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31 de diciembre de 2012

Silvestre o el último día del año

Conocí una historia parecida e igual de triste a la que hoy les traigo por mi propensión a leer todo tipo de papeles, incluidos esos viejos y amarillentos que guardan las hemerotecas. El último día del año 1899, a punto de acabar el siglo XIX y empezar el XX, el director de un periódico nacional, escudado en el pseudónimo, publicó un pequeño relato, una crónica funesta, que, —a su vez—, había leído en un diario extranjero. Los hombres están sometidos al vapuleo del tiempo y los avatares de la fortuna. ¡Las vueltas que da el destino! Hace relativamente poco se repetían las mismas o similares circunstancia y vicisitudes en la persona de otro miserable.


Silvestre había nacido un día 31 de diciembre. Su madre murió a las pocas horas, antes de que acabase el último día del año, ese que precede a la fiesta pagana de las Strenas. Pasadas unas semanas del entierro de su madre, su afligido padre le bautizó con los nombres de Silvestre y Manuel; última y primera asignaciones del santoral católico para el postrer día de un año que se iba y para la inicial y flamante jornada del que llegaba tenebroso y aciago. Siempre, desde que tuvo uso de razón, se nombraba con el primero de los dos nombres. Silvestre; el otro era, ignoto y anónimo, sencillamente M.

Cincuenta y nueve años después, hace hoy justamente un año, la policía municipal recogió el cadáver de Silvestre colgado de un árbol en una pequeña plazuela del centro de Getafe. Era uno de enero del año que ahora se acaba: el infeliz se había suicidado durante la noche del mismo día 31 de diciembre cuando la mayoría de los vecinos andaban brindando con sidra de Asturias y cava extremeño por un incierto y lóbrego 2012, esperando que —contrariamente a los augurios— se convirtiera en próspero y venturoso año nuevo. En el bolsillo de su chambergo, encontraron una breve carta en la que aquel infeliz relataba brevemente su penosa vida.

La carta, que obraba en poder del juez, llegó a nuestras manos hace unos meses gracias a un funcionario molesto con las dificultades económicas y con los famosos recortes del gobierno. Y decía así:

***

“A quien le interese.

Nací hace más de medio siglo. Qué más da el año. Por mi culpa, al llegar a este mundo un desventurado día de nochevieja, murió mi madre. Al cumplir cinco años, mi padre me dejó interno en el Colegio de los PP. Escolapios que se apiadaron del huérfano que era. Mi padre emigró a Suiza para encontrar trabajo; y quizá para no verme y de esa manera olvidar la causa de la muerte de mi madre. Allí encontró empleo en una pequeña fábrica de neumáticos de automóviles.

Nada más cumplir diez años, en los primeros días de un frío mes de enero, el reverendo padre de cuyo nombre no me quiero ni acordar, me leyó una carta de un juzgado de Berna en la que se certificaba que mi padre había muerto hacía solo unos días. Algún tiempo después supe que acabó ahogando su vida y sus penas a partes iguales con alcohol y agua. Lo encontraron en el lago que baña la capital de aquella nación la misma noche del día 31 de diciembre de 1963. Los curas me mantuvieron en el colegio hasta el final de aquel curso en que aprendí los Evangelios, Historia, Geometría y algo de Latín.

Año tras año, durante mi juventud, no era extraño que, cada vez que se acercaba el final del año, sucediera alguna pequeña desgracia a mi o a los que me rodeaban. Lo temía. Tal era mi pavor que nunca entendí porqué las gentes lo celebraban con fiestas y jolgorios como si se fuera a acabar el mundo. En realidad era un día como otro cualquiera para la mayoría. Para mí,  sin embargo, era una cita terrible e ineludible con el infortunio.

Con los años pensé que podría evitar esa conjura, esa terrible influencia o conjunción de los astros. Todo era cuestión de imponer la voluntad al temor; la fuerza y el optimismo a la curelda del destino. Cuando tenía casi treinta años conocí a una mujer de la que me enamoré locamente. Pensé que alteraría ese destino funesto eligiendo para ese día un hecho feliz. Así, dos años después, decidimos casarnos el día de Nochevieja de 1984.

