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19 de marzo de 2013

El misterio del rincón del Geta


Alguien, no sabemos quién a pesar de las pesquisas, tuvo una gran idea. La tapia del caserón que interrumpe la alineación del principio de la calle Leganés y que hace, —hablando en términos futbolísticos— un bonito córner con la fachada del Bar Órdado desde el que se disfruta del rumor de la pequeña catarata bajo el jardín vertical   estaba pidiendo una valla publicitaria.  Un lugar donde es frecuente ver al presidente del Geta  tomando algún refrigerio o aperitivo.  Si hemos de reconocer  algo de Ángel Torres, además de su sabiduría futbolera, es que mantiene sus amistades de toda la vida; y que tiene de manera asidua, si no diaria, su punto de encuentro en este céntrico bar restaurante. ¡Quién lo ignora! Y ese alguien, ignoto y pequeño genio, pensó que venía al pelo dar nombre al esquinazo. Pintura y hecho. Llamativo y fulgurante reclamo publicitario, un poco infantil a pesar del adorno de los avioncitos, de pintor de brocha gorda....

Sin embargo, tras el puente del (no) día del padre [¿A quién se le ocurrió llevar las fiesta a los lunes?] el rótulo ha desaparecido bajo el rodillo de la pintura blanca y brillante. Si nos extrañó la pintura en la pared, igual nos sorprendió su desvanecimiento.

Y ahí es donde llega la parte más misteriosa del caso de la fugaz vida del Rincón del Geta [podría ser una marca para vender como franquicia]. Le hemos preguntado al mismo presidente del Getafe, tan a mano que lo teníamos, casi enfrente del paredón. Y Torres, que no se corta un pelo, nos ha asegurado que el Club había denunciado el "uso indebido" del escudo del equipo.¡Qué país! Y qué pueblo.  No sólo eso; sabiendo Ángel Torres que el juez decano  es, además de hincha del Geta, igualmente cliente del Órdago, si no asiduo sí ocasional,  quedó con él para enseñarle la tropelía de poner su escudo, el del Getafe, en una pared; no por poner el escudo, sino porque es su rincón personal, no el del Club, el de Ángel Torres y sus amigos.

Lo cierto es que otro alguien, vaya con el misterio, se chivó al pintor; la cosa se ponía seria. Ángel había dicho que vendría con el juez. Y si su señoría abre el caso, inicia el sumario  y los interrogatorios, vaya la que se podía liar, no por el graffiti; qué va...

El final no puede ser más tonto; imagínense. Ángel Torres y el juez giran en la calle Madrid, dejando el magnífico jardín vertical a su izquierda, y observan con estupor, algo consternados por la ausencia de caso, que el escudo y el posible uso indebido se habían esfumado. Nosotros, por si acaso, sí le hicimos una foto a efímero graffiti. Bueno. Tampoco pasa nada. No hay rincón del Getafe, pero ya que están allí, el presi y su señoría, se empinan un vinillo y unos boquerones fritos a la andaluza, ese maravilloso pescadito azul;  o azulón.  ¡Habrá que nombrar al boquerón la tapa oficial del Geta! ¿Se conculcará algún derecho del club getafense o, tal vez, solo se enfadarán en Málaga?




17 de marzo de 2013

Monumento al pobrecillo de Asís en Getafe

Tras el nombramiento del nuevo papa de la iglesia católica, Francisco I  (de Argentina), de su amor por los menesterosos y la advocación de su "reinado" en la tierra al pobrecillo de Asís, rescatamos de la hemeroteca esta noticia publicada por el periódico conservador La Epoca. España estaba gobernada  por el Directorio Civil al frente del cual se encontraba el dictador  Miguel Primo de Rivera. El ejemplar "pasó la censura", como era norma, aunque la noticia quedó finalmente en nada.

"En el palacio episcopal se celebró ayer tarde, bajo la presidencia del prelado doctor Leopoldo Eijo, la segunda reunión de la Junta Nacional del VII Centenario de la muerte del Pobrecillo de Asís, San Francisco. Asistieron S. A. la Duquesa de Talavera *, la Princesa de Hohenlohe, otras damas aristocráticas y los ministros de las Ordenes Terceras.

Se trataron, con gran interés, ¡temas tan importantes como la celebración del tercer Congreso Terciario iberoamericano, en mayo próximo; la formación de dos grandes peregrinaciones nacionales a Roma y a los santuarios franciscanos de Italia; la realización, en esta corte, de una exposición franciscana, bajo la dirección de la reputada entidad Amigos del Arte, y algunos otros puntos de no tanto relieve.

Con especial entusiasmo se acordó la erección de un monumento nacional a San Francisco en el Cerro de los Angeles. Consistirá en un monumental y artístico Vía Crucis, rematado por un facsímil de la pequeña iglesia Porciúncula. Este monumento será costeado por los hijos y devotos de San Francisco."

LA ÉPOCA. Viernes, 28 de enero de 1927


El monumento evidentemente no llegó a convertirse en realidad. La penuria económica, las fluctuaciones de la libra y la peseta, y la crisis del 29 acabarían por recluir la idea en amarillentas  hemerotecas. El antiguo monumento, construido frente a la ermita de la Virgen de los Ángeles, fue consagrado al Corazón de Jesús en 1919 por Alfonso XIII.  El grupo escultórico "Humanidad santificada",  en la ilustración superior, es obra de Aniceto Marinas y ahí aparece el "santo de los pobres" con su característica capucha. Aquel monumento fue destruido durante la guerra civil. En la réplica construida durante el franquismo,  también aparece "el poverello de Asís",  en un grupo escultórico similar que su autor, Fernando Cruz Solís,  renombró como "La iglesia triunfante".

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* El Ducado de Talavera de la Reina es un título nobiliario concedido por el Rey Alfonso XIII, el Africano, a  Doña María Luisa de Silva con motivo de su boda con el infante Fernando María de Babiera y Borbón, viudo de la hermana del Rey, María Teresa de Borbón y Habsburgo. De ahí que siendo solo duquesa utilice el protocolario S.A. (Su Alteza)

17 de febrero de 2013

Juan Soler–Espiauba y Soler–Espiauba, 5: Ecos de ultratumba


Fotografia  publicada en el libro «Flores de Heroísmo», del jesuita  Francisco García Alonso

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Los once y el cura pasan la noche rezando y hablando. Los militares están preocupados, como niños sentados en semicírculo alrededor del religioso y del comandante Fernando Bastarreche. La comunión de todos provoca paz. Incluso, Juan Soler–Espiauba le pregunta al confesor:

—Padre, ¿no será pecado tanta paz.
—No hijo, —le responde el cura—, la paz es tranquilidad que viene del orden y el orden coloca las cosas en su lugar. Cuando habéis cumplido con Dios y con la Patria, dándoles lo que ambos os pedían, es natural que sintáis la paz del que ha colocado las cosas en su sitio: Dios primero, Patria, después. Y todo lo demás, vida, esposa, hijos, ilusiones, carrera, subordinado y girando en torno a esos dos valores.

