Google+

4 de junio de 2014

Nombran gobernador del Banco de España a uno de Getafe


El 13 de septiembre de 1923, el Capitán General de Barcelona, Miguel Primo de Rivera, se apropio del poder absoluto en España, con la connivencia de Alfonso XIII, conocido como 'El Africano', un desacreditato y vituperado rey al que la sociedad española hacía responsable junto a su camarilla de políticos y militares del fracaso del ejército en la guerra del Rif, y en especial del desastre de El Annual, en la que murieron según las cifras oficiales unos 14.000 soldados, aunque se sospechaba que pudieron ser veinticinco o treinta mil. Y, todo, para mantener los intereses de la corona en las minas del norte de Marruecos.

Se pretendía seguír el ejemplo de Italia donde el rey Víctor Manuel entregó todo el poder a Benito Mussolini, para instaurar un régimen fascista. El dictador español había dicho a modo de justificación:

“Ha llegado para nosotros el momento más temido que esperado de recoger las ansias, de atender el clamoroso requerimiento de cuantos amando la Patria no ven para ella otra salvación que liberarla de los profesionales de la política, de los hombres que por una u otra razón nos ofrecen el cuadro de desdichas e inmoralidades que empezaron en el año 1898 y amenazan a España con un próximo fin trágico y deshonroso (…)

¡Viva España y viva el Rey! No tenemos que justificar nuestro acto que el pueblo sano demanda e impone. Asesinatos de prelados, de exgobernadores, agentes de la autoridad, patronos, capataces y obreros; audaces e impunes atracos; depreciación de la moneda; francachela de millones de gastos reservados; sospechosa política arancelaria por la tenencia y más por quién la maneja hace alarde de descocada inmoralidad; rastreras intrigas políticas tomando como pretexto la tragedia de Marruecos; incertidumbres ante este gravísimo problema nacional; indisciplina social, que hace el trabajo ineficaz y nulo, precaria y ruinosa la producción agrícola e industrial, impune propaganda comunista; impiedad e incultura; justicia influida por la política; descarada propaganda separatista, pasiones tendenciosas alrededor del problema de las responsabilidades (…)"

Una de las primeras decisiones del dictador fue suprimir el Parlamento, elegir a dedo a los diputados que desde ese momento se denominaron 'Asambleístas' y eliminar la denominación de ministro del organigrama del estado. El país estaba inmerso en una crisis económica provocada por la corrupción política, la ausencia en la mayor parte del país de una industria con capacidad para generar empleo, con una red de infraestructuras pública deficientes y un medio rural desolado. Ya habían pasado los tiempos de las vacas gordas, cuando España exportaba trigo, carne y hasta pistolas defectuosas a los contendientes de la gran guerra europea. El precio del pan subía todos los días.

A  finales de ese año de 1923, el General al mando de los destinos de la patria eligió a Carlos Vergara y Cailleaux  para ejercer las funciones de ministro de Hacienda. Al día siguiente, el periódico ABC publicaba la siguiente nota: "A propuesta del jefe del Gobierno, presidente del Directorio militar, de acuerdo con este y de conformidad con lo prevenido en el artículo 2 de mi decreto  de 21 de los corrientes, vengo en nombrar subsecretario del ministerio de Hacienda a D. Carlos Vergara Cailleaux, magistrado del Tribunal Supremo.

El nuevo 'Subsecretario y Oficial Habilitado encargado de Hacienda'  había nacido en Getafe en 1854. Era hijo de Francisco Vergara y María de los Ángeles Cailleaux. Tenía un hermano llamado Marcelo, dos años menor. Ambos aprendieron las primeras letras en el colegio de los PP. Escolapios hasta que su familia se trasladó a Madrid; Carlos Vergara cursó el bachillerato en el Instituto San Isidro de Madrid y se licenció en Derecho Civil y Canónico en la Universidad Central.

Consta como funcionario público desde muy joven; en el año 1875 figura como oficial letrado de tercera de Hacienda Pública; en 1882 ingresó en el Cuerpo de Abogados del Estado, convirtiéndose al año siguiente en oficial de primera de Hacienda.