¡Qué días más felices! En verano ella quedó encinta y esperábamos nuestro hijo para mayo, allá por las fiestas patronales. Si era niña la llamaríamos María Ángeles; si era niño, se llamaría Feliciano. Era afortunado y pensaba que por fin había evitado al destino; pero una noche, poco antes de Navidad, al llegar a casa encontré a mi mujer agonizando, rota como un trapo, deshecha por una fatal apoplejía. Ese día no murió. En el hospital de la Cruz Roja, en Reina Victoria, permaneció unos días ciega y muda, al borde del precipicio, insensible, babeando como un vegetal herido. Habíamos perdido el hijo. Ella murió el día 28 de diciembre, como una broma del hado. La enterré el día 31 de diciembre de ese mismo año. La felicidad solo me había durado un año. Un escaso y mísero año roto por el día de Nochevieja.

Por aquel entonces poseía un comercio en el barrio de Juan de la Cierva que marchaba bastante bien. El dolor que me produjo la pérdida de mi esposa, hizo que perdiera cualquier interés por el negocio. Cada día iba peor. O abría tarde o, muchos días, ni siquiera abría: consumía las horas lamentándome de mi mala suerte. Tuve que contratar a un empleado que al menos abriera la puerta.

Un par de años después, descubrí que el dependiente había arruinado totalmente el negocio. Un día sí y otro también sisaba un porcentaje de la caja, tan alto, que finalmente mermó la capacidad financiera de la tienda para adquirir nuevas mercancías; y así convirtió el negocio en un pozo sin fondo, sin viabilidad, sin la posibilidad de pagar siquiera la única nómina: la de mi empleado. Y así, por culpa de la infamia de aquel ladrón, un día 31 de diciembre tuve que bajar el cierre, con la caja registradora llena de telarañas y de facturas sin pagar. El empleado, como tenía la cara más grande que la espalda, me denunció. Y ganó todos los juicios con abogados laboralistas. Apenas tenía dinero para subsistir así que no pude contratar buenos, ni malos, abogados. Perdí el negocio, el local, los ahorros del banco y las pocas ganas de vivir que aún me quedaban.

Sin embargo, gracias a un antiguo conocido con el que había hecho la mili en El Pardo, encontré un trabajo en una nave del polígono industrial de San Marcos, propiedad de una de las nuevas y boyantes empresas que se instalaban en el municipio. Nos acercábamos al final del siglo XX. Durante unos años, seis o siete, trabajé sin interés ni motivación en aquella pequeña factoría dedicada a la fabricación de puertas y ventanas de aluminio para los edificios que proliferaban por cualquier lugar de la geografía nacional. Durante esos últimos años intenté, con éxito, no tentar a la suerte cuando se acercaban las fiestas de Navidad y fin de año. No lo celebraba; ni salía de casa, intentando evitar cualquier caída, tropiezo físico o encontronazo con otros seres humanos o, incluso, temer siquiera un pequeño resfriado. ¿Era posible que la diosa fortuna, tan esquiva y casquivana, se olvidara de este desgraciado?

Pero no fue así. La crisis económica, a la que los telediarios llamaban “burbuja inmobiliaria”, redujo las ventas de la empresa y nos dejó a los diecisiete operarios sin apenas trabajo, como autómatas sin cometido alguno, caminando de un lado para otro de la nave como sonámbulos. Hace tres años, el mismo 31 de diciembre, el encargado nos comunicó la terrible noticia. La empresa se cerraba y todo los operarios éramos arrojados al temible desempleo. El paro se había convertido un enemigo feroz, un terrible calendario que daba cuenta de los meses sin esperanza. Tarde o temprano se acabaría. Yo, sin demasiada energía, esperaba que la crisis se acabara antes que la prestación económica. El miedo al futuro se cebaba sobre nuestras cabezas como los buitres sobre la carroña.

Empecé a deambular por fábricas y talleres. No era optimista; casi me daba igual. Con mi edad no había demasiadas oportunidades. Ni esperanzas. La crisis era de las grandes. Cuando se acabó el dinero del paro empecé a consumir los últimos ahorros que tenía; en tres o cuatro meses se esfumaron como se extingue un cigarrillo. Solo humo. Sin ingresos, dejé de pagar la hipoteca al banco; y las facturas de electricidad, de gas, de teléfono. Era un préstamo a treinta años que nos concedieron a mí y a mi mujer hacía veintisiete años para comprar un un pisito de tres dormitorios en la Avenida España. De esa forma injusta, tras pagar todos esos años, y a falta solo de 36 recibos por abonar, que sumaban la pequeña cantidad de 9.869 euros de capital, más de cinco mil euros de intereses de demora y  otros veinticinco mil más de costas y gastos, el banco procedió a la ejecución.