Los oficiales más jóvenes aprovechan para escribir los últimos mensajes a las mujeres de sus vidas, sus madres y esposas. Un oficial de prisiones que se acercó con dos jarras, una de agua turbia y otra de coñac, al ver que algunos escribían cartas recordó que no podían dárselas al cura, sino que tenían que entregarlas al Juez.

El cura intenta consolarlos. Valga la comparación, en esos momentos terribles, en los que los marinos se acuerdan de sus familias:

—Jesús también murió condenado por jueces cobardes, insultado y traicionado; también sabe lo que es dejar una madre y morir en la flor de la vida.
—Sí Padre, —le responde uno de los marinos—, nosotros morimos pero España se salva.

El cura les dio varias absoluciones, una comunión espiritual y la bendición papal. Tres veces hincaron las rodillas y rezaron el Yo pecador. Luego cogían las manos del confesor y las besaban; no con un beso, con cuatro o cinco. Vuelven a rezar, incluso a reír. De esta manera, los guardias que los custodiaban tras la puerta del calabozo creen que los condenados han perdido la razón, que tenían trastornado el juicio. Algo de eso tiene que ocurrir según se va acercando el momento de una muerte anunciada.

Para el frío materialista todo acaba con la muerte y aunque ellos, como cristianos, saben que la muerte no es el simple hecho material de hundirse en una fosa a la que echan una última palada de tierra, como el telón de la vida con la que todo se acaba, están bastante preocupados por esa huella en la tierra, por el reconocimiento de sus restos que acabarán sin duda en una fosa común. ¿No es importante, además de la recompensa de la vida eterna, la memoria personal? ¿No es importante que perdure nuestro recuerdo entre nuestros seres queridos? ¿Nuestro fin, ya que no podemos vivir, es saber morir? El cura les responde con la frase de Lacordaire: Si la vida no sirve para perderla por algo grande, no sirve para nada. Es una expresión algo acartonada, muy trágica, pero que en aquellos instantes finales de sus vidas les consuela, quizás por lo inevitable de su situación.

Rafael Cervera
El segundo del Sánchez Barcáiztegui, Rafael Cervera saca del pantalón dos fotos. Son las imágenes de su mujer y de sus dos hijas.

—¿Las rompo? Cuando me fusilen, serán ellos los que me registren y las rompan… Yo las romperé con amor y ellos con odio y saña. Francisco García le dijo que las dejara en el pantalón, quizás valgan para identificarte después, si llegan pronto las tropas nacionales. El marino las miró por penúltima vez con infinita ternura y las volvió a guardar en el bolsillo. El cura reflexionó sobre el amor ausente con una cita de Shakespeare: «El amor corre hacia el amor como los escolares huyen de sus libros; pero el amor se aleja del amor, como los niños se acercan a la escuela, con los ojos entristecidos». Al oír hablar sobre la identificación de los cadáveres, el Teniente de Navío D. Juan Soler–Espiauba asegura que lo suyo es fácil, le falta el dedo anular de la mano izquierda. Otro marino del Churruca, el Alférez de Navío Juan Araoz, dice que le falta el dedo gordo del pie izquierdo.

—Basta de señales, —dijo el religioso–—que no voy a poder recordar.

Sobre las cuatro de la madrugada se abre el cerrojo y aparecen el diputado D. Benito Pavón, con un traje de mono azul y sus dos bandas, negra y roja, de sindicalista al pecho y el auxiliar de telegrafista D. Sebastián Balboa, ascendido en menos de un mes a Capitán de Navío por el gobierno de la República. «¡Brillante carrera!». Sin embargo los militares se levantan del suelo y dan las gracias a Pavón por cuanto había hecho por ellos. El diputado comunista es enjuto de cara, cetrino y de voz ronca. Pregunta a los reos si quieren hacer testamento. Contestan en broma. Un marino no tiene nada. Ni un céntimo. No hay que hacer testamento; solo el Capitán de Navío, D. Rafael Cervera pide que se les conceda cristiana sepultura, ya que mueren como católicos. No parece que tal extremo esté en las manos del diputado comunista, aunque al igual que el marino con el que habla se ha educado con los padres jesuitas.

Uno de los jóvenes oficiales le pregunta al diputado si se ha tramitado la solicitud de indulto. Al fin, no había delitos de sangre y, en el caso del Sánchez Barcáiztegui, ni siquiera colaboración activa con el golpe militar al no haber habido transporte de tropas. No se escapa a la mirada del sindicalista que todavía hay una pequeña rendija por la que se cuela un rayo de esperanza en los condenados.

—Sí, se ha tramitado, pero… —deja en el aire la puerta cerrada a cualquier posibilidad.

El último número de El Socialista que se había publicado aseguraba en sus página que cualquier demanda de clemencia fatalmente tenía que desoírse, pues la guerra no consiente debilidades con los culpables. La contienda que se ventila en España se reduce a la vieja pugna entre el capricho y la ley, según el editorialista del periódico de los socialistas.

Algunos de los oficiales, pensando que el otro estaba mendigando la vida al preguntar por el indulto, le recriminaron diciéndole: –vamos, deja eso; no hay que soñar. El juez que los había juzgado, el auxiliar de radio Sebastián Balboa, los abraza llorando, para sorpresa de los marinos. Los dos visitantes se despidieron de los condenados.

Al final, los marinos reparten sus pertenencias: uno le muestra al cura su pluma, –esto es para V. Padre—, otro un crucifijo —y esto—, otro le da una estampita,—y esto—, otro le alarga un relicario con un trocito de tela—  esto. A cada ofrecimiento el sacerdote niega con la cabeza mientras les va contestando; les asegura que dará eso objetos a sus madres y esposas. Juan Soler–Espiauba le ofrece una manta al jesuita:

—Padre, esta manta me la regaló Carmina, mi mujer, ya comprenderá usted el cariño que le tengo; quiero que sea para usted.
—Vamos,—exclamó en broma el jesuita—, habéis dicho hace un momento que no tenéis que hacer testamento y voy yo a resultar vuestro heredero universal….yo no me llevo esa manta.

