 años y 9 meses de prisión. Hasta ahí la noticia sin aditamentos, sin valoraciones. El Tribunal Supremo rebajó a los dos agentes la condena [y absolvió a un tercero] de los quince años a los 3 años y un embarazo. Tras esta decisión, la condena es firme y no cabe apelación jurídica. Solo queda pendiente el posible indulto como un recurso arbitrario —no para el que pide el beneficio—  anacrónico, injusto con las víctimas y propio de regímenes autocráticos o absolutistas. El indulto lo otorga el Rey a propuesta del ministro de Justicia y del gobierno como una medida de gracia. Es, al fin y al cabo, un recurso legal discrecional, establecido para perdonar el delito como si solo fuera un pecado contra los mandamientos de dios. ¿Se puede remitir un homicidio? Habrá  casos y casos, pero en todos, habrá que preguntárselo a los familiares de la víctimas.

El ingreso en prisión de los dos agentes responde a la ejecutoria de la sentencia dictada  por la Audiencia Provincial, que además exige al Ayuntamiento inhabilitar a los dos policías; eso supone, —cualquiera podría deducirlo—, que el Ayuntamiento de Getafe deberá expulsar del cuerpo a los que muchos  consideran y tachen como héroes.  Y, ciertamente, hay muchos agentes que lo son, casi de forma anónima, sacrificada, velando como ángeles custodios por los ciudadanos, bregando en riñas, soportando a los violentos  o a los borrachos, jugándose la vida,... sí; pero no jugando con la vida de los ciudadanos, nunca, aunque a simple vista tengan mala pinta o se sospeche de manera absolutamente errónea de un secuestro... Una fantasía propia de película americana. Menos  mal que no había ninguna persona en el maletero. Lo más seguro es que habría sido una víctima también de la balacera que se gastaron los 'hombres de harrelson' getafenses. Y poco pasó para lo que podía haber ocurrido. Descerrajaron 13 tiros [recogieron trece casquillos] contra los dos ocupantes de un vehículo en una calle de   Madrid a las 11,30 de la mañana sin ningún riesgo para ellos según ha constatado el Tribunal. Como si fuera un ejercicio de tiro.

Sin embargo  no queremos dirigir esta reflexión a la  tragedia que viven los municipales condenados y sus familias o a la de sus víctimas sino a valorar las declaraciones del edil de Seguridad del Ayuntamiento de  Getafe, Herminio Vico con motivo del encarcelamiento y su relación con otros sucesos del municipio. Sus palabras, seguramente, responden al pensamiento colectivo del gobierno local. No sin aprietos, Vico aseguró que ese grupo tan espabilado de ediles que [des]gobierna el Ayuntamiento está a la espera de recibir el auto para su estudio; no ellos, claro, los abogados del Consistorio, para no meter la pata. No ha sido capaz de concretar, a la espera de que los servicios jurídicos municipales analicen la sentencia, si los dos policías locales serán inhabilitados o expulsados; y si en el caso de que fueran indultados —como se prevé—, se les vaya a readmitir o no.  Enorme duda la que mantiene al edil en ascuas. «Depende de cómo esté dictada la sentencia», ha concluido. Qué sabiduría atesora este edil. Y así lo ha  mostrado al mundo sin sonrojarse ni por asomo, solo tartamudeando ideológicamente.



Pero, vayamos más allá y consideremos en nuestra exposición —mezclando las churras y las merinas—, el asunto de los despidos de Lyma. Pensará el lector que este tema no tiene nada que ver con el desarrollo del artículo, al menos hasta este punto; o sí, según se quiera mirar. El responsable de la Empresa Municipal de Limpieza, el mismo Gobierno local al fin, el mismo pensamiento 'social', no ha tenido duda alguna en el caso de las facturas falsas. Aunque no hay sentencia, ni se sabe a ciencia cierta si existe denuncia penal contra los empleados de Lyma, la alcaldesa y su delegado los han calificado un par de veces como delincuentes, sin ninguna presunción, y los han despedido de manera fulminante. Es terrible la justicia, casi bíblica, de Sara Hernández, de la ginecocracia getafense y de su responsable de limpieza (ahora, también humana). Claro, no es lo mismo enfrentarse al corporativismo de la Policía Local que al necesitado e insolidario 'ejército de barrenderos'. Quizás con Juan Soler se hubiera convocado una huelga general en Lyma. La falta de consideración, de humana sensibilidad, y el maltrato a los humildes, moleste a quien moleste, es evidente en este caso y no resulta positivo. Acariciamos, con el afecto y la simpatía, a los homicidas y sacudimos patadas terribles a veinticinco parias sin futuro. Sin sensibilidad social, sin pudor ni higiene mental. Y qué decir de la presunta ideología. Nada de nada, de eso nada, señoras mandamases o mandamasas.