De manera inevitable perdí la propiedad de la vivienda. El piso se lo quedó un subastero, un tipo calvo con cara de alimaña pero, según alardeaba por los pasillos del juzgado, con unos hijos a los que tenía que alimentar; un tipo que tenía pactadas las ejecuciones con algunos directivos del  banco; a los que seguramente untaba. Pero eso no lo puedo demostrar. Había ofertado solo 26.000 euros. Hace ocho meses perdí la posesión: dos funcionarias del juzgado me desalojaron de la vivienda y me dejaron en la calle con lo puesto; he sorteado las últimas semanas en este mundo como un paria, un miserable, subsistiendo gracias a la asistencia social, a Cáritas y a la Cruz Roja; he deambulado por hospitales y comedores sociales, por las parroquias y por los bancos de alimentos. No hay futuro para mí.

No puedo aguantar más padecimientos ni angustias. Tengo hambre y frío. Quisiera tener el valor de mendigar o de robar; no lo tengo, ni soy capaz de engañar a nadie. Es el momento de liberarme de la maldición que me persigue. Y no he podido, la verdad, elegir mejor fecha, ya que se acerca el 31 de diciembre. Pienso solo que nunca más me atormentará esta maldita fecha. Tras buscar un edificio alto para arrojarme que no encontré, contemplar incluso la posibilidad de arrojarme al lago del sector 3 para que me devoren las carpas y los patos o envenenarme con matarratas, he optado por despedirme atado a un cordel de plástico de ese que se utiliza para tender la ropa, un atadero que guardo en el bolsillo desde hace unas semanas. Solo tengo que trepar hasta la primera rama de una de esas magníficas acacias de la plaza de Pinto, atar la cuerda al árbol y al cuello y, adiós… No tengo más que decir”.

***

Las últimas grupitos de jóvenes bulliciosos  volvían zigzagueantes, en parranda, en dirección a la churrería o, por fin, hacia sus casas tras una noche estruendosa y feliz. Las borracheras elevaban al cielo voces inexpresivas, risas altisonantes y cánticos obscenos. Los primeros resplandores de la mañana, apenas dejaban ver el triste espectáculo difuminado, casi oculto, por la neblina que envolvía al primer día del año nuevo, el día que celebran su santo los que se llaman Manuel.

Tras el levantamiento, aunque mejor habría que referirse al hecho como descenso del cadáver, el juez de guardia, aún bajo los efectos de la mezcla de un buen ribera del duero, unas copas de cava y un sin fin de gin-tónics, envió el cuerpo al Instituto Anatómico Forense que a finales del mes de enero dictaminó que el desdichado sujeto había muerto por la asfixia causada por una cuerda trenzada de plástico verde que aún colgaba del cuello del finado, aunque el informe aventuraba que de no haber sido esa la causa de la muerte lo habría sido probablemente de frío e inanición. Los forenses no hallaron resto alguno en su estómago ni en su aparato digestivo, por lo que dedujeron que no había ingerido alimentos sólidos, al menos, desde cuarenta y ocho o, incluso, setenta y dos horas antes del óbito.

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El lector, amigo o transeúnte, tendrá que disculparme por la tristeza del relato. Está basado en un pequeño artículo periodístico publicado en La Vanguardia el día 31 de diciembre de 1899. El texto vio la luz en la portada de dicho ejemplar en sección “Busca buscando”  que su autor,  el director del diario firmaba bajo el pseudónimo de Juan Buscón.

Si nos no nos vemos: ¡Feliz Año 2013!

