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30 de septiembre de 2012

Daniel Vierge, el príncipe de la ilustración. 2



[.../...] El triunfo de uno de Getafe en París. 1

Edmond de Goncourt (1822-1896) escribió sobre la recuperación del artista getafense: «En el naufragio de su cerebro ha quedado una célula intacta: la célula del dibujo. No sabe leer, no sabe escribir, de tal modo, que para firmar una obra tiene que copiar trazo a trazo la firma de su dibujo antiguo, y, sin embargo, ¡Oh prodigio! Con la mano izquierda dibuja con igual facilidad y perfección que antaño...! ¡Qué desgracia, esta muerte de la mitad de él mismo y, ciertamente, de algo de su talento, cuando iba a hacer su tan bello, tan original, tan español Don Quijote...!

Su vida parece el argumento de un drama. Al poco de recuperar su actividad artística falleció su compañera Clara, que tanto le había ayudado en su convalecencia. Pero lejos de la oscuridad y de la tragedia, la obra que surge de la mano izquierda de Vierge adquiere nuevos y poderosos matices, una luminosidad especial, más delicada si cabe, superando los portentosos dibujos de su etapa anterior. Si con la mano derecha había alcanzado el éxito con la ilustración de El gran tacaño, de Quevedo, sería su mano izquierda la encargada de alcanzar la gloria tras ilustrar la obra maestra de Miguel de Cervantes, D. Quijote de la Mancha.


Daniel Vierge y el Quijote

Si hay que destacar un trabajo de Daniel Vierge, ese es –sin duda– la ilustración del Quijote. Desde niño había visto a su padre dando forma con el lápiz y el buril a las calenturientas aventuras del universal hidalgo de la Mancha para distintos libros y revistas. En 1893, tras la muerte de su segundo hijo, Daniel Vierge realizó un viaje a España para realizar una serie de dibujos sobre los paisajes del Quijote que la editorial Charles Scribner’s Sons le había encargado para el libro de Auguste F. Jacacci, On the trail of Don Quijote (Nueva York, 1896). En Francia, la obra vería la luz en 1901 bajo el título Au pays de Don Quichotte. Souvenirs rapportés par… Auguste F. Jaccaci. Este viaje le permitió regresar a Getafe y visitar a su madre.

Tres años después, en el otoño de 1896, Daniel Vierge regresó a Getafe. Durante un mes recorrió los paisajes de la obra cervantina con el pintor manchego Carlos Vázquez Úbeda (1869-1944). Los dos viajeros rebuscaron, de posada en posada, de camino en camino, pasando casi las misma penurias que el Hidalgo por el imaginario de Cervantes: la Mancha estéril, la cueva de Montesinos, Argamasilla de Alba, la mazmorra donde tuvieron preso al autor del Quijote, los batanes ya en desuso, los campos de Montiel, Villanueva de los Infantes, Santa Elena, Valdepeñas y su Venta de Cárdenas, Alcázar de San Juan, Campo de Criptana, Almodóvar del Campo, el divino Toboso y los campanarios, las ventanas enrejadas, las hosterías y las gentas de Sierra Morena con sus cielos tempestuosos, sus rocas cegadas por el sol, sus terrenos agrietados, los barbechos, sus horizontes de azul sombrío... «Por estos caminos y pueblos que recorrimos -escribe Carlos Vázquez-, encontramos tipos que nos recordaban constantemente los personajes del libro, pero de ellos el que más abundaba era el de Sancho Panza».

En los quince días siguientes, antes de regresar a París, Carlos Vázquez se acercó a Toledo con el objetivo de arreglar algunos asuntos particulares. Daniel se encerró en la casa familiar de Getafe dibujando de manera frenética 257 dibujos, esbozos y apuntes, de los 262 que entregaría a la editorial. El testigo más cercano durante esos días, el propio Carlos Vázquez, prologuista de la edición ilustrada del Quijote que publicó Salvat en 1930, lo relata así: «se trasladó hasta Getafe, lugar de nacimiento de Urrabieta, donde se detuvo unos días al lado de su madre». El pintor manchego se encontró a su regreso con una sorpresa inesperada que será mejor conocer con las mismas palabras del asombrado y perplejo artista: «Durante nuestro viaje, no hizo Urrabieta -afirma Carlos Vázquez- ningún dibujo ni tomó apuntes. Cuando volví a Getafe, para regresar juntos a París, me encontré que había llenado tres álbumes, todos ellos con dibujos de los parajes que acabábamos de recorrer. ¡Nadie hubiese dicho que no estaban tomados del natural! ¡Qué carácter tenía todo y qué exactitud de lugar!»

Daniel Vierge no vería la obra impresa. El artista estaba considerado, aún en vida, como el padre de la ilustración moderna. En 1889 fue nombrado Caballero de la Legión de Honor francesa y consiguió la Medalla de Oro en la Exposición de Bellas Artes de París con el dibujo titulado «El Viático en Madrid» . El 5 de diciembre de ese año, un centenar de personas, sobre todo escritores, artistas y pintores, se congregaron en el Auberge des Adrets de París en un banquete de homenaje al artista getafense. Al finalizar la comida, tras un gran esfuerzo, apenas pudo expresar sus sentimientos y balbucear una sola palabra: «Merci».

Daniel Vierge, hemipléjico, había conseguido recuperarse de su parálisis activando su lado izquierdo y del fallecimiento de la que fue su gran compañera y amante, Clara [?]. Tras esta pérdida, Daniel Vierge se casó –por fin– de manera legal, abandonando la «irregularidad» del amor libre. De su matrimonio tuvo dos hijos. No pudo recuperarse, después de tantas tragedias, de la muerte de su madre que se produjo en su casita de París el 2 de abril de 1904. Su corazón se rompió definitivamente. El 12 de mayo de 1904, apenas un mes de la muerte de Juana Vierge, la mitad de su cuerpo que aún se movía dejó de funcionar. Daniel Vierge falleció en el pueblecito de Bologne sur Seine, cercano a París, hoy Bologne-Billancourt, uno de los distritos de la capital francesa. De su último matrimonio, sobrevivió uno de sus dos hijos, «artista también de condiciones personales que le abrían un porvenir seguro».

Dos años después de su muerte, en 1906. La editorial Charles Scribner’s Sons de Nueva York publicó en cuatro volúmenes La historia del valeroso e ingenioso caballero andante, D. Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, con una tirada de 1.150 ejemplares. Los pocos ejemplares de esa edición disponibles alcanzan en las librerías especializadas precios de venta superiores a los 2.500 euros. En España fue editado en 1916 y en 1930 por Salvat, dejando mucho que desear por la escasa calidad de las reproducciones de los grabados, aunque la segunda cuenta con el aliciente del prólogo escrito por su compañero de correrías, Carlos Vázquez.

Su hermano, Samuel Urrabieta Vierge, también fue un destacado dibujante –sobre todo de escenas costumbristas madrileñas– que, al igual que su padre, colaboró en la Ilustración Española y Americana. La hermana de ambos, Dolores, también destacó como pintora aunque no hemos sido capaces de localizar ninguna de sus obras; en 1919 publicó una versión del libro «Lecciones de francés al uso de los españoles».

La obra de Daniel Vierge, prácticamente desconocida y olvidada en España, –y más aún en Getafe, su pueblo natal– está desperdigada por el museo del Louvre, el Museo de Orsay y el Museo Carnavalet en París, el Museo de Bellas Artes de Ginebra, la Nationale Gallery de Melbourne, etc… En el año 2005, coincidiendo con el centenario del Quijote, tuvo lugar una gran exposición con los dibujos de Daniel Vierge, organizada por el Ayuntamiento de Madrid, así como una edición conmemorativa de El Quijote. Habremos de acabar, sin embargo, con algo parecido a lo que escribiera Dionisio Pérez en su opúsculo «Daniel Vierge, el renovador y el príncipe de la ilustración», transformado su deseo de renacionalizar la obra de Vierge en algo más modesto dentro del ámbito local que nos ocupa: ¿Dónde hay hombres que quieran contribuir a difundir la figura y la obra prodigiosa del getafense Daniel Vierge? ¿No merece, siquiera, el pequeño [y barato] homenaje de asignar su nombre a una calle en el barrio de Los Molinos?

29 de septiembre de 2012

El triunfo de uno de Getafe en París. 1


Daniel [Urrabieta] Vierge nació el 5 de marzo de 1851 en Getafe, aunque sus padres, Vicente Urrabieta Ortiz y Juana Vierge de la Vega, le inscribieron y bautizaron en la iglesia de San Sebastián, en Madrid, en la que ambos habían contraído matrimonio el 6 de junio de 1845, cuando tenían 22 y 20 años respectivamente. Habían dicho [y así consta en los archivos del templo], seguramente para incluir al niño en la circunscripción de la parroquia, que había nacido en la cercana calle de Huertas. Una pequeña mentira que no les privaría del cielo, sino que, al contrario, les acercaba uno de los más ilustres parnasos de poetas, músicos y pintores madrileños. En esa iglesia se habían bautizado insignes escritores, músicos o pintores como Ramón de la Cruz, Fernández de Moratín, Barbieri o Luis Madrazo y se habían oficiado los funerales por Lope de Vega el «Fénix de los Ingenios» [cuyos restos reposan allí] y del «Príncipe» de los mismos, D. Miguel de Cervantes y Saavedra. En la calle Huertas hay una placa «recordando» que allí nació el ilustre dibujante Daniel Urrabieta Vierge y aunque conste así, en documentos eclesiásticos, creemos que hay que anotar el dato de la primera fuente en importancia, en este caso, el propio artista. Daniel Vierge nació en Getafe. La ciudad de Madrid sí le ha dedicado una calle.

El padre de Daniel, Vicente Urrabieta Ortiz (1823-1879), fue uno de los ilustradores españoles más importantes del siglo XIX. Buen dibujante y mejor litógrafo, nació en Bilbao en 1823. Trabajó con frecuencia para la Ilustración Española y Americana y para otras revistas gráficas como El Museo pintoresco, de Mesonero Romanos, Museo de las familias, etcétera.