Las ejecuciones estaban previstas a las cinco de la mañana. Hasta  las cinco y media no empieza a amanecer en Málaga. Aún siguen las bromas; aumenta el delirio próximo al final. Uno de los marinos asegura que los rojos son unos informales, —mire que ya nos han robado media hora de cielo.

Otro de los oficiales, parece que empiezan a desvariar a la vista del inevitable final, le contesta:
—Nunca es tarde si la dicha es buena.

Fernando Bastarreche
Las ejecuciones empezaron a las seis menos diez minutos de la mañana.  Son fusilados en grupos de tres. Iban delante los comandantes de las dos naves, D. Fernando Bastarreche y D. Fernando Bustillo, y el segundo en el mando del Barcáiztegui, Rafael Cervera. Los dos últimos ayudaban al comandante cojo.

—Vamos, —les animó Rafael Cervera—, por Dios y por la Patria. Es nuestro turno.

Detrás, desfilan por última vez el teniente de navío D. Juan Soler–Espiauba, el Alférez de Navío, D. Manuel Sainz Chan y el resto de oficiales de tres en tres, salvo los dos últimos. Algunas fuentes, dudosas  en su verosimilitud, desfiguran la escena al querer sublimar la actitud de los marinos asegurando que van con sus uniformes, aunque sin galones ni distintivo alguno, y que se negaron a vendar sus ojos. Ambas cosas son refutadas, en honor a la verdad, por el jesuita. Lo que sí parece cierto es que alguno le recuerda a su compañero que les han robado todo menos el honor, incluso los sables; al final se quedaron encerrados en los pañoles de proa de su último destino. El sable de Juan Soler–Espiauba era, además, una joya de familia; lo había heredado, como primogénito de una saga, de sus antepasados marinos.

La escena de la ejecución es narrada por el médico de la prisión, Eduardo M. Martínez, obligado a presenciarla:

Envuelto en una manta por mi estado febril y recostado en el sofá de las oficinas de la cárcel esperaba la hora señalada. Al poco tiempo, invadieron los locales un piquete de unos 24 marineros del Churruca, al mando de un maquinista y de un joven vestido de blanco, con descomunal pistola, Auxiliar de Oficinas de la Armada, ambos con acento gallego. Entramos en conversación con la marinería, sobre todo con dos fogoneros que nos explicaron que el piquete está formado por voluntarios del Churruca. Aquella marinería andaba suelta. Comentaban lo que pasaba con cierta fruición con expresiones terribles como «voy a cazar pájaros» o, indicando el lugar a donde apuntarían; decía uno «voy a tirarle a ventre» y le constestaba el otro «pues yo voy a tirarle a fucicu». 

Una comisión de diez marineros de cada barco fondeado en Málaga, así como de la Guardia Civil, la Guardia de Asalto, los Carabineros, Infantería, y otros cuerpos del Ejército fueron a presenciar la ejecución. Una multitud de milicianos llenaban las oficinas y el patio de la prisión.

Amanecía. La luz lechosa del nuevo día de verano inundaba de sombras grotescas el patio de la prisión. Se formó el piquete de marinería. Dirige el pelotón de fusilamiento un maquinista con un sable.

—Preparen…; —sigue el ruido metálico de los cerrojos de los fusiles y el estruendo de una detonación tremenda. Una vez caidos a tierra, el maquinista los remata con un tiro en la cabeza con su enorme pistolón.

Tras la ejecución del primer grupo de tres, los milicianos siguen con el resto: —¡Venga, otro grupo!—. Y así cuatro veces. Cada grupo veía el fusilamiento de los anteriores entre el clamor y el griterío del público. Tormento espantoso que hacía temblar las piernas de algunos. —No pasa nada, —le dice un oficial a otro de los que esperan—, si te caes ya te matarán en el suelo.

Los once marinos descansan en el cementerio de San Rafael de Málaga. Tras arrojarlos a una fosa común, los taparon con cal para aniquilar los cuerpos y la memoria individual de los sublevados.


***

Tres años más tarde, en 1939, el jesuita publicó el libro «Flores de Heroísmo», basado en su primer opúsculo, «Mis dos meses de prisión». En el prólogo, el Vicealmirante Juan Cervera Valderrama, que había sido Jefe de la Base Naval de Cartagena, antes de ser destituido por el Ministro de Marina, José Giral, en los días previos del alzamiento, dice que el libro tiene «ecos de ultratumba» en una clara alusión al mensaje ideológico y a las cartas que envían lo marinos fusilados a sus familiares, sobre todo madres y esposas. Algunas llegaron a través del jesuita y otras fueron enviadas por el juez del proceso, el telegrafista Sebastián Balboa. El cura reconoce, como es de justicia, este detalle del republicano.

El autor del libro, en su dedicatoria nombra a los familiares de los héroes que ofrendaron sus vidas en Málaga, por Dios y por la Patria. El Rey se había caído del altar.

—Después de dos meses de prisión, logré escapar del infierno rojo malagueño, de la manera peregrina que la Providencia me deparó…—.  El cura escapó de la prisión gracias al Cónsul de México en Málaga, D. Porfirio Smerdou y al pasaporte falsificado que le confeccionaron en Cádiz; le habían convertido, gracias a Dios, en ciudadano de aquél país americano. El día 22 salió de la cárcel, con su pasaporte falso, a instancias representante diplomático. El día 24 mataron a toda la brigada de los curas. El señor Smerdou no pudo llevarlo al consulado porque que estaba lleno de refugiados. Es escondido en Villa Remedios, un chalé del barrio malagueño de El Limonar, propiedad de una familia boliviana. Tras varias peripecias, por fin huye a Gibraltar en el destructor británico Arrow, gracias otra vez al mismo cónsul mexicano.

De los marinos ejecutados, el joven Soler–Espiauba es el más afortunado. De él pudo sacar el sacerdote su carpeta, un reloj de pulsera, su carné militar, otros papeles y dos cartas escritas poco antes de su muerte; una a su madre y otra a su mujer. Dice el cura de él que era un joven simpático, valiente y de una fe tan recia que le dijo un día a un compañero suyo en la prisión: se tienen por buenos aquellos padres que dejan a sus hijos un buen patrimonio. Si con nuestra sangre construimos una España cristiana y grande ¿es pequeño el patrimonio que legamos a los nuestros?