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9 de diciembre de 2009

Un desconocido

Encendí el ordenador, como casi todos los días desde hacía unos años. Al abrir el correo electrónico apareció un mensaje nuevo. Era escueto. “Tiene un comentario nuevo en su blog El Aserradero”. Ese insignificante cuaderno digital era el medio que utilizaba para expresar mis opiniones sobre la actualidad local que, de de haber tenido vecinos o vecinas, o si hubiera tenido la costumbre de ir al bar, habría podido, entre cerveza y cerveza, criticar, sobre todo eso y sin mayor trascendencia, a los políticos que nos gobiernan; y no en un lugar virtual que se mostraba a la vista de todo el mundo y, además, por escrito. Me gusta criticar al gobierno, a cualquier gobierno; al de mi pueblo, al regional, al nacional, incluso, al de otros países. A la oposición, apenas le prestaba atención. No son capaces ni de ver los errores del mandamás de turno, cuanto menos, criticarlos o realizar buenas propuestas. La mayoría de las veces, gobernantes y oposición, juegan a lo mismo, caminan por la misma senda, sometidos a engranajes solapados, sorteando los mismos eslabones del poder. Muchas veces inmunes a la ley universal que adjudica una reacción a cada acción. Desde posiciones presuntamente distintas pero avanzando siempre en la misma dirección y el mismo sentido. Todos con sus buenos salarios y a pesar de ello, de pagarles creo que muy bien, un sueldo al que suman todas las dietas imaginables y el transporte, generalmente lujosos coches, a pesar de ello, como decía, no tienen bastante. Siempre les parece un salario escaso. Y roban; o procuran ser cómplices de los que se aprovechan de lo público.

Accedí al blog. Era una entrada sobre las elecciones municipales. Sin ninguna importancia, visto hoy tras más de cinco años. El candidato que hasta ese momento era alcalde había vuelto a ganar. Siempre prefieren, la mayoría de mis vecinos, lo malo conocido a lo bueno por conocer; como regla general. No quita, salvada su inane influencia, que exista un pequeño porcentaje de ciudadanos que de manera más o menos consciente analiza los pros y los contras de unos y de otros, y que quisieran que la izquierda gobernara como la izquierda y que la derecha no aplicara los cánones, igualmente, de la izquierda. ¿Tan complicado era que los políticos fueran, simplemente, sinceros y honrados? Pensaba yo por aquel tiempo que no se debía vender la democracia y toda la demagogia que la rodea, la mentira y la corrupción, como el queso manchego barato. Mezcla de oveja y vaca a partes iguales; de churra y de merina, todos mezclados, sin distinciones, sin méritos..

Allí, en la pantalla de la computadora, delante mío, tenía el comentario. Estaba en inglés; lo mismo -pensé en aquel momento-, se trata de algún spam, ese tipo de correos informáticos masivos y especializados que se había colado en la plataforma gratuita de espacios digitales donde muchos y muchas, de manera anónima o reafirmándose con un perfil auténtico, se explayan con textos, fotografías o videos, propios o copiados, sobre los más diversos y variados temas.

SUSAN ROBINSON said...
- Mr. Serrin. Could you please contact me as soon as possible. This matter is of great importance. It is in regards to your work in London in 1970. I appreciate your attention to this matter and look forward to hearing from you soon.

Tras estas lineas aparecía el correo electrónico de la tal Susan Robinson. Una dirección que me parecía inquietante y peligrosa. ¿Qué desconocido mundo se abría tras ese pequeño mensaje? ¿Qué personas, qué nuevos paisajes, qué relaciones y qué extrañas historias se abren al mundo tras una dirección de correo electrónico? Antes necesitabas conocer personalmente a una persona o tener algún tipo de relación familiar o comercial para usar su dirección de correo y comunicarte. Pero ahora, con la informática, eso era mucho más fácil y complicado a la vez. El conocimiento de gente nueva era, a simple vista, mucho más sencillo y rápido. De pronto, ahí mismo, tras el display brillante del monitor teníamos a alguien que se ponía en contacto por alguna razón ignota o argumentada y, sin más explicaciones, se abría una ventana o, incluso, una puerta a lo desconocido.

Mis conocimientos de inglés eran tan rudimentarios y básicos, tan escasos, que preferí copiar el texto y traducirlo a través uno de los muchos programas gratuitos de internet, en concreto uno llamado “altavista”. No era cuestión de adivinar las palabras que ignoraba y que podrían dar, o quitar, finalmente sentido al mensaje de manera fidedigna o, por el contrario, tergiversar el contenido con matices sutiles o incluso desvariar. El resultado del traductor no era mucho mejor de la versión que intuía sin ayuda alguna:

SUSAN ROBINSON dijo…
- Sr. Serrin. Podría usted entrarme en contacto con por favor cuanto antes. Esta materia es de gran importancia. Está en vista de su trabajo en Londres en 1970. Aprecio su atención a esta materia y miro adelante a la audición de usted pronto.