La madre de Daniel, Juana Vierge de la Vega, había nacido en 1825 fruto del matrimonio [1818] de Leonardo Bierge y María de la Vega. El abuelo Leonardo, nacido en Lyon, llegó a España como ordenanza o asistente personal de Joseph Leopold Sigisbert Hugo, general de las tropas napoleónicas que invadieron España y padre del gran Víctor Hugo. Leonardo estuvo encargado, entre otras cosas, del cuidado del niño que en un futuro se convertiría en la más grande, entre las estrellas rutilantes literarias de la Francia de finales del siglo XIX. Leonardo se había españolizado con normalidad, de tal manera que decidió abandonar su carrera militar. Fracasado el «reinado» liberal de José Bonaparte, el rey Plazuelas, mote otorgado por los madrileños por la obsesión que le sobrevino de urbanizar el ruin, estrecho y pestilente Madrid, o Pepe Botella, por su afición al trinque, la turba gabacha tuvo que afrontar el regreso a Francia. Leonardo Bierge se licenció y dejó marchar a sus heroicos camaradas de armas. Se despidió de su general; el amor de una española, María de la Vega, lo retenía en Madrid. El apellido del abuelo, Bierge, se transformó en la siguiente generación en Vierge.

Vicente Urrabieta Ortiz y Juana Vierge de la Vega se trasladaron a vivir al cercano Getafe, donde nacieron sus tres hijos, dos varones y una hembra. Posiblemente, el traslado del matrimonio a Getafe se debió a que la familia de Juana ya disponía de una casa en este lugar próximo a Madrid donde, además, había una pequeña colonia de compatriotas franceses que, tras años de permanencia y convivencia, rehicieron sus vidas quedándose definitivamente en España. En el seno familiar convivían sin dificultad la cultura francesa y la castellana. Es probable que Juana Vierge fuera cantante, o simplemente aficionada a la ópera, pasión que intentó transmitir sin éxito a sus hijos. Los tres vástagos del matrimonio habían aprendido a dibujar antes que a leer y a escribir, aunque con el paso del tiempo utilizarían con soltura la lengua de Víctor Hugo y la de Miguel de Cervantes.

Los rapaces se criaron entre las canciones afrancesadas de la madre, evocadoras de la patria del abuelo, el paisaje rural casi manchego de Getafe y los grabados y cuadros de Goya y Velázquez que Vicente Urrabieta reproducía con el buril. Daniel mostraba una precocidad sorprendente. A los cuatro años, «dibujaba con precisión, imitando al padre, y cantaba con voz deliciosa y acordado tono».

Con doce años, en 1863, inició estudios de canto en el Conservatorio de Música –por deseo de su madre– y de pintura –estimulado por su padre– en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Al poco tiempo, Daniel abandonó definitivamente el solfeo por las bellas artes, asistiendo a las clases de Federico Madrazo y de Carlos de Haes. Su hermano Samuel también se decidió por la vocación del padre: la pintura y la ilustración. La hija del matrimonio, Dolores, aunque estuvo interesada por el dibujo, no alcanzó la fama de sus hermanos, realizando traducciones y adaptaciones de libros franceses. La familia seguía puntualmente las noticias de los éxitos literarios de Víctor Hugo gracias a las revistas literarias y de actualidad que Vicente Urrabieta traía de la villa y corte a su casa de Getafe.


El padre de Daniel [de Samuel y de Lola] era un buen dibujante y mejor litógrafo. En 1876, tres años antes de fallecer, Vicente Urrabieta, realizó algunas obras relacionas con Getafe. Hay que destacar el grabado alegórico de la Virgen de los Ángeles en el que se observa la Verdadera efigie de la milagrosa imagen de la Virgen de los Ángeles, a medio camino entre la ermita del Cerro y la iglesia de la Magdalena rodeada de una cohorte de angelillos que la acompañan y otros que tiran de la carroza. La piedra caliza pulimentada que utilizó en el proceso de dibujo e impresión es hoy uno de los tesoros artísticos que custodia la Real e Ilustre Congregación de la Virgen de los Ángeles. El 30 de agosto de ese año, La Ilustración Española y Americana publicaba un grabado titulado: «Getafe: Sacristía de la parroquial de Santa María Magdalena después de una solemne función religiosa, dibujo al natural por Vicente Urrabieta». Es probable que la función religiosa a la que se refiere fuera la celebrada el día 22 de julio, festividad de la patrona de Getafe, Santa María Magdalena. La Virgen de los Ángeles no fue elevada a la categoría de patrona hasta el año 1955. Fue el 8 de diciembre de ese año cuando el obispo de Madrid, Leopoldo Eijo Garay, la proclamó Patrona del Partido Judicial de Getafe. Así sigue siendo patrona de pueblos como Leganés, Parla, Pinto, Valdemoro o los Torrejones.


Además de las publicaciones periódicas en las que colaboraba, también ilustró y colaboró en la edición de libros, cosas del destino, como El Quijote de Gaspar y Roig que vio la luz el mismo año [1851] en que nació Daniel. En 1868 volvió a ilustrar otra edición de la obra maestra de Cervantes, la de Urbano Manini. Y lo volvió a hacer al año siguiente, en 1869, para una edición de Ramón Pujal. En 1873 realizó una deliciosa serie de viñetas que verían la luz en El Quijote para niños, publicado por la imprenta de Fermín Martínez García.


El primer reportero gráfico de guerra



A finales de 1869, con una España inmersa en una profunda crisis política y económica, la familia Urrabieta-Vierge se trasladó a Paris en busca de nuevos horizontes. Sin embargo Europa y Francia estaban tan revueltas como España, o más. Si en España eran las eternas guerras carlistas y la revolución del 68 [La Gloriosa] lo que provocaba inestabilidad y pobreza, en Francia era la necesidad de renacer como «imperio». La guerra contra Prusia y la pequeña revuelta de la comuna de París en 1871 son las razones que motivaron el regreso de casi toda la familia a la casa de Getafe. Daniel intuía que su futuro estaba ligado a la patria de su abuelo Leonardo; no abandonaría aquella ciudad, escenario impresionante y plagado de oportunidades para un joven resuelto y ambicioso. Era un hombre nuevo. Desde su llegada a París, había eliminado el apellido paterno de su firma, con la idea clara de evitar la confusión de las dos trayectorias artísticas. Una buena, pero antigua, y la suya, de momento nueva... Será para siempre Daniel Vierge, nombre con el que es conocido universalmente. En la capital francesa, y en la misma época, conviven una cantidad extraordinaria de artistas de fama universal: Víctor Hugo (1802-1885), Emile Zola (1840-1902), Èdouard Manet (1832-1883), Claude Monet (1840-1926), Gustavo Doré (1832-1883), Van Gogh (1853-1890), Gauguin (1848-1903), Cezanne (1839-1906), un jovencísimo Tolouse-Lautrec (1864-1901) y muchos más. Menuda aglomeración de genios. El mundo del arte vivía junto al Sena. París era un hervidero de poetas, novelistas, periodistas, pintores, ilustradores, grabadores y otros artistas. Y había que ser realmente bueno para salir adelante, destacar y pervivir.

Sin embargo, era eso, precisamente eso, la competencia, la diversidad y el abigarramiento cultural de París lo que más estimulaba al joven Daniel Vierge. Los grandes acontecimientos que convulsionaban la nación, la guerra franco-prusiana y la Comuna de París son seguidos atentamente por Daniel, que rápidamente se hizo un hueco en la redacción de la revista Le Monde Illustré. Sus dibujos plasman la realidad de una manera muy personal. Las ilustraciones de la guerra que había empezado Napoleón III contra los prusianos significaron, además del éxito personal del artista getafense, el inicio de una manera nueva de enfocar la información gráfica. El periodismo evolucionaba. El público no se fiaba de la reconstrucción de los sucesos, de la «imaginación» de los artistas; se exigían imágenes veraces, que reprodujeran la actualidad, que no la inventaran ni la soñaran; imágenes como complemento fundamental de los textos que se escribían, no accesorias o decorativas. Los lectores pedían que las noticias se ilustraran con imágenes reales. Hacían falta artistas jóvenes que no tuvieran miedo a las balas. Había nacido una profesión: reportero gráfico de guerra. Daniel empezó a ganar reputación, prestigio y dinero.

Alguna biografía asegura que fue hecho prisionero por los alemanes durante esa campaña militar. Se trata, sin embargo, de una noticia falsa, de un suceso deformado, desgastado, por la retransmisión y repetición por vía oral, el oigo y cuento, –un hecho acaso parecido ligeramente a la verdad–, un simple chascarrillo convertido en mito por el creciente prestigio de su protagonista. La realidad es que Daniel Vierge fue detenido por una patrulla ciudadana en los primeros días de la instauración del autogobierno de la Comuna de París, allá por el mes de marzo de 1871. La anécdota, propia de una comedia de enredo de Molière, trascendió por el relato que el propio Daniel Vierge hizo a sus compañeros de la redacción de Le Monde Illustrè.


Tras la derrota de las tropas imperiales de Napoleón III, la capital francesa estaba conmocionada ante el avance de las tropas prusianas y la insurrección popular que se produjo. Las calles eran escenario de permanentes algaradas. Las barricadas se extendían a todos los barrios. Las peleas y disputas armadas entre los «comunistas» y los «versallistas» eran habituales. Daniel Vierge es testigo de excepción de los sucesos. Oleadas de gentes diversas, de ciudadanos, de mujeres, de viejos y niños, de jóvenes, corren de un lado para otro, posan ante sus ojos armados de viejos mosquetones con las bayonetas caladas, vocean, agitan banderas y entonan cánticos patrióticos y de solidaridad internacional. La Marsellesa y La Internacional se funden en las calles de París.

«C’est la lutte finale: 
 groupons-nous, et demain,
l’Internationale 
sera le genre humain.
Debout! les damnés de la terre!
Debout! les forçats de la faim!
La raison tonne en son cratère:
c’est l’éruption de la fin».