El 2 de febrero de 1884, con treinta años,  contrajo matrimonio con la señorita Concepción López Figueredo, natural de Bayamo (Cuba). La ceremonia religiosa tuvo lugar en la parroquia de San José de Madrid. Su brillante trayectoria siguió fulgurante al convertirse en 1893 en Jefe de negociado de tercera clase; Jefe de negociado de primera clase en 1896; Inspector general de Hacienda Pública en 1909; Interventor central de Hacienda en 1911;  Director general de Propiedades e Impuestos en 1912; Director general de la Deuda y Clases Pasivas en 1914.

En febrero de 1923, su hermano Marcelo se jubiló al llegar a la edad reglamentaria. Era jefe de Administración de primera clase del Cuerpo de Abogados  del Estado. Así lo firmó el rey y lo publicaron La Gaceta, el día 7 de febrero,  y el periódico El Globo, al día siguiente. Estaba casado con Dolores Ibáñez Martínez que debía ser bastante más joven que él. No tuvieron descendencia. La mujer falleció en Madrid el 15 de abril de 1957, veintiocho años después que su esposo.

Antes que Primo de Rivera tomase el poder en el mes de septiembre, Carlos Vergara Cailleaux ejercía como Magistrado de Sala de lo Contencioso y Administrativo del Tribunal Supremo. Políticamente estaba alineado con un joven y brillante José Calvo Sotelo,  una de los más prometedores valores  del 'maurismo'. Apenas fue una ilusión. Un empleo efímero, que sin embargo le ha sirvió para figurar en la orla de los  ministros de Hacienda de España. Carlos Vergara solo ejerció el cargo durante dos meses, hasta el 25 de febrero de 1924. Ese día abandonó el Ministerio de Hacienda para desempeñar las funciones de Gobernador del Banco de España. Inmediatamente después, en abril, el directorio le nombró caballero de la Real Orden de Isabel la Católica (ABC, 1 de mayo de 1924). A finales de año, el 3 de diciembre de 1925, su 'jefe político', José Calvo Sotelo, asumió el Ministerio de Hacienda.

La política económica del nuevo gobierno se dirigió a la creación de grandes empresas y monopolios y la nacionalización de actividades consideradas claves. Hacía poco que se había creado Construcciones Aeronáuticas, quizás la empresa  más emblemática de Getafe. Así, en los primeros meses de la dictadura se consolidaron astilleros para  la fabricación de barcos,   aunque fuese con capital y patentes extrajeras, se fundaron empresas como Campsa, Tabacalera y Telefónica y se constituyeron las confederaciones hidrográficas. Se inició una actividad febril para dotar a la nación de unas infraestructuras acordes a los tiempos; se construyeron más de 7.000 kilómetros de carreteras, ferrocarriles, pantanos. Se acercó la electricidad al mundo rural.La política económica, claramente inflacionista, tenía como locomotora la obra civil y como instrumento a su servicio la capacidad de imprenta del Banco de España. Primo de Rivera y Calvo Sotelo necesitaban un jefe para la imprenta que le diera al manubrio y fabricase billetes como un loco.

Carlos Vergara y Cailleaux firmó una primera emisión de billetes el primero de julio de 1925, apenas un año después de acceder al cargo. Tantos fueron los billetes que se imprimieron que nuestro amigo Manuel Fernández tuvo la amabilidad de 'obsequiarnos' con un billete de cien pesetas de aquel año. Un regalo precioso, no por su valor económico, sino por su interés como testimonio histórico para glosar la figura de este juez y político getafense.



Dos meses después de que el alcalde de Getafe frotase entre sus dedos índice, pulgar y corazón los primeros billetes de 100 pesetas acuñados por el Banco de España con la firma de Carlos Vergara, el ayuntamiento decidió contribuir con un acto simbólico que revelase el reconocimiento al que fuera convecino de niño y en ese momento aparecía ante todos al frente de la máquina de imprimir dinero. El general decía ¡dale! y Vergara, le daba. ¡Venga, más papel! El 9 de octubre de 1925, el pleno del Ayuntamiento de Getafe acordó nombrar "Hijo adoptivo de Getafe" al general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja. El secretario de la corporación recogió en el acta de manera magistral el acto de adulación al dictador: "La Corporación, identificada por completo con el sentir de la alcaldía, el antes citado Enrique Gutiérrez Carnero, y haciéndose a su vez eco de los sentimiento de este vecindario, en atención a las circunstancias excepcionales que concurrren en el Alto Comisario de Marruecos, presidente del Directorio Militar, excelentísimo señor teniente general don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, marqués de Estella, proporcionando días de perpetua recordación a nuestra querida patria, con su acertada dirección en la actuación militar de África, acuerda por aclamación y con el mayor entusiasmo nombarle Hijo adoptivo de esta villa de Getafe, y que por la Alcaldía Presidencia se entrege al presidente del directorio militar certificación íntegra del acta de esta sesión".