Juan Soler–Espiauba escribe sentado en el suelo sobre el pavimento; con dificultad. El jesuita Francisco García define las cartas de los marinos como pétalos de rico perfume de flores de heroísmo de la Armada Española.

La primera carta de Juan Soler–Espiauba y Soler–Espiauba está dirigida a su esposa, Dña. María del Carmen Mirones y Laguno:

Málaga a 21 de agosto de 1936. 

Mi amadísima Carmina. Ya todo se acaba. En este momento son las dos y media de la mañana y a las 5 me van a ejecutar. 
No quiero entretenerme mucho en esta carta, perdóname, pero poco tiempo tengo y quiero prepararme para el paso a la otra vida. 
No me llores, corazón, pues muero tranquilo y después de haber pasado un mes largo de horrible cautiverio que me servirá de purgatorio. Estoy convencido firmemente de que dentro de tres horas estaré en el cielo y desde allí te esperaré y contemplaré, y pediré a Dios por vosotros hasta que vengáis conmigo.
Dios es buenísimo conmigo, pues me ha dado una fortaleza inmensa para pasar este trago, y muero arrepentido de mis pecados que Dios me ha perdonado. Un confesor me espera, así es que muero confortado por este divino Sacramento.
Mis cosas no sé si te llegarán. En la carpeta que yo tenía te mando lo más esencia, que es mi reloj, para que lo lleves tú, y mi carnet con otros papeles. 
Y ahora, mi última voluntad, Carmina querida: es que seas muy cristina siempre; no hagas jamás un pecado mortal que te prive de unirte conmigo en el cielo. Sé una santa, dedícate a Dios y a tus hijos y hazlos muy religiosos, muy cristianos. Reza el rosario diariamente y, si puedes, comulga diariamente también y pide por mí. Ya te dejo para poner dos letras a mi madre y preparar mi alma. Muchos besos a todos y tú y mis mijos de mi corazón, recibid todo el cariño de vuestro marido y padre que no dejará de contemplaros desde el cielo,
 Juan.

P.S.— Cuando triunfen las derechas, solicita de viudedad mi sueldo íntegro. Dios os ampare a todos.


A su madre, Dña. María Soler–Espiauba y Rovira, le escribe:

Málaga, a 21 de agosto de 1936.

Mi queridísima madre y hermanos: Solamente puedo ponerte dos letras, pues acaban de notificarme que dentro de unas horas me fusilan con la oficialidad y los jefes del Sánchez Barcáiztegui y del Churruca.
No lloréis por mí. No sabéis lo que bueno que es Dios conmigo que no merezco tanta bondad. He pasado un cautiverio de un mes largo horrible, que me sirve de purgatorio, así es que estoy convencido de que voy al cielo derecho. Sed muy buenos para que nos reunamos allí pronto. Estoy encantado. Un sacerdote me espera para confesarme. Un jesuita. Tengo una fortaleza inmensa que me ha dado Dios en este instante. A Carmina también la he escrito. Queredla mucho que es muy buena y me ha querido siempre con locura, como yo no he merecido nunca. Quered mucho a mis hijos, ya que no me a ver más los pobres. Yo desde el cielo os protegeré a todos. Perdóname, mamá, las lágrimas que mi ingratitud te haya hecho derramar, siempre te he querido mucho, aunque no tanto como tú mereces. Muchos besos a todos y a Antonio, a Solita, a Carmen y Pepe y todo y para ti, madre, un abrazo y mil besos de tu hijo que te espera en el cielo.
 Juan.


Últimas noticias del SB

El día 28 de febrero de 1947 naufragó la lancha de pasajeros que enlazaba el Ferrol con Mugardos, conocida popularmente en el municipio coruñés como La General. El suceso ocurrió a las dos y veinte de la tarde, aproximadamente, a la altura del Cabo Leira; el Generalísimo Franco, como habían renombrado las nuevas autoridades a la lancha, se fue a pique tras ser abordada por el Sánchez Bazcáiztegui en el centro de la ría, cuando el destructor había enfilado la proa para salir a mar abierto. Algunos testigos presenciales achacaron el siniestro a la excesiva velocidad de la embarcación militar, pero oficialmente se desconocen las causas de esa catástrofe en la que perdieron la vida trece mujeres de Mugardos, la mayoría de avanzada edad. Estas mujeres volvían a su aldea tras la venta del pescado y el marisco en el mercado del Ferrol. La tripulación de la lancha se componía del patrón, J.J. Fernández «Nito», el maquinista J. M. Rey, y el marinero, Aniceto Sixto. La declaración del patrón J. Nito, fue la siguiente:

O patron declareu que ás 14:20 horas, cando se dirixía a Mugardos, veu vir o destrutor Sánchez Barcáiztegui pola amura de babor, e proseguiu co rumbo que levaba na crenza de que podía cruzalo por proa, pero ao comprender que non pasaba mandou parar e dar atrás; rapidamente o destrutor meteu a estribor pero non puido evitar o abordaxe, ao pouco xa tocara ao Generalísimo a medio metro pola proa da ponte. Ian con le a ponte o mergullador de obras do porto e un tenente de oficinas militares.

El comandante del Sánchez Barcáiztegui era, desde septiembre de 1945, el Capitán de Fragata Luis Hernández Cañizares. Casi toda la prensa de la época, entre ellos el ABC y La Vanguardia que hemos consultado, publicó la noticia de pasada; apenas un párrafo dedicado al luctuoso suceso. Al fin, eran víctimas humildes.

***

El 7 de octubre de 1965, La Vanguardia publicaba la noticia sobre el final de otro barco con historia. A los noventa años de la muerte del marino que le daba el nombre al buque, Victoriano Sánchez Barcáiztegui, se publicó en el Boletín Oficial del Estado el anuncio de la venta en subasta como «chatarra» del destructor denominado Sánchez Barcáiztegui. Era, que sepamos, el fin de una maldición; el cierre de una historia ligada, por un nombre, a la tragedia en el mar; siempre puntual a su cita con la muerte.


Un poco de los Soler–Espiauba

Juan Soler–Espiauba y Soler–Espiauba nació en Cartagena el 8 de enero de 1907 en el seno de una familia de militares y marinos. Entre sus antepasados destacan Juan Soler–Espiauba y Gambino (1781–1849), capitán de infantería casado con Dolores de Angosto y Pinto–Carneir, hija de un Teniente de Navío de la Armada, con la que tuvo dos hijos, Juan y Ramón, los dos primeros marinos de la familia, y con el tiempo consuegros; y José Manuel Soler–Espiauba y de Angosto (1821–1882), Capitán de Navío de primera clase y Coronel de Infantería efectivo. Este se casó dos veces; de su primer matrimonio con Dña. María del Patrocinio Ruiz–Jiménez tuvo cuatro hijos, no teniendo continuidad la línea sucesoria de esta rama de la familia en la actualidad. De su segundo matrimonio, tuvo siete hijos, Francisco, Rosa, José, Carmen,  María, Luis y Amparo.