Es la canción de moda entre los revolucionarios que había escrito Eugène Poittier, uno de los más prestigiosos representantes electos de la comuna. Por todos lados asomaban, y se cruzaban, grupitos de anarquistas, socialistas, blanquistas y jacobinos; un cuadro intenso, un remolino de colores, de movimiento, un arrebato de personas. Vierge dibujaba lo más rápido que podía trazar su mano derecha, sediento de detalles, de momentos fugaces, de poses atrevidas, de aglomeraciones que se deshacían con la misma presteza que se producían. Uno de los primeros días de la rebelión, una patrulla de la Comuna le detuvo y le requisó el álbum y los lápices. Los revolucionarios le increparon:

–Espion à le solde de Versailles, eh!
Daniel, en su francés de suave acento español y una confianza ilimitada en la fama adquirida y su prestigio periodístico, respondió:
–J’ai souis Vierge! J’ai vous dis que j’ai souis Vierge.
La palabra que repetía el joven dibujante, su apellido, significa como en español que no había tenido ninguna experiencia sexual. Los ciudadanos insurrectos, entre carcajadas y gestos obscenos, le respondían:
–Ça nous es égal que tu sois vierge; la questión n’est pas là. Tu t’expliqueras à la Prefecture de pólice.

Y a la Prefectura de policía fue a parar. De allí salió gracias a la intercesión de sus compañeros de redacción. Tras el incidente, conocida ya por todos su «virginidad», se entregó con ardor a dibujar y a informar de la revolución, del cerco de París, de la entrada del ejército de Bismarck en la capital francesa, de las negociaciones de Versalles y del fin de la Comuna, que reflejó de manera magistral en «Agonía de la Comuna...» (imagen inmediatamente superior), instantánea publicada por Le Monde Illustré el 27 de mayo de 1871 que resume y realza la violencia del combate entre los bandos contendientes, ilustrando de manera ágil lo que pasaba en la calle sin echar de menos la fotografía; la «última batalla» se libraba sobre el cementerio de un país, un camposanto de París lleno de cadáveres amontonados, caídos entre las lápidas, sobre las tumbas, sobre otros muertos y personajes a punto de morir. Cuando llegó la paz, Vierge era el dibujante con más prestigio de Francia. Ya no eran los lectores de los periódicos los que se interesaban por él: eran los grandes pintores y literatos quienes querían conocer a «este observador visionario, descendiente de Velázquez, metido a periodista», según la frase del su contemporáneo, el periodista [novelista, crítico de arte e historiador], Gustave Geffroy.


Entre el 4 de mayo de 1872 yel 11 de marzo de 1876 cubrió desde la redacción de Le Monde Illustré la tercera guera carlista con la publicación de cincuenta y cuatro ilustraciones (50 xilografías y 4 fotomecánicas) basadas en fotografías y en croquis con «todo el esplendor de las grandes ocasiones y el movimiento de las batallas». En el grabado superior [colección particular], las tropas del General Martínez Campos entran triunfantes en Bilbao.


La mano derecha y la izquierda

Al término de la guerra franco prusiana, regresó a la patria Victor Hugo, coronado con la aureola del profeta que había predicho el porvenir, «dijérase que regresó de la expatriación como si fuera un dios; cuanto tocaba su mano quedaba consagrado». Daniel Vierge visitó la casa del escritor. Hablaron de la relación del general Hugo y de su abuelo. Eran curiosidades y coincidencias familiares. Hablando del presente, del acontecer diario, Víctor Hugo le confesó a Daniel Vierge que se había conmovido muchas veces con sus dibujos.

En una de las publicaciones de la época se decía de él, dando la razón al gran escritor francés, que «es un gran dibujante que amalgama lo patético y lo gracioso con una delicadeza admirable». El día que un editor propuso a Víctor Hugo hacer una edición de lujo de L’Année Terrible [poemas sobre el Año Terrible de Francia, 1871], el poeta incluyó como condición que la ilustrara Daniel Vierge. Las reseñas de los críticos no se hicieron esperar. Daniel Vierge es más humano, más servidor de la verdad, más artista, más sincero [que Gustavo Doré]; es «Durero que ha resucitado», proclamaba un plumilla en el periódico Le Temps. Víctor Hugo le pide nuevos dibujos para otros libros (L’homme qui rit, Les travailleurs de la mer y Quatre vingt-treize).

El 26 de diciembre de 1879 murió su padre Vicente Urrabieta, en París a donde había vuelto otra vez. En el verano de 1881, un grupo de artistas jóvenes propuso hacer un homenaje popular para enaltecer y elevar a los altares de la gloria nacional a Víctor Hugo, el personaje del siglo. Daniel Vierge cubrió para Le Monde Illustré la jornada de consideración al escritor galo que, además, le había consagrado con su elección. Desfiles, manifestaciones populares frente a la casa del poeta, obsequios, agrupaciones con banderas y estandartes, música, fuegos artificiales y cortejos fastuosos. A media noche, al llegar a su estudio, se puso a dibujar. Era su forma de trabajar. Tomar «instantáneas» por el día y fijarlas al papel mediante una consumada técnica de lápiz, plumilla, tinta china y aguadas a base de pincel por las noches. No se sabe si cayó rendido por el sueño y el cansancio o por la ansiedad que provoca la pasión, la intensidad y la emoción de un día histórico. Pero aquel rayo le tumbó. Su compañera descubrió que el ictus cerebral le había paralizado la mitad derecha de su cuerpo, dejando yerta la mano derecha, inerte la pierna, sin habla, sin memoria, «hundida en sombras su inteligencia». Bárbaro y oscuro destino de un artista de la luz. Los médicos se mostraron pesimistas; le concedían un diagnóstico terrible: era la mitad de la funesta apoplejía. El golpe era tan solo era un anticipo de la muerte. El mismo día que Francia rendía pleitesía al gran Víctor Hugo. Una muerte terrible.


El organismo de Daniel Vierge mantuvo, no obstante, una fuerza de voluntad inquebrantable. No se rindió al reconocer la mitad de su cuerpo como un guiñapo. Había olvidado todo menos su arte. Le quedaba su mirada y su obstinación; su mano izquierda y su amor por el arte. Poco a poco recobró la memoria. Y empezó a balbucear como los niños. Paciencia y perseverancia. Con la derecha no podía y con la izquierda no sabía escribir ni dibujar. Sería una tarea muy dura. Sin embargo se empeñó en adiestrar la mano del corazón para volver a trabajar. Son dos, tres años, de una lucha titánica, de una tenacidad sin límites. Un día, cuatro años después, hemipléjico, casi mudo y arrastrando su pierna derecha se presentó de nuevo en la redacción de Le Monde Illustré para enseñar sus trabajos más recientes. La expectación era máxima. El artista había ido acompañado de su inseparable compañera Clara que le ayudó a descubrir las carpetas de donde surgían nuevos y maravillosos dibujos. La sorpresa y la consternación dejaron paso a la fascinación y a la celebración por el regreso de Daniel Vierge al mundo de los [grandes artistas] vivos.

CONTINÚA [.../...]  Daniel Vierge, el príncipe de la ilustración

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Fragmento del libro Getafe Capital del Sur, 2009-2012. Crónica de un viaje al ayer.

28 de septiembre de 2012

El gigante Caraculiambro y Los Molinos


El arquitecto encajó el proyecto en la cuadrícula que había trazado el planificador urbanístico sin problema aparente alguno; al menos, en lo que se refería a las dimensiones del edificio destinado a viviendas protegidas. Las obras de urbanización se eternizaban, llenas de zanjas, pozos y socavones, se difuminaban sin la vestimenta de las aceras y la delimitación de los bordillos, enfangadas a causa del agua que no cesaba de caer sobre el último de los ensanches de Getafe. Los Molinos, un desarrollo urbanístico con reminiscencias manchegas y quijotescas, eran el cuento de nunca acabar. Y como es normal, o frecuente, las fachadas de ese rectángulo, casi perfecto sobre los planos, matemáticamente exacto, se asomaban con una cierta imperfección y aproximación a los cuatro puntos cardinales. Tal vez por primera vez, y sin que fuera premeditado, sino fruto de la casualidad, la mayoría de los habitáculos tendrían la orientación óptima con los estares al sur; las aristas resultantes del rectángulo, justas sobre el papel, ofrecían insinuantes sus bordes reales, sobre la cota cero predefinida, a las calles que inicialmente habían sido enumeradas y catalogadas por ingenieros civiles sobre los enormes planos con nombres tan enigmáticos como A2, P4, C17 o ZV8.

Tan pronto como empezó el contratista a subir la estructura de hormigón, a base de pilares y forjados, a colocar ladrillos y a prever como real, no como hipotético o contractual, un plazo razonable de ejecución de las obras en 22 meses, surgió una de las primeras incógnitas, apenas importante durante los trabajos, pero finalmente necesaria: el nombre definitivo de la calle, y el número de policía, por donde tendría su entrada principal el edificio; dato inexcusable para contratar los servicios y acometidas, para la recepción del correo o, solo sea, para indicar a los familiares y amigos la nueva dirección postal. Y así se solicitó a la sección o departamento municipal correspondiente.

El par de funcionarios encargados de proponer el nombre de las calles a la Comisión Municipal de Denominaciones Viarias, con mayoría absoluta de ediles adscritos al gobierno de coalición de la izquierda local, había hecho un gran derroche de ingenio y había propuesto con la suficiente antelación el nombre definitivo de las calles de la nueva barriada. Para contrarrestar la fuerte impregnación ideológica que habían derramado en los nombres de las vías, avenidas, calles y paseos de Buenavista, se pretendió en Los Molinos, –al norte del casco urbano– dar cuenta de la cultura, el ingenio [nunca mejor dicho] y el humor de los dos grandes denominadores comunes, Morajudo y Jerez, rebuscando en la obra Don Miguel de Cervantes. Y era lógica su elección, por aquello del nombre del paraje rústico: Los Molinos, un enclave situado entre dos grandes carreteras, una vía férrea y un polígono industrial que ofrecía aún el antiguo paisaje de campos sembrados de avena y trigo, huertas y granjas.