El susodicho alcalde, Enrique Gutiérrez Carnero, aparece —visto desde la distancia en el tiempo— como un tipo realmente pelota. Ejerció el cargo durante dos años y pico, entre 1925 y 1927. Y debía estar muy agradecido; hasta el punto que, al año siguiente de 'ahijar' al dictador, repitió el gesto de adulación con el gobernador civil de la provincia, Manuel de Semprún y Pombo, un abogado de éxito que había sido alcalde de Valladolid en 1906, gobernador civil de Zaragoza, Cádiz y Madrid; y es más que probable que fuera el jerarca que aupó a Enrique Gutiérrez hasta la alcaldía del pueblo. El nuevo 'hijo adoptivo de Getafe', Manuel Semprún llegaría a ser alcalde de Madrid durante unos meses en 1927.

Desde finales de 1925 había acabado la primera etapa de la dictadura. En diciembre, Primo de Rivera seleccionó a un grupo de jóvenes para sustituir a los militares en la cúpula del poder. Los 'magníficos' del directorio civil eran el duque de Tetuán, que pasó a ocupar el Ministerio de la Guerra; Cornejo, el de Marina; Ponte, el de Gracia y Justicia; Callejo, el de Instrucción Pública; Martínez Anido, el de la Gobernación; Calvo Sotelo, el de Hacienda; José de Yanguas, el de Estado, y Guadalhorce, el de Fomento.

La marcha triunfal de la economía en los dos primero años del directorio Civil, entre  1925 y 1927, consiguió el apoyo casi unánime de la sociedad; incluso, que la UGT liderada por Largo Caballero apoyara las reformas. Por el contrario Julián Besteiro se situaba enfrente. Luego, al cabo de los años, estos personajes cambiarían sus posiciones hasta el punto que Largo fue extremista y está considerado como el 'Lenin español'. Paradojas que produce el tiempo.

Sin embargo, la dictadura se mostraba incapaz de realizar una verdadera reconstrucción política, un cambio de actitud y mentalidad que transformase el país y rescatase a la sociedad de su sempiterno y fratricida enfrentamiento. ¿No había alternativa al ciclo de guerras y desastres que asolaban España desde la guerra de la independencia?

A mediados de 1927, la inevitable relación de una pretendida economía autárquica con los movimientos globales del capital empezaron a provocar un considerable desgaste de las constantes ficticias en que se movía el régimen. La peseta se desplomaba. A ello había que sumar el déficit comercial, la fuga de capitales, las malas cosechas, la inflación interna provocada por el desorbitado aumento de la obra pública. Mientras los pequeños y miserables capitalistas ibéricos medraban y los trabajadores tenían trabajo, España iba; e iba bien. Todo eran alabanzas y distinciones al general que había rescatado al país de la decrepitud moral y económica, y a su determinación cuando suprimió el Parlamento y la casta de políticos enraizados en sus escaños.

Desde el mismo momento que se oteó la depresión mundial y los trabajadores se vieron abocados a la falta de trabajo, se cambiaron las tornas, las lanzas se volvieron cañas, y la sociedad, siempre tan escasa de memoria colectiva, responsabilizó al dictador de los males que aquejaban de nuevo a la Patria.

Cada vez se oían más voces, y más altas, criticando al gobierno por el intento de ocultar los efectos de una inflación que había provocado él mismo con una política monetaria en contradicción con su política económica inflacionista.  El ministro de Hacienda, Calvo Sotelo, esperaba contener los descensos en la cotización mediante compras de pesetas en el mercado de Londres y se afanaba en el mantenimiento de la peseta como "índice de la capacidad moral de la raza española". Y replicaba a los expertos que  la economía española era sana y que la caída de la peseta había sido 'orquestada' por los  especuladores de siempre.