La vara de arrear, no ya la de medir, en Getafe se utiliza con distinto grado de dureza y de actitud; flexible de avellano, forrada con algodones, para los agentes condenados; endurecida de naranjo agrio, con púas y aguijones, a los barrenderos y barrenderas. Que destino tan fiero el de los pobres y humildes. ¿No parece este episodio la venganza de Doña Sara? ¿Habrá algún episodio inédito [en Lyma] que explique la dureza de de su [corazón] decisión?

Parece que la alcaldesa no recuerda cuando al frente del PSOE, siendo oposición al gobierno de Juan Soler, se encerró durante días en el Ayuntamiento para... protestar contra los despidos del alcalde popular. Albricias. Antes sí estaba en contra de los despidos en el Ayuntamiento. Ahora, los despide ella. Qué desmemoriada es. Por eso pretende que impere el olvido en la vida y en las gentes de este pueblo; nada anterior al año 2015 ha existido de verdad; o lo quiere pensar ella. El problema es que 'san google', a pesar del derecho al olvido que pretende aplicar la primera edila, tiene presta su hemeroteca para recordarnos la imagen de la vergüenza. Sara Hernández se encierra contra los despidos de Juan Soler. De los ediles que aparecen en la foto, hoy,  solo el exalcalde y exconcejal Pedro Castro sigue en la misma posición, erre que erre, contra los despidos, aunque  en este momento sean una decisión política de su entonces querida pupila, luego sorprendente traidora y, hoy, enemiga acérrima, Sara Hernández.

El caso de los policías también ha tenido su enseña publicitaria colgando  de las dependencias municipales anexas al edificio consistorial en la misma Plaza de la Constitución. El lazo se ha exhibido como reclamación de justicia para los dos, o tres agentes condenados inicialmente.  Ya se ha repartido Justicia. No a gusto de todo el mundo; ni de los homicidas ni, claro está, de los familiares de la víctima.

Mientras, justo debajo de la pancarta negra de la policía, a la sombra de la torre, expuestos a las turbulencias que nublan de injusticia el despacho de la alcaldesa,  se desgañitan los desgraciados barrenderos pidiendo pan y, quizás, piedad.

El edil de seguridad, en su vano intento de avanzar sin tropezar, ha puesto la venda antes de la pedrada. Su falta de criterio o, posiblemente, el miedo al corporativismo de sus subordinados, le hace expresar sus [falsas] dudas y titubear como máximo responsable de la policía local. Las declaraciones, no confíe el edil en su discreción política, solo han mostrado sus carencias y la facilidad que tiene para excretar su incapacidad envolviendo el problema con equívocos y malentendidos. Hay que esperar, prever si así lo aconsejan los servicios jurídicos, la posibilidad de readmitir a los homicidas. ¡Qué terrible duda! Es el propio Gobierno local el que ha puesto en la balanza de la justicia social el caso de los policías y el de los empleados de Lyma.

Lo mismo, o incluso menos grave, es matar [injustamente y sin querer, suponemos] a un hombre que defraudar [injustamente y queriendo, también suponemos] doscientos o quinientos euros... Las decisiones de Sara Hernández vienen a demostrar que lo peor que hay en este pueblo es el latrocinio de esos veinticinco pillos y la herencia del PP; no hay ningún problema en considerar el reingreso en la plantilla municipal de dos hombres condenados por homicidio llegado el caso del indulto. Esa medida de gracia no quita el delito. Perdona, pero no borra la memoria.

A los de Lyma, que se los lleve el diablo. No hay remisión, ni perdón, ni piedad, ni indulgencia, solo basura. Que se vayan a... —no piense mal el lector— ,.. a servicios sociales.

¿A dónde hemos llegado? A Getafe, amigo.  Algo huele mal aquí, en esta dinamarca, como susurra el centinela en la tragedia de Shakespeare antes de que aparezca el fantasma del rey;  una expresión que sirve para expresar lo que no funciona [políticamente hablando]. Getafe es, ahora, un lugar inhóspito y su gobierno, el más sectario de la democracia; son tiempos duros, de oscurantismo político y mediocridad intelectual, pero es lo que hay.