Y así, como chatarreros de la palabra, eligieron títulos de algunas obras de las obras del Príncipe de los ingenios, libros de otros autores, objetos, personajes y lugares que aparecen en el Quijote con los que dar cuenta al mundo entero de su erudición y denominar las calles del último gran desarrollo urbanístico de vivienda protegida de la Comunidad de Madrid. Los dos fenómenos del iluminado callejero de Getafe, cambiaron las aes seguidas de su número del ingeniero, por Avenida del Caballero de la Triste Figura, de Sancho Panza o de Rocinante; las calles peatonales y las normales por nombres tan sugerentes como Jarifa, Laberinto del Amor, Placer de mi vida o Bálsamo de Fierabrás. ¡Qué ingenio y qué derroche de conocimiento! Seguro que los ediles de la Comisión Municipal que aprobarían el callejero previamente al Pleno de la Corporación no recordaban [tal vez porque no lo habían leído] esos nombre y palabras entresacadas, con tenazas y fino tenedor cangrejero, de la obra de Cervantes. No es que no tuvieran idea de qué cuernos era eso de La Colodra, qué utilidad principal tenía el Yelmo de Mambrino o en qué lugar de la anatomía femenina se exhibía la Albanega. No; ni siquiera se habían percatado de las sutilezas y del juego a que no sabéis de los denominadores cuando a una misma calle o avenida le asignaron dos nombres que corresponden al mismo personaje; la Avenida de Aldonza Lorenzo continúa en línea recta –como si fuera otra distinta – con la Avenida Dulcinea del Toboso; la del Ingenioso Hidalgo, al cruzarse con la dama del Ingenioso, cambia de nombre y pasa a llamarse del Caballero de la Triste Figura. Otros personajes y lugares que nacían en el callejero de Getafe eran La Maritornes, moza asturiana que sirve comidas, o Pedro de Urdemales [urdemalas o malasartes], personaje del folclore popular que Cervantes popularizó en su libro Ocho comedias y ocho entremeses nuevos (1615).

A los ediles –sobre todo a los que habían aprobado la ESO– sí les sonaba que algunas de las nuevas calles no tenían relación con Los Molinos, ni con el Quijote. Eran otras novelas, ejemplares o bizantinas, entremeses y comedias de cautivos como La Galatea, El licenciado Vidriera, La Gitanilla, Rinconete y Cortadillo, El Trato de Argel, La Guarda Cuidadosa, Viaje del Parnaso, o [los trabajos de] Persiles y Segismunda, personajes de la última novela de Cervantes a la que los denominadores, o google maps, por su cuenta y riesgo, en concordancia –suponemos– con el creciente paro y la reforma laboral eliminaron sus empleos. También se menciona la más famosa de las novelas de caballería, Amadís de Gaula, y a dos de los libros que Cervantes salvaba de la quema en el escrutinio de la biblioteca del hidalgo: La Austríada de Juan Rufo y La Araucana de Alonso de Ercilla.

La elección de los nombres de las nuevas vías es arbitraria y sujeta al libre albedrío y discernimiento de sus nada comunes denominadores. Igual podían haber elegido otras novelitas, otros personajes u otros objetos curiosos y antiguos que aparecen aunque sea solo de pasada en la obra cervantina. Imagina, estimado lector, que habiendo pagado por este librito, se te ofreciera la posibilidad de nombrar o proponer el nombre de alguna de las calles de ese barrio. Elige, por ejemplo, tres; pero con cuidado; entre los siguientes hay dos que no son galgos corredores sino liebres pequeñas: El coloquio de los perros, Grisóstomo, El curioso impertinente, El celoso extremeño, Alonso Quijano, La fuerza de la sangre, La Numancia, Pedro Pérez, Maese Pedro, Maese Nicolás, La ilustre fregona, El amante liberal, Cide Hamete, La cueva de Montesinos, Rucio, El caballero de los leones, Altisidora, El sabio Frestón, Urganda, Rafaelillo de Criptana, Cardenio y Luscinda, Sansón Carrasco, Vellorí, El caballero de los Espejos, Princesa Micomicona, Malambruno, La Infanta Antonomasia y la Reina Maguncia, Clavijo, Pamplinudo de Mora, Bradabarbarán de Boliche, Miculoso, Pentapolín del arremangado brazo, Espartafilardo del Bosque, Zaque… y así, [salvo esos dos gazapos] cientos y cientos de nombres suficientes para llenar el callejero.


El arquitecto, sin embargo, había dispuesto la entrada principal por una calle que no era tal, –según el criterio del ingeniero urbanístico–, sino una zona verde, ZV25 por ejemplo. ¡Cómo son los ingenieros! A la vista de lo que parecía ineludible, aunque fuera vereda o senda peatonal, la Comisión de Denominaciones propuso para esa vía el nombre de unos de esos personajes a los que Cervantes bautizaba juntando palabras de manera certera para escarnecer y ridiculizar con su nombre. Se llamaría Calle Caraculiambro. En fin, imagina, si fuera tu caso lector, la cara que pusieron los futuros propietarios de las viviendas con esa simpática dirección postal. No se sabe de quién se acordaron los dos monstruos de la denominación viaria cuando atinaron con el nombre de ese gigante surgido de la mente del Príncipe de los Ingenios. Porque podían haberle puesto, siendo el mismo personaje, Señor de la ínsula de Malindrania. ¡Con todas las opciones que había! Las quejas por el nombre «cara de culo» llegaron a los responsables políticos, a los foros y al registro municipal. Finalmente, Caraculiambro pereció en su tímida aparición en el callejero universal. La calle, perpendicular a una de las avenidas principales, tomará finalmente el nombre, cambiando uno por otra, de la Giganta Andandona, [hermana del Gigante Madarque, señor de la ínsula Triste], personaje femenino que, habitando en el mundo literario del Amadís de Gaula, es citado fugazmente en la obra de Cervantes.

La cosa era ponerle un nombre cachondo; como si hubiera pocos. Puede que lo consiguieran o no; opiniones habrá para todos los gustos. Eso sí, habían mostrado, ante los cientos de compradores de pisos, cuánta cultura atesora la élite de los funcionarios municipales y que, de vez en cuando, regalan al pueblo, como un donativo o propina. A pesar de su éxito, nuestros «nada comunes denominadores» de calles –tan eruditos, tan bien plantados, sembrados de ocurrencias y cultos, o mejor, cultivados –, dejaron en el olvido a un insigne personaje, por decirlo de tal manera que sirviera para justificar su descuido o su ignorancia, un personaje – como decíamos–, que debería haber sido incluido de manera inexcusable por nacimiento y méritos propios en el callejero de un lugar relacionado con Cervantes, con su obra maestra El Quijote, con Los Molinos y con… Getafe. Imperdonable olvido, creemos.


Aunque solo se hubiera homenajeado al personaje del que hablaremos con uno de esos callejones verdes, o con un nuevo y pequeño tramo de avenida o calle, insignificante, si pretendían ser realmente esquivos con la historia local, prolongación natural de otra vía de apelativo más enjundioso y rebuscado. Una decisión, la de poner nombre a las calles, que marca para siempre los lugares por los que paseamos, circulamos en coche, compramos o, simplemente, vemos pasar la vida. Una placa con un nombre y el escudo de la ciudad, atornillada sobre un par de esquinas, para que los escolares pregunten a su maestra quién era ese Daniel Urrabieta Vierge, o su padre Vicente Urrabieta que [no] tienen sendas calles junto al Ingenioso Hidalgo. Lamentable olvido, aunque ya se sabe que [casi] nadie es profeta en su tierra. Y aquí tenemos un ejemplo notable.


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ILUSTRACIONES (de arriba abajo y de izquierda a derecha):

«La aventura de los molinos de viento». D. Quixote of the Mancha. Ilustrado por Daniel Vierge. Charles Scribner’s Sons. New York, 1906.
Caraculiambro. Autor: Moix.

Autorretrato. Daniel Vierge. La Esfera. 12 de enero de 1918.

Grabado con el Retrato de Vicente Urrabieta. Publicado en La ilustración Española y Americana el 15 de enero de 1880.

Ilustración de Vicente Urrabieta publicada en «El Quijote para niños». Imprenta de Fermín Martínez García. Madrid, 1873.

«Dulcinea del Toboso». D. Quixote of the Mancha. Ilustrado por Daniel Vierge. Charles Scribner’s Sons. New York, 1906.

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Capítulo del libro Getafe Capital del Sur, 2009-2012. Crónica de un viaje al ayer.

— EDICIÓN EN PDF. 384 páginas. 140 fotografías e ilustraciones. 14,5 MB. ISBN: 978-84-940059-2-3. 7,26 euros. De venta en este blog. Ver columna de la derecha.

— EN TU LIBRERIA DE GETAFE. 384 páginas. 140 fotografías e ilustraciones. Encuadernación rústica con solapas. ISBN: 978-84-940059-0-9. 12,48 euros.

— EN EDICION DIGITAL PARA KINDLE. En la tienda de Amazon 2,68 euros.


25 de junio de 2012

Presentación del libro Getafe Capital del Sur 2009-2012: Crónica de un viaje ...



Navegamos. El próximo jueves, día 28 de junio, a las 19 horas presentaremos el libro Getafe Capital del Sur 2009-2012: Crónica de un viaje al ayer. El acto tendrá lugar en el Centro Cívico de Buenavista, en el Sector 3 (Avenida Arcas del Agua, s/n. MetroSur Conservatorio) y contará con la presencia, además del autor, de los dos prologuistas Miguel Angel Gasco y Mariano García y de familiares de algunos de los personajes protagonistas del libro como los herederos y custodios de la obra artística de Filiberto Montagud y el biznieto del heroico General Romualdo Palacio.

Este segundo volumen de la "saga" Capital del Sur forma parte de la colección Travesía de los Libros de Editores Madrileños del Sur (ems). La edición impresa está a la venta en las librerías de Getafe al precio de 12,48 euros; igualmente existe una edición digital disponible para el lector electrónico de Amazon al precio de 2,68. La edición impresa mantiene una gran ventaja sobre la versión electrónica por la cantidad de bellas e inéditas imágenes e ilustraciones que contiene y que en el formato kindle se han evitado por las limitaciones del propio aparato. En el mes de septiembre estarán disponibles sendas versiones para tabletas y lectores electrónicos en general en formatos PDF y ePUB.

También, desde esta  semana está disponible para su consulta o lectura en las Bibliotecas Municipales y en la Biblioteca de la Casa de Extremadura.
Da por supuesto, amigo o desafecto lector de esta bitácora digital, que estás invitado al acto; al igual que el resto de amantes de los libros y de la historia local de Getafe a los que no hemos podido convocar a traves de los correos electrónicos, el teléfono o la publicidad del acto.