Susan Robinson, una persona totalmente extraña, y extranjera, nos confundía con alguien que tenía el mismo nombre y apellidos. Alguien que estuvo o vivió en Londres en el año 1970 por motivos de trabajo.

Rápidamente redacté un pequeño texto y lo pegué en el traductor. Opté por no utilizar el correo electrónico que me facilitaba y contestar a través del blog, como un comentario más, esta vez del propio autor, ocultando así la dirección de correo electrónico que solía utilizar en mi vida privada. Así, de esa manera, empezaba a navegar por el universo digital una historia, no sabía si cierta o falsa, desnuda a la vista de todos, de mis conocidos, de mi familia, del mundo entero; una historia sorprendente y extraña.

El contacto directo a través de la red me inquietaba; temía algo peligroso, como una trampa, una excusa para la venta por correo, una pequeña estafa con un argumento peregrino, en el que sólo caían los idiotas, un pequeño enemigo agazapado acechando tras la pantalla del ordenador a la espera del más mínimo descuido. El universo de internet, hecho con el total del mundo más o menos civilizado, está repleto de locos. Así, pues, contesté sin ofrecer más datos que los que consideraba imprescindibles, creyendo que así zanjaba el asunto.

PEPITO ASERRIN said...
- In 1970 still it was in project. My father made the rounds to my mother in the orchards that were contiguous the Guadiana, Is impossible. (En 1970, yo sólo era un proyecto. Mi padre rondaba a mi madre por las riberas del Guadiana). Es imposible.

Sin embargo al día siguiente tenía un nuevo comentario en El Aserradero. No había dejado ninguna dirección de contacto por precaución, intentando camuflarme en lo posible tras la apariencia “cartonizada” de la fotografía que utilizaba en mi perfil. Y así, la historia, se enrevesaba públicamente a través de los miles de puntos luminosos del monitor. Me parecía una historia insólita, como un encuentro entre desconocidos, que se había iniciado y se desarrollaba a través del diálogo de los comentarios de un blog de opinión sobre la política local, sus miserias y corruptelas.

SUSAN ROBINSON said...
- Was you father in London in 1970? Did he serve in the Spanish Army? Was he born in 1949? Did your family ever live in Santiago de Compostella? It is very, very important that I speak with you.

El argumento se alejaba un poco más. El dedo de la extranjera apuntaba de manera errónea hacia mi padre. Contesté, no sin dudas sobre la sinceridad de los requerimientos de la tal Susan. Parecía una historia verídica. Pero mi padre no podía ser tampoco el personaje que buscaba. ¿Quién era aquel personaje misterioso que se llamaba como yo?

Contesté con un pequeño resumen de la vida de los Serrines, o lo que yo conocia hasta ese momento de su historia.

PEPITO ASERRIN said...
- Mi padre se llama Silverio A. Serrín y nació en 1938 en Montijo Badajoz. Hizo el servicio militar destinado en el antiguo acuartelamiento de Artillería número 13 de Getafe. En 1971 se trasladó a la zona sur de Madrid más exactamente a la Villa de Parla. Una ciudad que, en aquella época, no era ni siquiera un arrabal. Un villorio anclado en medio del caciquismo eterno de España, a medio camino entre Madrid y Toledo. Una ciudad cercana a los nuevos polígos industriales que surgían como setas a la luz de la revolución industrial que se desarrollaba por esos años en España, un pueblo sin agua corriente, una ciudad que crecía deprisa con edificios sueltos, sin orden ni planificación, sueltos, deslavazados, construidos sin gracia ni armonía, sin servicios, en urbanizaciones sin acabar, rodeadas de barrizales y vertederos. Mi padre nunca ha viajado fuera de la península ibérica.


El padre de mi padre, se llamaba Segismundo A. Serrín, nació en 1896 en Herrín de Campos (Valladolid), de donde procede una de la rama más antigua de los Serrines. Mi abuelo, al igual que su padre, y el padre de su padre, se dedicó a la trashumancia de ovejas merinas. Sus idas y venidas por los caminos reales o cañadas, sobre todo la leonesa, le moldearon haciendo de él un hombre simple, de espíritu libre y apegado a la naturaleza.