D. Juan Soler–Espiauba y Dña. María Soler–Espiauba, primos hermanos. Tuvieron cinco hijos: Juan (1907–1936), Dolores, Guillermina, Antonio (1909–2001) y Carmen (–1979).
El 7 de marzo de 1931, el ABC publicaba que la viuda de Soler–Espiauba había pedido la mano de la señorita Carmen Mirones Laguno, de distinguida familia santanderina, para su hijo Juan Soler Espiauba. Decía la nota del ABC que la boda se celebraría en breve.

El 6 de mayo de 1931, efectivamente dos meses después, se casó en la iglesia de la Concepción con la bellísima señorita Dña. María del Carmen Mirones y Laguno. Al día siguiente se publicaba la noticia en la sección Ecos de Sociedad del ABC. La ceremonia religiosa fue oficiada por el antiguo capellán del Colegio de Huérfanos de la Armada, D. Jesús Ferreiro, tras la cual se ofreció un «lunch» a la distinguida concurrencia entre la que se encontraba el Almirante D. José Rivera, el intendente general de Marina, D. Pedro Molero entre otros altos mandos de la Armada y del Ejército. Soler–Espiauba era huérfano de padre. Su madre, Dña. María Soler–Espiauba y Rovira, viuda de Soler–Espiauba, fue la madrina del enlace. Su hermana Carmina también se había casado en la misma iglesia de la Concepción, el día 27 de octubre de 1927, con José María Pérez Lozano.

Dña. Carmen Mirones Laguno no murió en Málaga en 1939 como publicamos en el libro «Crónica de un viaje al ayer». Según Carmen M., sobrina de la infortunada mujer  del marino fusilado en Málaga, su tía murió en  Madrid el 31 de mayo de 1939, el mismo día que cumplía 27 años, en un  accidente de tráfico. La aportación de Carmen M. nos la hizo llegar a través de un comentario en esta misma entrada del blog.  La madre del marino fusilado, Dña. María Soler–Espiauba Rovira, falleció en Madrid el 2 de octubre de 1956.

El padre del actual alcalde de Getafe, José Manuel Soler–Espiauba y Mirones se casó con Dña. Aurora Gallo y Ruiz ( –2011), matrimonio del que nacieron Juan, Francisco Javier y María. El primero, Juan Soler–Espiauba y Gallo, como hemos dicho anteriormente, es alcalde de Getafe; Francisco Javier Soler–Espiauba y Gallo es, desde el pasado 7 de julio de 2011, director general de Deportes del Gobierno de Cantabria.
Fotografía del interior de la prisión publicada en el libro «Flores de Heroísmo»

14 de febrero de 2013

Juan Soler–Espiauba y Soler–Espiauba, 4: Consejo de guerra en el Toifiño

El Sánchez Barcáiztegui saliendo del puerto de Cartagena. 
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La madrugada del domingo 19 de julio de 1936, la oficialidad del Sánchez Barcáiztegui descubre que el barco había fondeado en Málaga. Un par de auxiliares desembarcan y acuden al Gobernador Civil. Poco después aparece una dotación de Guardias de Asalto con la orden de detención. Los oficiales son trasladados en una camioneta hasta la prisión provincial. Se sorprenden de no haber muerto en el trayecto. Málaga está en poder de las turbas. Media ciudad arde como llena de antorchas. Grupos de gentes descontroladas se acercan a la camioneta con los puños en alto, increpando a los Guardias de Asalto y animándoles a pegarles un tiro a los oficiales.

La calle Larios de la capital andaluza está destrozada, llena de ruinas y los bellos edificios de la Caleta y el Limonar, que hasta hace poco eran palacios, surgían incendiados; algunos ofrecían ya sus esqueletos negruzcos aún en llamas, como rescoldos de un fuego prendido con inusitada virulencia… Las calles perpendiculares a las grandes avenidas habían sido obstruidas por coches destruidos o quemados.
A lo largo del trayecto, la camioneta tiene que parar varias veces. En una de ellas, los Guardias de Asalto contestan a un tiroteo; en otro momento el vehículo se detiene delante de la Casa del Pueblo para un control de milicianos socialistas. Al ingresar en la prisión provincial, durante el primer día, los cinco oficiales del Sánchez son incomunicados y encerrados en celdas distintas; al día siguiente pasan a engrosar la nómina de presos políticos, mezclados con los de la Falange y otros elementos de derechas. Los presos comunes se han fugado o han sido liberados por su supuesta adscripción a la república. La cantidad de presos políticos va en aumento rápidamente. De los cuarenta iniciales a los trescientos, o más, que hay encerrados a principios del mes de agosto.

Las noticias que llegaban durante los primeros días hasta la prisión ofuscaron la mente del comandante del buque que se culpaba él solo del fracaso de la Marina. Pretendía, en su fuero interno, a asumir la responsabilidad de la sedición de las clases subalternas y de la marinería del buque. El comandante Fernando Bastarreche empezó a obsesionarse con pensamientos fijos como que el Ministro de la Marina, D. José Giral, le dejaría morir lentamente en la cárcel. Pensaba Bastarreche que si se volvía loco no podría declarar en el Consejo de Guerra y asumir sus responsabilidades; quería aparecer como único culpable. Lo cierto es que se volvió loco. Sus subordinados, el resto de oficiales alzados, no estaban de acuerdo con esa postura y se mostraron decididos a no dejar solo ante el peligro al comandante y a reconocer su participación voluntaria en los hechos.

El día 25 de julio, festividad de Santiago, se sintió más preocupado por estas ideas obsesivas lo que le hizo desvariar del todo. Y en un momento en el que nadie se percató se arrojó por la barandilla de la galería superior de la prisión provincial. Un milagro fue que la caída de un hombre tan pesado y de la complexión del comandante no acabase con su vida; incluso, parece que ese intento de suicidio le curó de su locura. Al levantarse del suelo dijo a sus oficiales, arrepentido de su mal ejemplo, Hijos míos, no hagáis vosotros esto. El segundo le respondió: Comandante, eso se queda para los japoneses que así van al cielo. El comandante solo tenía la pierna rota. Rápidamente se disculpó por el mal ejemplo que había dado y que podría tacharse por los enemigos de la patria, sin lugar a dudas, como un acto de cobardía. Así, rodeado de los oficiales del buque, fue trasladado a la enfermería. Le atendió el doctor Eduardo M. Martínez, de «derechas». Hasta el final de este triste episodio le acompañó la cojera que le produjo la caída.