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IMAGENES:

Arriba. Grabado original del destructor Sánchez-Barcáizategui que se hundió en el puerto de la Habana el 18 de septiembre de 1895. Publicado por la Ilustración Española y Americana. El 18 de julio de 1936, el abuelo del alcalde Juan Soler-Espiauba, igualmente Juan Soler-Espiauba, prestaba servicio como teniente de navío en otro barco bautizado también Sánchez-Barcáiztegui, destinado a seguir una estela trágica y a convertirse en uno de los primeros espisodios fatales de la guerra civil española.

Abajo. Óleo del "padre de la ilustración moderna", el getafense Daniel [Urrabieta]Vierge. La pintura representa una corrida de toros en la vecina localidad de Pinto, a finales del siglo XIX (1896).

16 de junio de 2012

Romualdo Palacio, el General Componte. 2



Del año triste de Puerto Rico a Getafe





[.../...] VIENE DE CAPÍTULO 1

El lugar se llamaba así, –según la leyenda–, porque su descubridor, un arcabucero del rey llamado Diego Álvarez, tras llegar a la loma del Asomante y divisar el paisaje no pudo dejar de exclamar: ¡ay qué bonito! Según otra teoría el nombre deriva de Atibonicu, que en el lenguaje de los indígenas nativos quería decir «Río de la noche». El pueblo se encuentra en la región central, próximo a la Sierra de Cayey, a una altura de 760 metros sobre el nivel del mar lo que le distingue como el pueblo más alto de Puerto Rico, y está atravesado por varios ríos; a la ubicación le debe su agradable clima.  En su escudo figura el lema de  Jardín de Puerto Rico, aunque también es conocido como la ciudad fría, la nevera, la Suiza de Puerto Rico por su clima, o la ciudad de las flores por sus cultivos de plantas ornamentales.

A Palacio le gustó mucho el clima y el paisaje de Aibonito. Y así, como buen e ilustre vecino, prometió a sus habitantes mejorar las obras públicas del municipio y conseguirle el título de villa. Entre las obras que promovió el General Palacio estaban los nuevos cuarteles, de los que aún se conservan algunos restos como los del Hospital Militar o los del Edificio de Convalecencia, y la iglesia de San José, último monumento religioso levantado durante la dominación española.

Al acto de colocación de la primera piedra de la iglesia asistieron, además de un numeroso público, todas las personalidades de la zona bajo la presidencia del Gobernador; el alcalde del pueblo, Casiano Balbás y los concejales de la corporación municipal vestidos con el grave frac de los días de fiesta mayor; el párroco, Manuel Quintana, y el jefe del Partido Conservador de la zona sur de Puerto Rico, el terrateniente español José Gallart Forgas; y el comandante de la casa cuartel de la Guardia Civil, entre otros. El General Palacio depositó bajo el cimiento una moneda de oro y el hacendado, por su parte, prometió un retablo que se realizaría en España; hoy se puede ver en el interior de la iglesia, uno de los principales monumentos de esta villa puertorriqueña. Palacio, además, se volcó con las primeras colectas de fondos para su construcción [que se alargó hasta 1897], llegando –incluso– a donar su carruaje a una comisión de damas católicas presidida, parecía lo más oportuno, por Doña Mercedes, segunda esposa del rico Gallart. Ese mismo día, bien pudo ser el 24 de junio de 1887, a última hora de la tarde, tras el acto oficial de la mañana y con motivo de la fiesta de San Juan, se celebró una recepción en una de las fincas del jefe del partido Conservador.

Casi un año después, el 12 de mayo de 1888, el pueblo fue declarado villa por una Real Orden gracias a la influencia de Palacio. El General había cumplido su palabra. Tan agradecidos quedaron los «consejales» aiboniteños, se supone que partidarios incondicionales de su política, que después de que fuera sustituido en el mando y se embarcase hacia la metrópoli, el Ayuntamiento acordó nombrarle Hijo Adoptivo. Ignoramos si tal consideración subsiste o fue anulada, retractándose el consistorio de su acuerdo de 1887 en algún momento posterior.

Los personajes más ultraconservadores de la isla, partidarios del poder absoluto de la metrópoli sobre la colonia, influenciaron notablemente a Palacio. Estos elementos radicales acusaban a los miembros del recién creado Partido Autonomista de Puerto Rico de pertenecer a asociaciones políticas secretas y logias de la masonería como la Torre del Viejo o Corazón Negro que conspiraban contra el gobierno español y que deseaban la independencia; esto desató una violenta represión política contra todos ellos. Muchos fueron detenidos por la Guardia Civil o por miembros del Instituto de Voluntarios sometiéndolos a crueles torturas, a las que llamaban compontes, para que confesaran sus intenciones separatistas o delataran a otros del mismo delito. La libertad de prensa y la de asociación que estaban vigentes desde el año anterior en la península [adaptada en las colonias con la Ley de Prensa e Imprenta en Cuba y Puerto Rico de noviembre de 1886], se aplicaban en la isla con notoria arbitrariedad de la autoridad administrativa y militar. Con la llegada de Romualdo Palacio a la isla la situación desembocó en la prohibición total de los periódicos liberales más próximos al autonomismo, y en la persecución de los periodistas y escritores. La vida social y política de Puerto Rico se caracterizaba, como la de Cuba, por la tensión independentista que había prendido con las revueltas del 68, en el caso boricua conocida como Grito de Lares, rifirrafe acaecido en la ciudad del mismo nombre el 23 de septiembre de 1868, en la que un «ejército» de parias, desnutrido, mal equipado y sin entrenamiento militar, saqueó las tiendas y los locales de los peninsulares.
La escaramuza, sin apoyo popular, acabó al día siguiente con una emboscada de la milicia española y la posterior escabechina de los insurrectos; también se apresaron a los líderes de la revuelta. A pesar del tiempo transcurrido, casi veinte años, era una herida en la sociedad puertorriqueña que aún sangraba.
El componte se llevó a cabo, principalmente, en las poblaciones de Ponce, Juana Díaz, Guayanilla, Mayagüez y San Germán. Los arrestos de periodistas o políticos implicados con la causa autonomista por la temida Guardia Civil, convertida en policía política, acababan de manera violenta, ejecutados en aplicación de la ley de fugas o víctimas de extraños suicidios en las oscuras y húmedas cárceles de la colonia. Los cuartelillos de la Guardia Civil, como el que se levantaba hasta hace poco en la población de San Germán, se conocían desde aquella época como las Casas del Componte.

Durante la estancia del General Palacio en Puerto Rico se le acusó, ignoramos si es mito o realidad, de la violación de una joven puertorriqueña en el trascurso de un baile que bien podría haber tenido lugar en una de las fincas que poseía D. José Gallart Forgas en Aibonito; bailes y recepciones que contaban con la presencia de las clases más distinguidas y españolistas de la isla. Existe, hasta ese punto ha llegado el asunto, una obra de teatro titulada «La Bruja de Dios», de Roberto Ramos, que narra la historia de una mujer violada por el Gobernador Palacio. Para esconder la atrocidad de los hechos y las denuncias de la joven, los gritos y el escándalo, la Guardia Civil la encerró en el viejo Asilo de Beneficencia de San Juan acusada de injurias al delegado del gobierno español y tachada de loca. ¡Cómo no iba a estar mal de la cabeza una mujer, y mulata o criolla, para acusar al Gobernador de la isla de incontinencia sexual! Evidentemente, siendo el acusado quien era, no resulta fácil que podamos dictaminar sobre su condena o absolución, sin fuentes fiables –salvo la leyenda y la mencionada obra literaria–, contrastar o demostrar ese crimen terrible. Y si hubieran existido las fuentes en algún momento, estas habrían sido destruidas. La joven, en cualquier caso, simboliza a la isla.

***

[Por tanto, imagina lector; solo eso. Nos evadimos, en este paréntesis voluntario, de la reseña y de los datos históricos veraces. Es viernes 24 de junio. Hay luna nueva. Póngase en el escenario un fondo verde oscuro de bosque tropical; la orquesta ameniza con severos himnos, marchas militares de las que tanto gustan en el centro de Europa y con danzones afrancesados; el cielo iluminado por mil estrellas; el lujurioso clima de la isla y la cálida brisa que llega del mar, casi bochornosa, se filtra por los poros de la piel humedeciéndola; percibe el sensual aroma del bosque tropical, el perfume de las miles de flores y el rumor de los ríos que cruzan la finca como suspiros de amantes discretos, besando dulcemente las riberas, ahora con ritmo lento, ahora  agitado, bullicioso, sin pausa. Un escenario que incita a la ensoñación; a la lascivia.

Preste atención, el lector o lectora, al acento dulce de la garbosa mujer puertorriqueña, el talle impalpable…; la mujer camina desde el porche hasta la semioscuridad del bosquecillo de palmeras deslumbrante de hermosura; el vestido de transparente gasa, límpido raso y finísimo lino  a la última moda de París, el atractivo de su piel morena, la tentación de un escote como la bahía de San Juan donde bailan unos pechos jóvenes. «¡Ah, quien nos diera la atrevida pluma de un Byron para ensalzar las delicias inefables que en esa noche se respiraban en las blondas trenzas de una criolla rubia o trigueña, en su acento arrullador de paloma…»

Y ahora, observa al viejo Palacio; no pretendemos, sirva como aclaración al texto, justificar el [presunto] delito; para imaginar la situación, confróntese ese escenario idílico con la realidad del militar, arrastrando una soledad inmemorial por el paraíso, siempre lejos de su esposa y de su familia; sin una mala puta, ni siquiera un negra, que llevarse al catre esa noche; con una misión que cualquiera calificaría como imposible. El General Palacio, ha cumplido sesenta años, y lleva desde enero destinado en Puerto Rico, lejos de su hogar en Getafe, abrumado por las confidencias de los espías al servicio de España, y el temor a las filtraciones a ese enemigo indeterminado, por los aduladores, por las insidiosas noticias de los plumillas, las peligrosas reuniones de los masones, las declaraciones sediciosas de los politiquillos... y, sobre todo, por la falta de resultados de su severo plan para arreglar el descontrol social en el que vive la isla.