Sus días como pastor acabaron al ser alistado obligatoriamene para cumplir tres años de servicio militar en Africa, en el Regimiento número 4 de Fuerzas Regulares Indígenas de Larache. Herido dos veces en campaña, consiguió volver con vida a la península. Los amores de una moza extremeña le alejaron definitivamente de la vida nómada. y empezó a echar raíces en una pequeña casa que compró en los alrededores de Montijo. Durante toda su vida intentó olvidar los horrores de la guerra. Aquella guerra estúpida y maldita que llevó a los ineptos gobernantes de este país a derramar la sangre de varias quintas de los mozos más pobres de España en esa región abrupta del norte de Marruecos.

Un hermano de mi abuelo Segismundo, llamado José A. Serrín, abandonó la vida pastoril y huyendo del Servicio militar obligatorio embarcó en el puerto de Gijón hacia Cuba. Junto a otros españoles acabó en un pequeño pueblo de la provincia de Las Villas donde montó un horno para cocer tejas y ladrillos. Compró una casa con un gran terreno junto a un caudaloso río. Llegó a poseer una barcaza de considerables proporciones con la que transportaba los ladrillos hasta otras poblaciones de la isla. Tras el triunfo de la revolución en el año 59, el negocio pasó a ser gestionado por vagos e ignorantes “revolucionarios”, teniendo que ser cerrado al poco tiempo. Hoy, sus hijos y nietos viven con los apuros generales del pueblo cubano, repartidos entre Santa Clara y La Habana.


Otro hermano de mi abuelo, Santiago, también se mudó de Herrín de Campos hasta Vizcaya. Allí trabajó, tengo entendido, en la pesca del atún y en la industria conservera. Nadie de mi familia supo nunca más de él.


Todos los Serrines tenemos un nombre compuesto. El primero es libre, el segundo fijo. Mi padre se llama Arcadio, y mi abuelo; y el padre de mi abuelo, y sus hermanos y sus nietos. Mi hijo se llama Arcadio. Todos somos Arcadio. Es una tradición familiar que viene del siglo XVI cuando los moriscos y los judíos conversos buscaron apellidos nuevos en los nombres de los pueblos. El primero en lucir el nuevo apellido se llamó Arcadio Herrín. En las siguientes generaciones la H se transformó en una S, ignorando cuándo y porqué.

Aquel larguísimo comentario en español terminaba excusándome por su uso,  y lamentando que mi pobre inglés no fuera suficiente para aclararle la vida de los Serrines en su idioma.

SUSANNAH ROBINSON said...
- Your information is facinating. I am desperatley looking for a
Jose Antonio {maybe it is Arcadio}Serrin born 1949
who has a sister named Maria, a brother who studied Physics and a father who owned a travel agency. The were said to be from Santiago de Compostella. This gentleman was in London in 1970 and working at the "Playboy Club" He abruptly left London and has dissappeared. Do you have any relatives that might fit this description? Any family history would be greatly appreciated.

(Su información facinating. Soy desperatley que busca a Jose Antonio {es quizá Arcadio} Serrin llevado 1949 quién tiene una hermana nombrada Maria, hermano que estudió la física y a un padre que poseyeron una agencia de viajes. Reputaban de Santiago de Compostella. Este caballero consistía en Londres en 1970 y el trabajo en el " Playboy Club" Él salió precipitadamente de Londres y dissappeared. ¿Usted tiene parientes que pudieran caber esta descripción? Cualquier antecedente familiar sería apreciado grandemente. )

El resultado del traductor de internet me producía una auténtica zozobra. No había forma de que ese “altavista” pudiera hilar dos frases seguidas con un cierto sentido. Era peor que el estúpido lenguaje de los indios en las películas dobladas. Yo no entender ni jota.

Le contesté brevemente. No había más datos.

PEPITO ASERRIN said...
- Se intuye que su historia es igualmente fascinante. Lamento no poder ayudarla. Mi familia y yo desconocemos a las personas que busca. Seguramente son alguna rama de los Serrines que se desplazaron hasta Galicia. Hasta ahora ignorábamos su existencia. Espero que tenga suerte en su búsqueda. Si alguna vez tengo noticias sobre ellos, se lo haré saber.

El asunto de aquel desconocido Pepito A. Serrín empezó a urdir en mi cabeza una serie de interrogantes y, sobre todo, de lagunas, de zonas oscuras que necesitaba conocer. Empezaba a ser una obsesión la historia familiar; tenía que llegar hasta ese personaje. No tenía ninguna duda que era parte de nuestro linaje, de nuestra estirpe de judíos errantes.