El 28 de julio de 1936 la Gaceta de Madrid, Boletín Oficial de la República desde el 1 de abril de 1934, publicaba en su página 878 un decreto de fecha 26 de julio, sin esperar al Consejo de Guerra, por el que se informaba de la baja en la Armada, con pérdida de empleos, sueldos, prerrogativas, gratificaciones, pensiones, condecoraciones, etc. que les correspondan del Comandante Fernando Bastarreche y Díaz de Bulnes, de su hermano Francisco y de otros marinos. Firmado, Manuel Azaña y José Giral Pereira, Ministro de Marina. Al resto de oficiales del Sánchez Barcáiztegui, no se les llega a nombrar en La Gaceta de Madrid.


Consejo de Guerra en el Toifiño

El día 4 de Agosto de 1936 se presenta en las dependencias donde están recluidos los marinos el director de la prisión acompañado del diputado comunista D. Benito Pavón. Les toma declaración un juez que era auxiliar radiotelegrafista, Sebastián Balboa –se lamenta uno de los oficiales–, y al que el gobierno de la República ha nombrado Capitán de Navío, ¡una cosa muy rara!, y otro auxiliar de Oficinas; el auxiliar de radio es hermano del famoso Benjamín Balboa, el radiotelegrafista de la unidad central en Madrid.

Los marinos confiesan casi a diario con el jesuita Francisco García Alonso. Sus familias, la Patria y Dios son aparentemente sus preocupaciones. Poco importa el Rey o la República. Dadas las actuales circunstancias, los marinos no tienen ninguna esperanza. Las noticias que llegan a la prisión son buenas y parecen augurar que finalmente España se salvará del caos en que está sumida. ¿Pero será verdad? Es tanto lo que está en juego, no solo para España, también para los marinos encarcelados. Tan claro tenían los oficiales su destino que cuando jugaban a las cartas, con dinero ficticio, siempre a crédito imaginario, y perdían, decían con humor un tanto negro: fulano le ha ganado tantas pesetas a mi viuda. Ante la tragedia que sacude la patria, sus vidas no valen gran cosa.

El día 10 de agosto, los oficiales del Sánchez Barcáiztegui son trasladados al vapor Sister junto a la oficialidad del Churruca, con los que irán a partir de ese momento unidos hasta la muerte. Son encerrados durante una semana en la bodega de proa, sufriendo este cautiverio más que el de la prisión ya que estaban obligados a limpiar retretes, a carbonear y al baldear la cubierta del barco. El Churruca era un destructor que sí había colaborado activamente con el alzamiento de Franco, trasladando un contingente de Fuerzas Regulares desde Ceuta hasta Cádiz la noche del 18 de julio. Saliendo del puerto de Cádiz, al día siguiente, la marinería se amotinó entregando la oficialidad a las autoridades de la República en Málaga. Durante su encierro en el Sister, además de las labores más ingratas asignadas en un buque, están sometidos a todo tipo de agravios y humillaciones; un día, el jefe de la guarnición que les vigilaba, Manuel Gallardo Moreno, los hizo formar y tras insultarles, de manera soez, disparó su pistola contra ellos rozando la bala el brazo de uno de los oficiales del Churruca. Igual le hubiera dado. Ya estaban casi muertos.

El 17 de agosto la oficialidad de los buques Sánchez–Barcáiztegui y Churruca fueron trasladados al buque hidrográfico Toifiño, llamado así en honor del científico y militar Vicente Toifiño. El Consejo de guerra contra los once marinos tuvo lugar en ese barco el día 20 de agosto; desde las 10 de la mañana a las cuatro de la tarde. Se quejan de las acusaciones del Fiscal. Rafael Cervera, incluso llega a lamentar su discurso: ¡Cuántos agravios y cuántos ultrajes!

El miércoles 19 de agosto, el periódico La Vanguardia publica la primera narración de los hechos basada en informaciones facilitadas por la "brava marinería del Sánchez Barcáiztegui, ejemplo de lealtad de la escuadra a la República, factor decisivo –en aquel momento, según el periódico catalán– para el triunfo sobre la intentona fascista". 
El periódico catalán asegura que el relato de los heroicos marineros del Sánchez Barcáiztegui, se ha realizado con la promesa de continuarlo, como una especie de diario de a bordo. No fue así.



Una noche espiritual

Hacia la medianoche del mismo día 20 regresan a la prisión los once marinos con una condena a muerte para cada uno. La sentencia se ejecutará al amanecer del día 21 de agosto de 1936. Se les concede una noche de gracia. Ellos piden confesarse con el jesuita D. Francisco García Alonso, que a su vez solicita la ayuda del rector del seminario de Málaga, D. Enrique Vidaurreta.

Una vez confesados, son encerrados durante toda la noche en un calabozo. Finalmente es el jesuita el que acompaña a los militares hasta la hora de la ejecución. Es la única fuente de información junto a las cartas de los condenados. Se suceden escenas de cielo y catacumba; una noche que tendrá, en poco tiempo, ecos de ultratumba. El jesuita no conoce a los del Churruca.
Tras las presentaciones les pregunta:
¿Cuántos sois?Once, somos once—, responden.
Bueno, entonces, aquí no hay ningún Judas—, dice el jesuita a modo de broma religiosa. Once y un cura que hace de intermediario de Cristo en esa última noche. Empiezan a consolarse en comunidad, "como buenos comunistas, –piensan– no como los que quieren hacer de España una dictadura marxista, un satélite de Rusia". 

CONTINÚA...

12 de febrero de 2013

Juan Soler-Espiauba y Soler-Espiauba, 3: Rebelión a bordo

Tripulación del Sánchez Barcáiztegui

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En la tarde del 18, el comandante ordena que el buque entre en el puerto, amarrándose en el dique junto al Almirante Valdés; tras la maniobra de atraque, el Capitán de Fragata convoca a los subalternos y auxiliares a una reunión en la cámara de oficiales. El comandante lee una alocución de Franco en el que se anunciaba el alzamiento militar y, en consecuencia, pide a los auxiliares que presten su apoyo al movimiento, llamamiento que escuchan con la mayor frialdad. Un contramaestre, tenso como las cuerdas que sujetan el aparejo en un día de tormenta, se adelantó de la formación y le espetó al Comandante su negativa, rechazando cualquier acto contra la República.