A veces quisiera olvidar; es una noche propicia para relajar la tensión del cuerpo, para el amor bestial, sin ceremonias, sin preliminares, sin voluptuosidad: puro sexo. Todo es propicio menos la voluntad de la mujer, símbolo en sí de la libertad de la isla, reprimida y violentada por un general medio sordo, de carácter abrupto; una personalidad labrada a golpe de fusil y bayoneta, acostumbrado desde que llegó a Puerto Rico a tomar en su mano lo que ha querido. ¿Alguien podría resistir el asedio? ¿Alguien duda de la victoria de este bravo soldado?]

***

Cierro paréntesis y volvemos a la historia; dejamos a la imaginación del lector como acabó la fiesta, cuántas historias más, que sepamos o ignoremos, se podrían adjudicar durante aquel año infausto al Gobernador, un auténtico «héroe». Así aparecía en el grabado de la Ilustración Española y Americana con sus condecoraciones –incluida la gran Cruz de San Fernando– que le colgaban del «valeroso» pecho.
El antiguo Partido Liberal Reformista de Puerto Rico se transformó en Partido Autonomista de Puerto Rico en marzo de 1887 en una asamblea que se celebró en el Teatro «La Perla» de Ponce donde se dieron cita unos trescientos delegados de todas las zonas de la isla. La asamblea rechazó el concepto de independencia o autonomía radical que proponían algunos líderes presentes y optó por aprobar una más limitada que ya difundían los autonomistas cubanos. El General Palacio no creía en la «moderación» anunciada y continuó con el plan trazado para «compontear» Puerto Rico.

El 7 de julio de 1887, el Gobernador Palacio visitó la ciudad de Ponce. Una comisión del recién creado Partido Autonomista, encabezada por su presidente, Román Baldorioty de Castro, le presentó sus respetos al general. El líder independentista iba acompañado de los editores y periodistas Luis R. Velázquez, Francisco Cepeda y Ramón Marín. El relato de los siguientes hechos está hecho por el propio Ramón Marín en su libro «Las Fiestas de Ponce». El día 22 de agosto, apenas un mes después de la [presunta] fiesta en su finca de Aibonito, Román Baldorioty fue detenido y «componteado», junto a otros líderes del partido, en la prisión del Morro, en San Juan. Tal era el rigor de los castigos, que el 16 de septiembre La Revista de Puerto Rico publicó varias cartas en las que sus autores relataban las brutales palizas. El periódico era propiedad de Francisco Cepeda. El juez hizo, a instancias de Palacio, que la Guardia Civil solicitara al periódico las cartas originales, negándose el editor a entregarlas en tanto sostenía que la jurisdicción militar no era competente en el asunto.
El día 20 de septiembre, Francisco Cepeda fue trasladado por la Guardia Civil a la cárcel de Juana Díaz donde fue duramente golpeado por un oficial. Al conocerse la noticia del ultraje, el resto de periódicos no oficialistas sacaron a la luz duros artículos de protesta. Ramón Marín publicaba en «El Pueblo» un artículo titulado «Hay país» en el que censuraba al General Palacio. La respuesta no se hizo esperar. El 30 de septiembre fue detenido y encarcelado el presidente del comité local del partido autonomista en Juana Díaz. Ramón Cepeda, saltó de nuevo desde las páginas de La Revista de Puerto Rico con un artículo escrito en la cárcel titulado El pequeño Marat en el que hacía responsable de todos los desmanes al General Palacio y a su camarilla de Aibonito. El General Componte se enfureció. Al día siguiente dio órdenes al fiscal de Juana Díaz para que denunciara la revista y se hiciera respetar el principio de autoridad.

En la madrugada del 2 de octubre un grupo de unos veinte presos entre los que se encontraba el editor de La Revista fueron trasladados sigilosamente desde el calabozo municipal de Ponce hasta el lóbrego cuartel de infantería en El Castillo. El 6 de octubre la Guardia Civil se presentó en la redacción de El Pueblo y obligaron a Ramón Marín, a punta de revólver, a firmar un documento en el que rectificaba sobre las cartas publicadas por los presos. Ese mismo mes, tras la publicación de la rectificación, desapareció El Pueblo y surgía, de la mano del mismo periodista, editor y militante, El Popular.

Los autonomistas resolvieron enviar a Madrid a una comisión para denunciar la triste situación de la isla y hacer llegar al gobierno central la verdad de lo que pasaba en Puerto Rico. El primer intento estuvo protagonizado por Román Baldorioty y Ramón Marín. La iniciativa se frustró al ser ambos detenidos y encarcelados después de recoger, engañados por los espías de Palacio, un pasaporte para viajar a España. Otro mensajero fue detenido a última hora en el puerto de San Juan a bordo del buque Manuela. Estuvo varios días detenido en el vapor Cristóbal Colon y luego trasladado a la cárcel de Mayagüez. El 12 de octubre la tensión se trasladaba a Madrid. Un anónimo en el periódico La Iberia anunciaba una conspiración separatista en Ponce y Juana Díaz. Un diputado autonomista por Ponce informaba por escrito al ministro de Ultramar, Víctor Balaguer, de los compontes y afirmaba que no era cierto lo de la conspiración independentista. El 17 de octubre, Palacio mandaba detener en Guayanilla a otros diecisiete individuos, entre ellos al maestro y al sacristán de la iglesia de ese municipio. Las detenciones y los compontes se extendían como un reguero de pólvora por toda la isla. El día 24 de octubre la Guardia Civil detenía en Mayagüez a otras cinco personas. Se sucedían las amenazas, los traslados de presos a tenebrosas cárceles y las torturas. Mientras tanto, los autonomistas hacían grandes esfuerzos en Madrid para que el Gobierno relevase al General Componte.

Un grupo de autonomistas de Ponce hizo una colecta para recaudar fondos y encomendó a un joven boticario, Juan Arillaga, el viaje a Madrid para denunciar los abusos y atropellos de Palacio. Tras hacer trasbordo en varias ciudades en barcos ingleses y franceses, para despistar a los sabuesos del General Palacio, llegó a España donde obtuvo el éxito que pretendía.  El día 9 de noviembre, tras su última entrevista con el Ministro de Ultramar, Arrillaga transmitió un cablegrama a los que esperaban noticias en la isla en el que solo ponía: Bandera; eso significaba que habían triunfado. Ese mismo día, el ministro de Ultramar del Gobierno de Práxedes Mateo de Sagasta, D. Víctor Balaguer, cablegrafió al General Romualdo Palacio ordenándole que entregara el mando al Segundo Cabo, el Mariscal Juan Contreras Martínez, y que embarcara de inmediato para la península. El nuevo gobernador interino, tras recibir severas órdenes de Madrid, acabó con la práctica de los compontes y liberó a los presos políticos.
El General Romualdo Palacio embarcó para España el día 11 de noviembre en el vapor Isla de Cebú. Esa misma tarde circulaba por San Juan una octavilla impresa firmada por El País bajo el título Despedida del General Componte. El poema, a modo de escarnio y despedida, decía así:

Adiós, por siempre adiós, viejo indecente,
adiós, por siempre adiós, ser detestable,
adiós, por siempre adiós. Ya Puerto Rico
sabrá calificarte de cobarde.

Adiós, por siempre adiós, tus borracheras,
unidas a la amistad de Pablo Ubarri,
hace que nuestros hijos te maldigan,
y que cada maldición lleve un ultraje.

Adiós, por siempre adiós, ¿quién te diría
cuando entraron los presos ayer tarde,
que antes de conducirlos para El Morro,
ya te habían separado por el cable?

Aunque la maldición, según sabemos,
solo se alberga en pechos muy cobardes,
a ti te maldecimos una y mil veces
porque tú eres el general más despreciable.

Tras la vuelta a la metrópoli, en la isla de Puerto Rico se difundió el bulo que el general Palacio se había suicidado. Su nieta, Dña. Dolores Alba Palacio, nos dice que «es todo mentira; claro que fue a dar algunos palos, por orden del gobierno y de la corona. Era todo lo que le quedaba al agonizante imperio español: Filipinas, Cuba y Puerto Rico. María Cristina de Habsburgo, tras su nombramiento como Gobernador de la isla le había pedido firmeza para controlar los excesos independentistas, «por Dios general, por Dios, mano dura para salvar España» parece que le dijo la regente a Palacio, según nos narra de manera jocosa su nieta Doña Dolores Alba Palacio de las cosas que le contaba su madre, Tomasa Palacio. Romualdo Palacio tenía fácil acceso al Palacio Real para hablar con la regente. Todavía hoy, sus herederos guardan una cabeza de ciervo que la madre del futuro Alfonso XIII le regaló a Romualdo Palacio tras una cacería real.

Cuenta su nieta, Dolores Alba Palacio, que el General Romualdo Palacio era muy supersticioso y que siempre llevaba consigo un duro de plata (cinco pesetas) que solía lanzar al aire para dilucidar algunas dudas o cuestiones. «En una ocasión, estando ya vestido con el uniforme de teniente general recién hecho para una recepción en el Palacio Real, lanzó la moneda y, como salió cruz, se quitó el traje y no acudió a la cita. Esa moneda sigue hoy en día en poder de los herederos del general.


Una plaza y una calle en Getafe

Los cuatro años siguientes se los pasó el General Palacio entre la ensoñación y la pesadilla. Del cielo al infierno. Del Caribe al hotelito de la calle Serrano donde residía habitualmente y de ahí a la casa de campo de Getafe; ida y vuelta. Romualdo Palacio tenía una gran finca que daba a las calles Juan Tolo, actualmente Ramón y Cajal, y a la Calle Madrid, muy cerca de la Plaza de la Feria. Aquí, en la casa de Getafe, a donde solía venir a pasar largas temporadas, intentaba rescatar de su memoria el dulce aroma de las flores de Aibonito, el rumor del viento al atravesar las hojas del árbol de la pomarrosa o las palmeras curvadas por el empuje de la tormenta tropical, el esbelto talle de las mulatas o su vertiginoso «caminaíto»; ahora, al sentir  las ráfagas del viento helado de este pueblo madrileño, como bofetadas, recordaba el brindis de los enemigos de la patria al conocerse la noticia de su cese.