Las dificultades se iban acumulando; pese al proteccionismo y a las altas tarifas aduaneras, la balanza comercial española y la cotización de la peseta eran negativas; cada vez salían más divisas, hasta que la peseta terminó por hundirse totalmente.  El desmoronamiento de la peseta era paralelo al del régimen.  En marzo de 1927 la peseta alcanzaba el 93% de su valor nominal; en 1928, el déficit era de más de dieciocho mil millones de pesetas.  Esto, unido al rumor sobre la  nacionalización de todas las compañías extranjeras como en  el caso de Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos (Campsa), provocó la huida masiva de capitales y el pánico en la Bolsa. En contra de la posibilidad de devaluar la moneda, el Ministro de Hacienda, ayudado por el Gobernador del Banco de España, intentó revalorizarla con escaso éxito.  Calvo Sotelo tenía los días contados al frente del Ministerio.

En el verano de 1928, ante la necesidad imperiosa de tesorería, el gobernador del Banco de España, Carlos Vergara y Cailleaux, no dudó en volver a acuñar moneda en cantidades ingentes. ¡Qué importaba ya la inflacción con la que estaba cayendo! Los billetes de 25, de 50 y de 100 pesetas salían como churros de la fábrica de moneda y timbre con la fecha impresa de 15 de agosto. El año anterior, en 1927,  volvió a acuñar una nueva edición de monedas;  algunas tan curiosas como los 25 céntimos del agujerito troquelado y que después sirvió como modelo para los cincuenta céntimos, incluso en épocas  más recientes para las 25 pesetas. El 'hijo adoptivo de Getafe', el mismísimo Miguel Primo de Rivera, escribía sobre los errores de la política monetaria en enero de 1930, un mes antes de dimitir:

"¿Por qué hemos intervenido en el cambio internacional?  La respuesta no me va a acreditar de diplomático ni de sofístico.  Hemos intervenido por error, porque hemos padecido una equivocación.  Cuando hace aproximadamente un año  vimos subir la peseta a poco más de 27 la libra, se nos llenó el ojo y alegró el ánimo, y la vanidad nacional nos hizo soñar unas horas en alcanzar la paridad.  ¡La peseta oro! ¡Viva España!  Ello era más un éxito moral que económico... El acierto entonces hubiera estado en comprar muchas libras y dólares, al tipo de 27, 28, 29 y hasta 30 la libra, forzando nosotros mismos el alza de esta moneda, y al llegar a este punto tomar medidas para estabilizar la nuestra: es decir, estabilizar en el momento de abandonar nuestra protección en el mercado a la libra, para que, falto de ella, tendiese no a subir sino a bajar, y además que nos cogiera con libras en superreserva para mejor mantener la estabilización.  Claro es que estas cosas se ven después de haber ocurrido.  Pero, desgraciadamente, la libra empezó a subir por sí misma y muy rápidamente, y entonces se nos ocurrió contener su alza, en defensa del valor de nuestra moneda, comprando pesetas al precio que salían, es decir, vendiendo o comprometiendo libras, y ya metidos en ese camino, como pasa al jugador que pierde y va al desquite, es difícil detenerse."

Carlos Vergara Cailleaux desempeñó el cargo de Gobernador del Banco de España hasta el martes 22 de octubre, fecha "en que le fue admitida la dimisión por motivos de salud". Dos días después,  el 24 de octubre de 1929, festividad de San Rafael, sucedió lo que todo el mundo sabe ahora pero que pocos adivinaron entonces. La bolsa de Nueva York se colapsó en lo que se ha venido en llamar el 'jueves negro'; la economía mundial hizo 'crack'y la española, como siempre, 'cata-crack'. En diciembre de 1929 la libra cotizó a más de 36 pesetas. La política monetaria del gobierno había sido un fiasco en medio de la tormenta económica que azotó al mundo capitalista.

El 5 de noviembre, el ABC publicó una pequeña nota en la que, dentro del apartado de nombramiento y cese de Asambleístas, se daba cuenta de la disposición para "que D. Carlos Vergara y Cailleaux deje de formar parte de la Asamblea Nacional. La enfermedad acabó con el mayor de los Vergara de manera fulminante. Moría al día siguiente. Dos días despues, el 7 de noviembre de 1929, 'El Imparcial' publicaba la noticia de su fallecimiento con una breve necrológica: "La dolencia que aquejaba hace tiempo al exgobernador del Banco de España don Carlos Vergara y Cailleaux ha tenido un funesto desenlace. Descanse en paz".