—Eso, lo que usted quiere es poner el buque al servicio del fascio.

—Quiero que sepan ustedes que no es nuestra intención convertir a España en títere ni comparsa de ninguna nación ni de ningún régimen en especial. Ni fascista ni comunista. Ni de Rusia ni de Italia. Ni de Alemania ni de nadie. Los oficiales del buque creemos, con honestidad, por nuestro honor, que nuestro país camina hacia el abismo. El alzamiento de Franco está justificado si queremos solucionar los problemas que asolan España. No queremos que se cambie el gobierno de la Patria para sustituir una pedrada por un descalabro. Nadie quiere salir de Málaga para meterse en Malagón. Según las informaciones que obran en nuestro poder estaba previsto que el próximo domingo se declarase, con motivo de las Olimpiadas Obreras de Barcelona, la revolución. Si lo permitimos, España se habrá convertido en un satélite de la URSS y todos nosotros, ustedes también, en esclavos de un sistema que ignora a las personas. El levantamiento del ejército es un paso, solo eso, una transición a un sistema, sea República o Monarquía, que no nos destruya como sociedad. Un sistema político que no devore a sus hijos como el dios Cronos por miedo a que uno de ellos le destrone.

—Es usted un ingenuo. Franco es el ariete del fascio en España, al servicio de la oligarquía de siempre, la que han defendido en el Parlamento tanto Gil Robles como el difunto Calvo Sotelo y otros como José Antonio Primo de Rivera.

—Les pido su ayuda en beneficio único de España. Nuestra posición solo es fruto de nuestro amor por la Patria.

—La fidelidad de los auxiliares y clases subalternas a la legalidad no es negociable ni se puede torcer en base a suposiciones, amenazas o a una falsa interpretación del amor a nuestro país. Si tenemos que luchar contra la invasión soviética o contra Alemania, nosotros estaremos allí, firmes, en primera línea defendiendo nuestro país. No cuente con nuestra ayuda. Convoque al resto de la marinería. A ver qué le dicen. Nosotros no estamos con el golpe. Si persiste en su actitud de unirse a los fascistas sediciosos, no obedeceremos sus órdenes.

El comandante está defraudado. Esperaba el apoyo de los subalternos. Hace lo mismo con la marinería. Todo el personal del barco se reúne en el sollado ante la llamada a formar; allí el comandante lee la proclama de Franco y les arenga por cuenta propia, resaltando lo dicho anteriormente sobre los peligros en los que se encuentra la Patria. Bastarreche afirmó tajante, según declaró la marinería, que en estos momentos no obedezco más órdenes que las que emanan del Generalísimo Franco y las del capitán General de Cartagena, asumiendo toda la responsabilidad a que hubiere lugar. Pedía D. Fernando Bastarreche un poco de amor para defender la causa salvadora de España. Terminó su alegato dando tres vivas a España, vivas a las que sólo respondieron los oficiales. La dotación recibió el discurso con una frialdad fatal que congelaba el ambiente y que contrastaba con el calor que hacía en el Puerto de Melilla. Casi todos tenían las camisas empapadas de sudor y la nuca helada. A la vista de la actitud de la marinería, el comandante dijo:

—Adiós, muchachos, y se marchó a su camarote.

Los ánimos de la tripulación estaban encrespados. Las dos clases se vigilaban desde hacía meses, como se miran los enemigos, con recelo, con desconfianza, sin esperanza. Los malos pensamientos sobrevuelan la cubierta del navío, haciendo temer una violenta explosión o un choque de voluntades encontradas. Había llegado ese punto fatídico, terrible; sin vuelta atrás.

Según los marineros, la oficialidad quería embarcar las tropas del Tercio y de Regulares para su traslado a la península. En este momento, convencidos de la traición de los oficiales se producen varias discusiones entre los representantes de las clases subalternas y la oficialidad; unos queriendo seguir adelante con el plan establecido y otros, empeñados en salir del puerto y continuar fieles al Gobierno de la República. Las discusiones eran inútiles.

La línea que separaba a los mandos y oficiales de las clases subalternas en la Armada se debía, fundamentalmente, a que contramaestres, radiotelegrafistas, condestables, practicantes, torpedistas–electricistas, buzos o simples marineros no podían ascender a oficiales como pasaba en los otros cuerpos del ejército.

Los barcos se habían convertido en fábricas mecanizadas; sus dotaciones estaban compuestas de especialistas, obreros cualificados y otros trabajadores con una fuerte conciencia de clase y experiencia sindical. Tras la proclamación de la República y el triunfo del Frente Popular se procedió a indultar a muchos marineros expulsados del servicio en su día por actividades políticas y sindicales; de nuevo se concentraba en los buques de la Armada un gran porcentaje de clases subalternas simpatizantes de la Unión Militar Republicana y Antifascista.

La oficialidad queda defraudada; creen firmemente que actúan según les dicta su conciencia. Las informaciones facilitadas por los marineros a la prensa republicana aseguran que el segundo del buque, el Capitán de Corbeta D. Rafael Cervera, desembarcó en tierra y tuvo una entrevista con el Teniente Coronel de la Legión Darío Gazapo. Otras informaciones aseguran que fue el legionario el que accedió al bordo proponiendo a los oficiales que el Tercio embarcara para amedrentar a la tripulación. Los marinos son contrarios a tal cosa; es mejor, como idea, intentar prender la llama del patriotismo con algunas compañías desfilando con música y banderas dando vivas a España. La oficialidad no quiere que los legionarios suban al barco. Los de la Armada son muy suyos. Al comandante del barco le repugna la idea de engañar a su dotación, según reconoce en una carta escrita esa misma noche a su mujer.

Abarloado el buque junto a la riva para que subieran las tropas, se producen momentos de indescriptible emoción. ¡Ahí vienen, ahí vienen –gritó el timonel, señalando la irrupción de la Legión por el extremo del puerto. Cuando empiezan a desfilar el Tercio de la Legión y el Tabor de Regulares, con música y banderas, la marinería comenzó a gritar como si fueran a matarlos, según uno de los oficiales.