No volvería a ejercer cargo alguno hasta el 30 de enero de 1892, cuando el Consejo de Ministros encabezado por Antonio Cánovas del Castillo, le nombró Director General de la Guardia Civil, cargo que ocuparía hasta su pase a la reserva, poniendo así el broche final a su trayectoria militar. Sin embargo, nunca ascendió al empleo de Capitán General, quizás por serias disputas de otro militar más político y conservador, Armando Azcárraga, que llegaría a ser varias veces ministro de la Guerra y de la Marina, incluso presidente del gobierno de manera provisional. Su nieta, Dña Dolores Alba Palacio, recuerda que el Azcárraga, más político y pillo, le hurtó el ascenso. La madre de Dolores e hija de Romualdo Palacio le relató varias veces la anécdota de la entrevista que mantuvo con la reina regente a propósito del ascenso a capitán general de Azcárraga, al que se conocía en los ambientes castrenses como «el filipino» por haber nacido en aquella colonia.  Romualdo Palacio le dijo durante la conversación a María Cristina, resumiento su pesar:  «Majestad, cuando firme el ascenso de Azcárraga, firme también mi sentencia de muerte; donde lo encuentre lo mato». Las rencillas no debían ser, sin embargo, demasiado profundas; solo codazos entre militares.

Su relación con Getafe, ejerciendo el cargo de Director General de la Guardia Civil, le hizo sentirse de nuevo protector de un lugar, aunque fuese un poblado miserable, una aldea a la que habían arribado otros personajes huyendo de la capital, como Juan Bautista Amorós [Silverio Lanza] , con la excusa de trasladarse a un lugar más sano. Palacio, que ya era todo un personaje de la época se comprometió con los alcaldes Gregorio Sauquillo (julio de 1891 a enero de 1893) y Manuel Pereira (enero a diciembre de 1893), al igual que hizo en Aibonito, a mejorar el municipio con obras públicas y dotaciones que le dieran relevancia. Una orden del Ministro de la Guerra, José López Domínguez, de 25 de mayo de 1893  autorizó la petición del general Palacio, como director de la Guardia Civil, para la creación del Depósito de Recría de Potros y Doma para la Remonta del Instituto. El referido centro, cuya organización detalló Palacio, pretendía cubrir las bajas, mejorar la doma y adaptar la cría de la ganadería equina a las necesidades de la Guardia Civil; estuvo ubicado a las afueras del pueblo, en dirección a Toledo, en los terrenos que hoy son las calles Emperador, Guipúzcoa y Lisboa.

El 20 de abril de 1895 se aprobó la creación del Colegio de Transformación de Sargentos a Oficiales de Carabineros y Guardias Civiles en Getafe que en un principio se ubicó en las dependencias del Hospitalillo de San José. La circular, firmada por la regente y por el Ministro de la Guerra, Sr. Azcárraga, detallaba el programa de estudios de los aspirantes. Otras iniciativas destacables de Palacio durante su mandato al frente de la benemérita, fue el Montepío de la Guardia Civil, embrión de lo que serían los colegios de Huérfanos. En 1895, el Montepío de la Guardia Civil adquirió  una gran finca a las afueras de Madrid conocida en el Cuerpo como «las cuarenta fanegas» aunque su nombre real era finca del Alba, por el apellido de su propietario.

El Pleno del Ayuntamiento de Getafe celebrado en sesión extraordinaria el 27 de noviembre de 1895, bajo la presidencia del alcalde Laureano Martín Cervera (julio de 1895 a febrero de 1897), le concedió el título de Hijo Adoptivo de Getafe y se cambió el nombre de la Plaza de la Feria por el de Plaza del General Palacio. El Ayuntamiento de Getafe encargó, además, un retrato con su figura al también militar y pintor especializado en temas bélicos Víctor Morelli (1860-1936) que cobró por ello 500 pesetas. El retrato estuvo colocado en el Salón de Plenos del Ayuntamiento hasta el advenimiento de la II República en 1931, año en el que se entregó a los familiares. Al fin, a punto de entrar este libro en imprenta, localizamos el paradero de este cuadro y que reproducimos al inicio del capítulo. Morelli que pertenecía al arma de infantería se pasó a la Guardia Civil en 1887 convirtiéndose en ayudante del General Palacio. Víctor Morelli y Sánchez Gil, nacido en La Coruña, era hijo de un cantante de ópera y de una dama gallega y tras abrazar la carrera de las armas llegaría a ser General inspector de la Guardia Civil.

Según la nieta del general Palacio, el cuadro que que custodia su familia es otro distinto al que permaneció en el salón de plenos de la casa consistorial. Esta teoría de los herederos del general podría ser cierta dada la relación tan cercana de Palacios y de Morelli, aunque lo más seguro es que se trate de la misma obra. Víctor Morelli mantuvo una profunda relación, además, con la familia de Romualdo Palacio, llegando a convertirse en maestro de pintura de una de las hijas del general, Felisa Palacio, de la que reproducimos más adelante uno de sus cuadros.

El 12 de agosto de 1898, seis meses antes de jubilarse, pudo leer la orden del ministro de la Guerra, D. Miguel Correa García, para la repatriación de la Guardia Civil de ultramar. Había acabado la aventura colonial americana. Por fin se acababa la pesadilla de Cuba y Puerto Rico. El 8 de febrero de 1899, a la edad de setenta y un años, pasó a la situación de reserva.

El 22 de abril de 1899, una circular del nuevo Ministro de la Guerra, Camilo García de Polavieja, cerraba el Depósito de Recría de Potros y Doma para la Remonta de la Guardia Civil de Getafe, tras seis años de funcionamiento; durante este tiempo se había comprobado que se trataba de una iniciativa poco útil y excesivamente cara «por los gastos que su sostenimiento ocasionaba y los inconvenientes de tener separado de sus comandancias un numeroso personal de guardias y fuera del servicio una gran parte del ganado de los escuadrones», casi un capricho del General Palacio. Era más barato adquirir, por partidas claro está, potro a potro, yegua a yegua, cada caballo que necesitaba el Instituto armado.

Estando al frente de la Guardia Civil, Palacio recomendó al Ministro de la Guerra localizar en Getafe algún destacamento o regimiento de infantería o artillería. En 1904, ya jubilado el general Palacio, tomó posesión del mando del Regimiento Ligero nº 4 de Getafe el coronel Ramón García Menacho. A lo largo del siglo XX, los distintos nombres del cuartel estuvieron asociados a las unidades del arma de artillería que ocuparon sus instalaciones: 5º Montado, 2º Montado, 5º Montado –de nuevo–, 10º Montado, 1º y 2º Ligero, 1º de Artillería Ligera; desde el final de la Guerra Civil hasta 1984, se conoció como Regimiento Acorazado de Artillería nº 13 (popularmente RACA 13). En 1984 desapareció; sus antiguos edificios de arquitectura militar, tras ser acondicionados para su nueva función, se convirtieron en  la sede de la moderna Universidad Carlos III.

Romualdo Palacio y González falleció en Getafe el 7 de septiembre de 1908. El ayuntamiento presidido por su alcalde, Juan Gómez de Francisco, acordó en sesión urgente y extraordinaria «considerar como pérdida irreparable la desaparición de un vecino ejemplar». Se cubrió con crespones negros la placa de mármol en la que figuraba su nombre colocada en la casa que había en la Plaza Palacio esquina con la calle de Villaverde, hoy desaparecida. A su entierro, celebrado a las 10 de la mañana del día siguiente en el cementerio de la Concepción, acudieron numerosos jefes y oficiales de la guardia civil.

Aunque no había conseguido en ansiado ascenso a capitán general se  le rindieron los honores militares, no sólo a los que su alta jerarquía militar le hacían acreedor, sino por fin, a título póstumo, de Capitán General. De ello, y de las veintiún cañonazos reglamentarios, se encargaron dos baterías del quinto Regimiento Montado de Artillería que guarnecía la Villa de Getafe al mando de su coronel D. Joaquín Muro Carvajal. Un batallón del primer Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey  se desplazó de Leganés a Getafe con el objetivo de despedir al insigne militar. 

Romualdo Palacio y González había sido nombrado hijo adoptivo de los municipios de Aibonito y de Getafe. Según la Ilustración Española había sido elegido dos veces diputado. Era Caballero Gran Cruz de las Órdenes de San Fernando, San Hermenegildo, del Mérito Militar con distintivo rojo, de San Mauricio y San Lázaro de Italia. La banda y la Gran Cruz Laureada de San Fernando, así como las insignias de las Órdenes de las que era Caballero, se encuentran expuestas en el Museo del Ejército de Madrid.


Una familia de héroes

El 27 de julio de 1909, apenas dos años después de la muerte del Teniente General Romualdo Palacio, fallecía su hijo el Teniente Coronel Tomás Palacio Rodríguez en la guerra de África. Caía en una escaramuza en el monte Gurugú, el día antes de la terrible derrota del ejército español en la batalla conocida como del Barranco del Lobo.

Tomás Palacio nació en Santoña (Santander) en 1856. Empezó su carrera en el ejército en edad casi infantil como cadete guardiamarina. A los dieciséis años [en 1872] se le concedió el empleo de alférez de infantería y fue nombrado ayudante de su padre, el mariscal de campo Romualdo Palacio González; en 1873, durante la tercera guerra [civil] carlista alcanzó el empleo de teniente por méritos de guerra combatiendo en Aragón, Extremadura y Madrid. Al igual que su padre, a cuyas órdenes estaba, se distinguió en la acción de San Pedro Abanto en 1874, siendo ascendido a capitán.
A partir de entonces ocupó destino en diversas unidades peninsulares. En 1891 alcanzó el empleo de comandante y, cuatro años después, en 1895 fue destinado por sorteo a Cuba, donde se avivaba una cruenta y definitiva guerra de independencia, interviniendo en numerosas operaciones contra los insurrectos hasta mayo de 1896. A su llegada a la península solicitó el pase a la Guardia Civil, cuerpo militar del que su padre era Director General. En 1897 fue destinado nuevamente a Cuba pero una enfermedad le impidió incorporarse, pasando a ocupar destino con su padre en la Dirección General de la Guardia Civil. En 1900 ascendió a teniente coronel. Tras este empleo le perdemos el rastro hasta su último destino.