La dueña de la guadaña se estaba entrenado para hazañas mayores y decidió acabar de una vez con la extirpe de los Vergara y Cailleaux. El día 24 de noviembre, dieciocho días después, fallecía su hermano Marcelo.  A la semana siguiente, el 30 de noviembre, el hijo adoptivo de Getafe Manuel de Semprún y Pombo; y, finalmente, el 16 de marzo de 1930, moría el otro hijo adoptivo de Getafe y dictador Miguel Primo de Rivera.


IMÁGENES:

♦  Retrato del gobernador del Banco de España Carlos Vergara Cailleaux. Óleo sobre liezo de 131x98 cm. del pinto José Llasera. Colección del Banco de España.

José Llasera Díaz (1882-1943) fue un pintor sevillano de una cierta calidad especializado en retratos, sobre todo femeninos, con la habilidad suficiente para acceder a la clase dirigente tan dispuesta a dejar constancia de su paso por un ministerio u otros estamentos del poder. En otros ministerios, como el de Justicia, hay otros cuadros de este artista.

♦ Fotografía de Carlos Cailleaux vestido de magistrado del Tribunal Supremo.

♦ Billete de 100 pesetas emitido con fecha 1 de julio de 1925. A parece firmado por Carlos Vergara como gobernador del Banco de España. En su parte inferior figura la autoría del grabado a cargo de Bradbury, Wilkinson y Cía. Grabadores. (New Malden, Surrey, Inglaterra).

♦ Monedas de 25 céntimos acuñadas en 1927.

♦ Billete de 100 pesetas emitido con fecha 15 de agosto de 1928. Aparece la firma de Carlos Vergara como Gobernador del Banco de España. El grabado del billete, dedicado a Cervantes, fue realizado por la  misma casa inglesa.

3 de junio de 2014

La verdadera fiesta de los toros en Getafe


El periódico político satírico Fr. Gerundio, en su capillada  [número] 146, describía  una corrida de toros en la plaza del Ayuntamiento de Getafe con motivo de las fiestas patronales en honor a la Virgen de los Ángeles. Era finales de mayo de 1839:

«Me tocó entrar en la plaza por una casa donde había una panadería de tahona: vi el pan preparado para meterle en el horno, y dije para mí acordándome de Jovellanos sin ser Jovellanos: 'he aquí los pueblos de España; pan y novillos'. Subí al gran palco-balcón-galería de las casas consistoriales, y luego que se colocó mi Paternidad entre el Alcalde y el Juez de primera instancia (que, sea dicho entre paréntesis, son dos dignos patriotas) se hizo la señal al timbalero y los clarines, que eran nada menos que tres, más que en la plaza de Madrid; y se dio principio a la corrida. Por supuesto que en esta clase de pueblos y funciones no hay despejo de plaza; al contrario siempre hay toreando por lo menos doscientos hombres libres. Fueron saliendo los novillos, buenos en lo general, bravos y vivarachos; [...]

Todos toreaban a un tiempo, unos con la chaqueta, otros con el pañuelo, otros con una manta vieja, quizá llena también de ganado como las dehesas de Colmenar, otros con el sombrero, otros con el palo que le hacía de bastón, y muchos con el cuerpo a cuerpo y brazo a brazo: hombre había que viéndose apurado por el novillo, se bajaba a descalzarse un zapato para tirársele y entretenerle de algún modo: en uno de estos caso vi con admiración al animal detenerse y contemplar al hombre-novillo como quien le dice: 'mentecato, si yo fuera tan bestia como tú, y no me reconociera dotado por hoy de un alma grande ¿qué sería de ti, y a dónde irías a parar?'. Otro salió (yo le llamaba el símbolo de la afición española) con un brazo malo y sostenido por un pañuelo pendiente del cuello: este hombre debía están tan manco del juicio como del brazo.

No faltaron sin embargo sus porrazos corrientes así como por vía de ejemplo, y por muestra de que sabían darlos para ver si escarmentaban, pero ni por esas. Los únicos que entendían de capear y que nos divertían sin susto fueron un hijo de un Grande de España (de cuyo título no me acuerdo, pero que es menester expresar), y un sobrino de Capita, el banderillero de la plaza de Madrid. El presunto Grande de España y el sobrino del banderillero se conocía que iban de compañeros, y que eran de una misma escuela: se defendía muy bien uno a otro: ambos pueden llegar a ser buenos profesores si lo ejercitan. A veces había derramadas por la plaza tantas prendas de vestuario que si las encontrara un comandante de columna, no necesitaba más para decir al gobierno que el enemigo pronunciado en derrota había abandonado el botín, dejando el campo cubierto de uniformes, armas, y otros efectos de que se aprovecharon sus soldados; y era la chaqueta del Lagarto de Villaverde, y el moquero del tío Pancracio de Carabanchel.