Antes que lejías y moros, que ya desfilaban a paso ligero, alcanzasen el buque, la tripulación tomó el control del barco, soltó amarras y zarpó. La tripulación del Almirante Valdés hizo lo mismo, pero cuando no hay sintonía entre el cuerpo y la cabeza, cuando funciona cada órgano por su cuenta, el resultado suele ser desastroso. Un barco se compone de cerebro y músculo. Sin la fuerza de la marinería, el mando no llega a puerto alguno; sin cerebro, resulta difícil dirigir la máquina, siendo probable que resulte inútil el esfuerzo realizado, incluso cabe la posibilidad de irse a pique.

Según el relato de los marineros del Sánchez Barcáiztegui, el comandante del Lepanto intentó embarrancar el buque de proa en el rompeolas de la plaza España donde se sabía que había poco fondo. Alertada la tripulación, dieron marcha atrás no siendo entonces capaces de detener el retroceso y varando el buque de popa en la Escollera del Morro.

La marinería del Sánchez se lanzó a la cabina de máquinas, advirtiendo de la situación a los auxiliares y diciéndoles que no debían hacer caso al teléfono de los jefes. En este momento tuvo lugar un pequeño incidente cuando el destructor casi colisiona con el buque de Transmediterránea Monte Toro. La marinería achacó este suceso a un presunto sabotaje del destructor por la oficialidad y que esta atribuyó, a su vez, a la falta de oficio de la tripulación. A estas alturas de la historia, cualquiera sabe lo que pasó; no hay fuentes suficientemente claras y la confusión, en aquellos momentos de incertidumbre, era enorme. La marinería, según el relato de algunos de sus miembros, paró máquinas dando marcha y evitando la colisión.

Mientras la marinería suelta amarras e intenta abandonar el puerto, representantes de los comités afiliados a la Unión Militar Republicana y Antifascista se dirigen a los oficiales para que no se interpongan ni obstaculicen las maniobras. Nada pueden hacer. El único oficial que no está implicado en el complot, el alférez de navío Álvaro Calderón Martínez, toma el mando del buque. Al fin salen del puerto de Melilla y dirigen la proa hacia mar abierto. Optan, ignorantes de lo que pasa en el resto de la flota y de España, por no comunicar su posición a ningún barco; ni siquiera al Ministro de la Marina. El Almirante Valdés, remolcado por el Monte Toro, consiguió desencallar y salir del Puerto de Melilla.

***

A las siete de la tarde de ese fatídico día, 18 de julio, los representantes sindicales y comités políticos de la marinería se dirigen al oficial de guardia y le exigen, para evitar desgracias y que corriera la sangre a bordo, el desarme de la oficialidad. El armamento se guardaría en los pañoles de proa, incluso los sables de los oficiales. Así se hizo, quedando el buque en manos de la tripulación. En ese momento, la escuadra de guerra es de los cabos. La flota es, mayoritariamente, republicana. El barco queda al mando del Alférez de Navío, Álvaro Calderón Martínez, único oficial que se mantiene fiel a legalidad vigente.

Tras las primeras deserciones como la del destructor Churruca, empiezan a llegar, también, buenas noticias. El Ministerio de la Marina y su titular, Sr. José Giral, empiezan a recoger viento a favor en las velas desplegadas a favor de la democracia y la libertad. La tripulación expide el siguiente radio: Dotación del Sánchez Barcáiztegui al Ministro de la Marina. ¡Viva la República! Esta dotación pone en conocimiento de vuecencia que ha conseguido abortar un movimiento contra la República a bordo de este buque, teniendo detenidos a jefes y oficiales de la dotación que intentaban hundirlo. Esperamos órdenes de vuecencia. ¡Viva la República!

El Ministro de la Marina se había personado en la estación de telegrafía sin hilos de la Ciudad Lineal, desde donde se coordinaba la estrategia naval de la República en los primeros momentos de la sublevación. El trabajo de Benjamín Balboa resultó, además de eficaz y leal, de una importancia vital; desde allí se recibía toda la información y se expedían órdenes. Se alertaba a las tripulaciones de la posibilidad de que se alzasen y les animaban a detener a las oficialidades rebeldes, custodiarlas y entregarlas a las autoridades militares pertinentes. El ministro respondió al radio de la marinería haciendo una llamada general a todos los buques de la Armada: ¡Camaradas! Para vuestra satisfacción y conocimiento, por si podéis aprovechar la lección, tenemos la satisfacción de reproducir el telegrama urgente del Sánchez Barcáiztegui»

Acto seguido, el ministro quiere aprovechar aún más este suceso e insiste con otro despacho, más elocuente que el anterior, en el que destaca la actitud de la tripulación: No dejarse engañar por ese tajo de canallas. Sirva de ejemplo la dotación del Sánchez Barcáiztegui.

***

El comandante del buque escribe esa noche dos cartas en las que predice su futuro. Sabe, o piensa, vaticina, que su acción y su decisión caerán en saco roto, que sobre ella se impondrá el silencio y el menoscabo. Asegura que nunca ha traicionado a su tripulación y se cree leal hasta el fin con sus hombres a los que dice que no ha abandonado ni ha violentado en ningún momento. Asegura a su familia que ni siquiera pensó en llevar pistola durante las entrevistas con los miembros de la marinería y cuerpos auxiliares. También asegura que le hubiera sido fácil desembarcar y evitar su encarcelamiento. Fernando Bastarreche asume esa misma noche que su suerte está echada, sea cual sea, para ir con su tripulación a donde haya que ir. Afirma que la dotación del barco se comporta de manera correcta y respetuosa; la mayoría de los oficiales sobretodo temen ser entregados a algún estamento civil; eso sería el deshonor para cualquier marino. Saben cuál es su fin y tan solo esperan ser juzgados por un tribunal militar. Un Consejo de Guerra. Nada esperan. No ignoran su destino. Tienen una cita con la muerte.

Los oficiales se sorprenden de la actitud de algunos miembros de la marinería y de los cuerpos auxiliares más cercanos y con los que suponían un grado de afecto más allá de las ideas políticas. ¿Qué había sido del antiguo espíritu del marino?

Es una noche terrible. En algunos momentos, los oficiales temieron ser ejecutados en el mismo barco. La tripulación cada vez estaba más excitada. Todos los oficiales, menos el Alférez de Navío que se hizo cargo del buque fueron encerrados en la sentina del barco. El comandante del buque aseguraba por escrito a su mujer, Lola, la vida sólo me importa por ti, pero la honra la estimo mucho… El comandante está convencido de comparecer pronto ante Dios y le asegura a su esposa, que en momentos así no se miente, que piense que ha sido y muere como un hombre de honor, leal y honrado. Y seguramente sea eso lo que les ha perdido.

CONTINÚA...