En 1909 zarpó con destino a Melilla formando parte del Batallón de Cazadores de las Navas con destino a la guarnición del fuerte de Camellos hasta el 27 de julio que salió a combatir en el Barranco del Lobo, donde encontró la muerte. El día 3 de agosto de 1909, el rotativo El Liberal daba a conocer a sus lectores la gesta del cabo banderín del Batallón de Cazadores de Las Navas, D. Emilio Vicens Cereceda:



«El muchacho con una serenidad y un aplomo inconcebibles a su edad atacó briosamente al enemigo, llegando en su arrojo hasta adelantarse a todo el batallón y luchar cuerpo a cuerpo con varios moros, que intentaban acercarse todo lo posible al desgraciado teniente coronel señor Palacio[s], para afinar bien la puntería contra este. Vicens, él solo, sin reparar en el enorme peligro que corría, rechazó primero a tiros, y después con la bayoneta a los osados rifeños. Fue aquel un momento que produjo extraordinario efecto en las tropas. Los enemigos cercaban al cabo; pero él contra todos se defendía con pasmosos bríos y tranquilidad que causaba asombro. El teniente coronel, comprendiendo que aquella temeraria lucha, que fue rapidísima, no podía terminar sino con la muerte del heroico Vicens, gritó a este imperiosamente: ¡Cabo Vicens, a su puesto en seguida! Emilio Vicens al oír la voz de su jefe, retrocedió; y la admiración de todos fue al ver que el muchacho no tenía ni un leve rasguño. El teniente coronel se hizo servir un vaso de Jerez, y alargándoselo al cabo le dijo: Toma muchacho, bebe que estás bañado en sudor y bien te has ganado un trago. Eres un héroe. Al alargar el Sr. Palacio[s] el vaso a Vicens, una bala del enemigo dio al jefe en la frente y lo mató. El Sr. Palacio[s] cayó pesadamente sobre el cabo, cuya cara y pecho se mancharon con la sangre del teniente coronel. Se cree que el cabo Emilio Vicens será propuesto para una recompensa extraordinaria»

Por esa acción relatada por el corresponsal del citado periódico, tras entrevistarse con el cabo Emilio Vicens, el teniente coronel Tomás Palacio recibió a título póstumo –según Real Orden de 29 de mayo de 1913– la Laureada de San Fernando de segunda clase y el ascenso a coronel. Se encuentra enterrado en el Panteón Margallo de Melilla. El doctor Gregorio del Amo, residente en Saint Germain de Laye (Francia) donó en 1909 al Batallón de las Navas 5.000 pesetas para que fuesen invertidas en Papel del Estado y que con su renta anual se crease un premio en memoria del héroe del Gurugú. El coronel Tomás Palacio, al igual que su padre en Getafe, tiene dedicada una calle en su ciudad natal, Santoña. La noticia de su muerte causó un profundo dolor en esa ciudad. La Marquesa de Manzaneda suspendió el baile y el Ayuntamiento acordó lo mismo con todos los actos profanos de las fiestas de aquel año.

Por cierto, Emilio Vicens Cereceda, el cabo que protagonizó los valerosos hechos en los que cayó muerto Tomás Palacio también fue recompensado: un ascenso a sargento y a seguir peleando en aquella guerra estúpida. En una carta que envió a su padre decía: «…No sé cómo he podido resultar ileso de aquella lucha pues en mi banderín se ven 11 agujeros de los disparos que me hicieron los moros. Otra bala me inutilizó el fusil y otra me partió por la mitad el machete. Solo tengo unas ligeras erosiones en las piernas que me produjeron las piedras que saltaban al caer las balas enemigas al suelo. Estoy bien de salud, esperando el momento que volvamos a combatir contra esos salvajes…» ¡Qué bárbaro el cabo ..!
***

Romualdo Palacio y González se casó dos veces; la primera, con Doña Casandra Rodríguez Pumarejo. De este primer matrimonio nació el también laureado Tomás Palacio Rodríguez; desconocemos si hubo más hijos de ese enlace. Al quedar viudo, se volvió a casar con Doña [?] San Clemente   con la que tuvo tres hijas: Trinidad, Felisa y Tomasa. Esta última se casó con con D. José Alba Valdecasas; el matrimonio tuvo tres hijos: José, Dolores y Romualdo.

El día 7 de diciembre de 1955, el ABC publicaba una esquela en la que se anunciaba el entierro, ese mismo día, del más pequeño de los tres, Romualdo Alba Palacio, secretario del Club Vespa de España, muerto a los veintiséis años en un accidente de aviación que había tenido lugar en Alosno (Huelva) el 5 de diciembre de 1955 y en el que también murió otro vocal de ese Club Vespa: Rafael García de la Beldad. El cortejo fúnebre de Romualdo partió desde la capilla ardiente situada en el domicilio familiar, en la calle Ramón y Cajal, 3 [antigua calle de Juan Tolo], hasta el cementerio de la Concepción donde estaba enterrado su abuelo materno, el ilustre general Palacio.

La hermana del malogrado Romualdo, Dolores Alba Palacio, es la nieta del General Palacio que nos ha servido a sus noventa y cinco años de ayuda y de fuente verbal; por gentileza suya reproducimos [en el primer capítulo] el óleo pintado por Víctor Morelli, además de aportarnos otros magníficos documentos gráficos y fotografías del álbum familiar.

La casa de Romualdo Palacio en la calle Ramón y Cajal estuvo durante algunos años alquilada a la Guardia Civil, según nos contaba Doña Dolores Alba Palacio. Esta nieta, nacida en 1917, no conoció a su abuelo; y nos ha transmitido los escasos recuerdos de las historias que le contó su madre,  Doña Tomasa Palacio. La casa, tras dejarla el instituto armado, se ocupó como domicilio familiar. La nieta del general Palacio, durante la charla que tuvimos, aseguraba que cuando era joven no prestó atención a las historias de sus padres y abuelos, perdiéndose así, poco a poco, la memoria histórica y familiar. Es algo propio de la juventud; ni ella ni casi nadie. Con la vista puesta en el pasado se lamentaba de sus pocos recuerdos.

Los herederos del General Romualdo Palacio abrieron al público una sala de cine en los años previos a la guerra civil, posiblemente, –según la nieta del general–, en el año 1931. El cine fue diseñado por el arquitecto  Salas y se levantó en la finca familiar en la que se ubicaba la casa de campo de la calle Ramón y Cajal; para su construcción hubo que cegar un pozo profundo que había en el terreno, en realidad una huerta, con una cantidad enorme de tierra y piedras. El cine se denominó con el apellido familiar: Cine Palacio; aunque al principio parece que la familia dudó llamarlo Cine Alba; el lugar se conoció, ya en los años setenta del siglo pasado, como el Cine del Gordo.

Otro de los herederos del general Palacio fue  Rafael Moreno Alba, nacido en 1942 y fallecido en octubre del año 2000. Rafael Moreno, tras abandonar los estudios de derecho y marino mercante, se dedicó a trabajar desde muy joven alrededor del cine y la televisión llegando a dirigir obras como «Mis relaciones con Ana» (1979), «Pasos largos» (1986) o «El beso del sueño» (1992), así como series televisivas de  éxito  como «Los gozos y las sombras», adaptación de la novela de Gonzalo Torrente Ballester  o «El proceso a Mariana Pineda» que rodó con Pepa Flores.
El cuadro que reproducimos a continuación, por gentileza de doña Dolores Alba Palacio, es obra  de Felisa Palacios San Clemente, una de las hijas del segundo matrimonio del general Romualdo Palacio y, además, alumna del ilustre pintor de temas militares Víctor Morelli. Tanto en el cuadro superior como en el de abajo a la izquierda parece que utilizó a sus propias hermanas como modelos.





El General

Luis Muñoz Rivera *

Mirad: frente por frente se divisa
al viejo capataz de la mesnada;
ni un pliegue de bondad en su sonrisa;
ni un destello de luz en su mirada.

Alma siniestra: rostro abotargado;
labio en un gesto de desdén caído;
el corazón a la piedad cerrado
y a la doliente súplica el oído.

Tiene en la diestra el rayo que calcina;
tiene en el alma el odio que envenena;
tiene a sus pies un pueblo que se inclina
y arrastra, murmurando, su cadena,

en tanto que del torpe libertino
sólo cede la cólera sombría
al  influjo magnético del vino
y al sopor humillante de la orgía.

Allá, sobre las cumbres de la sierra,
con sus turbas de ilotas y reptiles,
para dictar sus ukases** se encierra
entre nubes de sables y fusiles.

Miedoso de la fiebre vengadora
plantó su tienda lejos de los mares,
y abrió como una caja de Pandora,
el cofre de sus juicios militares.

Inquisidor, a sus esbirros manda
que a los hombres apliquen la tortura
y caigan en los pueblos como banda
negra y feroz a la que el hambre apura.

Alguien le adula: trepadora hiedra
que al fuerte muro con afán se acoge;
el que al amparo de sus triunfos medra
y el fruto de sus crímenes recoge.

Ante ese monstruo, aborto del abismo,
aún hay quien pasa con la frente erguida
en el alma el horror del despotismo
y el desprecio sublime de la vida.

Mientras aliente un corazón entero
pueden lucir auroras de venganza;
hasta las sienes del Goliat ibero,
la débil onda de David alcanza.

Para enviarnos el terrible azote,
al infierno tal vez injertar plugo
en un Nerón con rasgos de Quijote,
un Sancho con instintos de verdugo.

Es general sin luchas ni peleas,
sin hidalguía, sin honor, sin nada;
para cortar el vuelo a las ideas:
para eso sirve el filo de su espada.

Goza en paz, ¡oh tirano que algún día
irá a turbar tus negras soledades
lejana, estrepitosa gritería:
zumbido de remotas tempestades.

Grito de rabia que los aires llena;
rugido de un titán que quiebra el yugo;
voz de un pueblo que rompe su cadena;
voz de un pueblo que execra a su verdugo.

* Luis Muñoz Rivera (1859-1916) fue un orador, político, poeta y periodista puertorriqueño. 
** Ukaz: proclamación, edicto o decreto del zar.