Se acabaron de correr los dieciocho novillos y se hizo una suspensión de hostilidades hasta la tarde. Van-Halen hubiera hecho una estipulación ominosa: al cabo, más fiero es Cabrera que todos los novillos de Getafe juntos y la hizo con él: pero los getafenses hicieron un armisticio tácito. Por la tarde se volvieron a correr dos veces los mismos 18; de modo que entre las dos corridas de la tarde, la de la mañana y los cuatro o seis del aguardiente vinieron a correrse en un día cerca de sesenta novillos. La plaza de Getafe estuvo hecha un anfiteatro en tiempos de Caracalla».

Y así pasó el siglo diecinueve. Toros, toros y, sobre todo, toros. El Museo Universal, en 1863, habla de palos y disputas por culpa de los festejos taurino de Getafe. La fama no decrecía. El periódico La Libertad, en su número de 9 de junio de 1892, publicaba una noticia sobre los festejos: «40 toros se corrieron ayer en Getafe. La fiesta duró todo el día empalmando la corrida de la mañana con la de la tarde, advirtiendo que de madrugada ya se habían corrido varios toros».

La Crónica de los Carabancheles anunciaba en su número de 5 de junio de 1898 [anulada ese día y celebrada el día 14] una corrida benéfica con el fin de allegar más recursos a la suscripción nacional, sin especificar el destino de los fondos, en la que no se había omitido gasto alguno; una infinidad de arcos voltaicos iluminarían la plaza a las nueve de la noche para lidiar dos toros de muerte por los afamados novilleros Mazzantinito y el Chico de la Blusa, con los banderilleros Ramón Dorrego (de Getafe), Antonio García y Gil Rojas; además, se anunciaban picadores, alguaciles y monosabios. Después de muertos los toros se lidiarán doce de capea para los que gusten de bajar al redondel. La presidencia estará a cargo de distinguidas señoritas. La entrada más barata [general] costaba cincuenta céntimos y la más cara [junto a las señoritas, se supone] dos pesetas. Getafe era noticia habitual por los sucesos taurinos; heridos, muertos y altercados que las autoridades locales encubrían o no comunicaban al gobierno civil.

A finales del siglo XIX, el ilustrador getafense Daniel [Urrabieta] Vierge triunfaba en París. Él también ilustró con un cuadro al óleo una corrida de toros, esta vez en la vecina localidad de Pinto, imagen que reproducimos bajo estas líneas. La imagen superior corresponde a una acuarela del artista barcelonés afincado en Getafe Filiberto Montagud que muestra la fiesta de  los toros que se celebraba en Getafe, en la plaza del Ayuntamiento, en el primer cuarto del siglo XX.



***

BIBLIOGRAFÍA E ILUSTRACIONES:

♦ Fr. Gerundio. Periódico satírico de política y costumbres. Capillada 146. 24 de mayo de 1839. Madrid. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Ministerio de Cultura.
♦ Los toros en Getafe. Filiberto Montagud Díaz.  Ilustración inacabada ejecutada con lápiz y acuarela en un pequeño formato. Cedida su reproducción por gentileza de la familia Reverte Montagud.
♦ Corrida de toros en Pinto (Course de taureaux improvisée sur une place publique d’une ville d’Espagne. Óleo sobre madera de Daniel Vierge. Musée d’Orsay. París.

28 de abril de 2014

Toros en el aparcamiento del Hospitallillo



El Gobierno Local de Getafe ha adjudicado las obras de acondicionamiento del solar situado dentro de la manzana de edificios que circunscriben, junto al Hospitalillo de San José, el proyecto que un día —en el imaginario de la especulación ordenada de los gobiernos socialistas, se denominó 'La almendra de oro', 'el corralito del Rubio'; y también La Plaza Mayor de Getafe, un proyecto que durmió durante años en los cuadernos de los empresarios del régimen, codiciosos e insaciables: el exconcejal de Urbanismo Jesús Neira y el constructor José Luis García, al que se sumaron para unir fuerzas, cuando ya era tarde, otros empresarios como Jesús Prieto, el primer alcalde socialista, o los burgaleses José Antolín Toledano, del grupo Antolín, y Jesús Arranz Acinas. El bocado era, para comérselo por compensación, claro, a pesar del farisaico discurso del gobierno social-comunista. 200 viviendas de lujo en el centro de Getafe y 5.000 metros cuadrados de oficinas. Vamos que, ahora, ahora, lo que sobran son oficinas; y lo que falta es vida, además de parné.

Y para arreglarlo, el pasado mes de diciembre, el Ayuntamiento y la empresa mayoritaria y gestora de la Junta de Compensación, Renta Getafe SA, firmaron un convenio para elaborar 'un plan de intervención urbanística' que sea capaz de sacar adelante el proyecto de la Plaza Mayor; además, su desarrollo eliminaría del centro urbano una zona vieja y deteriorada. Gracias al acuerdo, los promotores cobrarán del ayuntamiento una renta anual de 13.000 euros por los 4.1000 metros hasta el 31 de diciembre de 2016.

La idea del actual Gobierno Local es aprovechar el parón inmobiliario para utilizar ese misterioso y recóndito lugar del centro de Getafe para otros usos (ahora, como aparcamiento). Sin embargo, la idea no es nueva.

En el mes de mayo de 1942, el programa de las fiestas de Getafe incluía una corrida de toros en el solar que "había detrás del Hospitalillo". Para prueba está la fotografía que ilustra esta entrada y que nos ha aportado, siempre tan generoso y amable, Don Manuel Fernández, auténtica hemeroteca y memoria viva de las gentes de este pueblo.

Al fondo, a la derecha, se reconocen los contrafuertes de la Iglesia de la Magdalena, ahora ascendida a Catedral. En el centro, asoma sobre el gentío y una casa de la calle Magdalena, la 'Casa del Pueblo'. Sobre los caballos, los señores D. Luis Serrano y D. Miguel Pingarrón; apellidos con enjundia suficiente y tradición secular en la villa para encabezar el cortejo. Desconocemos el nombre de los diestros, aunque la espectación, por la ocupación de las gradas y vallas, era máxima. Desde hacía un par de años, el párroco D. Rafael Pazos Pría, impulsaba unas necesarias obras de mejora y acondicionamiento del templo. Era alcalde Luis Rodríguez Sánchez. Y coronel del regimiento de artillería, la única personalidad que ha sido nombrado dos veces 'Hijo Adoptivo' de la Villa de Getafe: D. José Díaz Varela y Ceanos Vivas.

El coronel José Díaz Varela se acomodó en la sociedad getafense, dispuesto a integrarse en los actos protocolarios y en las peticiones de las diversas instituciones políticas y religiosas. El 21 de noviembre de 1941, algunos meses antes de la fotografía, el pleno del Ayuntamiento acordó nombrarle por primera vez 'Hijo Adoptivo de Getafe' y dedicarle una calle con su nombre. Y así se hizo. El militar, al conocer el acuerdo unánime de la Corporación, rechazó la distinción intentando que se anulase el acuerdo. Lo cierto es que el tema quedó en suspenso empezando a cubrirse de telarañas. El alcalde, Luis Rodríguez, no fue capaz de conseguir la aceptación del militar.

Dos años y algunos meses más tarde, en mayo de 1944, tras ascender a general, el ayuntamiento presidido por Juan Vergara Butragueño, retomó el asunto. Se le volvió a nombrar 'Hijo Adoptivo' y se encargó un bastón de mando con el escudo del municipio esmaltado. Juan Vergara consiguió, por fin, la aceptación de las distinciones del nuevo general en un acto que "se celebró con gran brillantez en un remozado salón de plenos del Ayuntamiento". Así era —gracias a la burocracia y el peloteo— dos veces 'Hijo Adoptivo'. El militar adoptado llegó a General de División y falleció en Madrid el 31 de octubre de 1980, a la edad de 93 años. El político que se anotara el éxito del nombramiento del militar, Juan Vergara Butragueño, al que ya hemos nombrado alguna vez en este blog, ha sido edil que más tiempo ha aguantado en el cargo si exceptuamos a Pedro Castro; desde 1943 hasta 1964. Eso sí, hay que precisarlo, con la diferencia que Vergara se mantuvo 'a dedo' y el 'campeón', renovando la confianza de los vecinos, elección tras elección. Juan Vergara falleció en Alicante el 14 de mayo de 1994, aunque sus restos se trasladaron al cementerio de Getafe.

Entre los méritos de José Díaz Varela para este curioso reconocimiento social estaba, lógicamente, ser un militar de los más 'influyentes' del nuevo régimen. Su hermano, Carlos Díaz Varela y Ceano-Vivas, también tenía relación con Getafe. En el año 1933, con la llegada al gobierno de la República de  Alejandro Lerroux, el Coronel del Regimiento de Artillería, César Blanco Sasera, fue destituido, siendo designado como comandante Carlos Díaz Varela y Ceano-Vivas. Ejerció el mando del regimiento getafense durante el llamado [por las izquierdas]  'bienio negro'. En el año 1935 dejó Getafe.

El General  Francisco Franco, tras ser destinado a Canarias como comandante militar, llegó a bordo del barco "Dómine", propiedad de la compañía Transmediterránea. A las islas llegó acompañado de sus dos ayudantes de campo, su primo y teniente coronel de Infantería, Francisco Franco Salgado de Araujo, y del teniente coronel de Artillería Carlos Díaz Varela y Ceano-Vivas.

11 de abril de 2014

Todo es mudanza



Todo es mudanza,
todo se mueve
salvo los versos de Zamrak
esculpidos en el yeso de las paredes
de la Alhambra.

Todo cambia, 
los árboles se agitan
con la fresca brisa; 
el agua borbotea
con el rumor de la tarde, 
se esconde, salta, chorrea
con su eterno murmullo,
deslizándose sin prisa
y mojando los versos de Zamrak
esculpidos sobre el mármol.

Todo es mudanza, 
todo se mueve con ligereza 
como la traición del elegido 
que llega con pasos quedos. 
Y se va con aspereza.
Transparente y acuosa
 la sangre de los Abencerrajes 
corre hacia el fondo
mezclada  con  el alma de la fuente.

Todo  es mudanza:
la amistad, los besos de juventud, 
las risas, la  belleza: 
pura acechanza 
de un pasado fugaz:
poemas escritos en la arena 
de una playa lejana.

Todo se mueve
todo cambia
como el ave que planea
y el viento mece 
sobre la  muralla roja.

Todo es mudanza
al final de los siglos
como el trazado del camino
el lustre de la piedra
que cubre los palacios
el barranco, el curso del río, 
y hasta el verde de la hiedra
se vuelve seco y amarillo;
todo se pierde y muta
salvo la memoria del poeta
.
Los cipreses agitan su punta
contra el viento de la sierra
cimbreándose
como flechas lanzadas por el altísimo
clavadas en el jardín.

Las flores corren hacia la noche.
El agua huye por las acequias 
en un viaje eterno.
Y hasta las sombras de los granados
caminan contra el sol.





31 de diciembre de 2013

El calendario


Hoy, a punto de acabar el año,
—uno más—, he mirado el cuadernillo
con los días por venir.
Y he sentido un escalofrío.

Una sucesión de hojas en blanco,
solo con la fecha,
expectantes de un mañana ignoto,
pendientes, vertiginosamente vacías.
Ocupando turno para ser colmadas
con lo que pasará.
Esperando el futuro.

¿Qué nos depararán los nuevos días?
¿Qué afanes ocuparán las semanas y los meses?
Una a una,
cada una de las jornadas se llenará,
alegre de colorines,
de citas, garabatos, cuentas, dibujos, caricaturas, incluso poemas;
y asuntos siempre pendientes,
especulaciones,
que pasan de un mes a otro, de un año al siguiente,
en ayuda de la quebradiza memoria.

Casi, sin darnos cuenta, caducará de nuevo el calendario.
Raudo, fugaz. Sin contemplaciones.
Y nos alegraremos brindando por la oportunidad
de tener otro cuadernillo que rellenar.

Aunque en el fondo resuena la negrura y el miedo:
¿Cual será el día, la página, en  el que nada se escribirá?
Ni en los sucesivos.
¿Cuál la jornada sin objetivos ni resultados?
la última en afanes;
la primera en blanco;
el final.