21 de octubre de 2009

El robo del cordero

Una luna esclarecida y delatora le había acompañado durante toda la noche, huyendo a través de una vía escarchada de estrellas en un cielo azulado, casi negro como la vida. Habían pasado más de tres horas desde que saliera de su casa para recorrer a grandes zancadas las dos leguas que separaban la aldea, junto a la ribera baja del río, del cortijo de los dueños y señores de la comarca.

Los caminos estaban endurecidos por años de sequía, escoltados por algunos almendros y algarrobos dispersos. Atravesó los olivares fríos y resplandecientes que a esa hora, cercano el momento del alba, ofrecían al astro reluciente sus hojas de un color verde oscuro, casi negro como la miseria, con reflejos grises de acero, perla y plata, como navajas desnudas.

Pensó acortar el trayecto, hurtando lo sinuoso del camino, aligerando como el viento, atravesando barbechos y rastrojos olvidados; trotando olivares, y más olivares, infinitos olivares, tierra inmensa que servía sólo a unos pocos, y donde algunas lechuzas, supervivientes del hambre y otras calamidades , vigilaban el más mínimo movimiento. Ellos también tenían necesidad de comer; cualquier cosa, por pequeña que fuera, un ratón, un topillo o, incluso, alguna musaraña despistada y adormilada.

Al poco, empezó a guiarse por la linde de las aparcerías que trabajaban los pobres, siempre en dirección sur. Apenas notaba la cara y tenía los ojos llorosos como los niños pequeños, sin apenas sentir a causa del aire frío que se deslizaba y lo recibía como una cuchilla afilada presta a rajar el cutis mientras caía para posarse sobre los surcos de una tierra pobre y estéril, como hilachos de polvo helado, en terrazas abandonadas desde la última cosecha y laderas pedregosas.

Lo llevaba tan cerca de su pecho que el ritmo de los dos corazones se confundían en uno sólo. Uno, apresurado al trote, por el cansancio y el esfuerzo; el otro, azorado y temeroso, ante el ritmo de lo desconocido. Los dos, bailando de miedo; vibrando.

Había salido de su casa, escabulléndose de su hogar, muy avanzada la noche, mientras su familia dormía navegando por los sueños del hambre; temprano para robar un cordero. Era una decisión extraña. Y extraordinaria. Nunca pensó que tendría que hacerlo; ni que se atrevería. Hacía tres meses que su familia no comía carne. La hambruna se había extendido por la sierra sur como la peste. Durante los últimos tres años, las cosechas se habían perdido en su mayoría por culpa de las plagas. De las lindes de las fincas habían desaparecido las collejas, las espárragos, las setas y hasta las malas yerbas. No había liebres, ni apenas pájaros, ni lagartos siquiera. En la despensa unas pocas papas arrancadas a duros terrones olvidados, apenas para un guisado, algo de aceite, un poco de harina y una pequeña orza con aceitunas curadas; ni siquiera un mísero pedazo de tocino blanco.

Los dueños de la tierra, los amos, elegían a los que trabajaban; y a los que no. No había forma de escapar de la miseria. Sólo de vez en cuando conseguía algunos jornales como peón de albañil, como pastor improvisado o para la dura y negra tarea de varear y recoger las aceitunas de otro.

Él podía soportarlo. El hambre, esa sensación que atenazaba los músculos y adormilaba el cerebro, podía acabar con una criatura en pocos meses. Todavía recordaba los duros años tras la guerra. Apenas un mozo, casi un niño todavía, y ya era un viejo experto en escasez y privaciones, acostumbrado a las estrecheces de una familia numerosa; avezado a comer en la sarten familiar donde siempre se congregaban, en disputa incierta, más cucharas que tajadas. Él podía aguantar sin comer apenas, pero... Era 14 de febrero y cumplía cuatro años de casado con su mujer.

Iba a celebrar el día de San Valentín con un auténtico banquete. Ella y los niños, todos, tendrían un festín. A costa de lo que fuera. En realidad, no había sido difícil. Se acercó hasta los corrales del cortijo del Aurelio. Se introdujo en el corral, sigiloso, con prudencia. Ni un sólo balidoel rebaño. Al mismo instante de mover el cerrojo del cobertizo chirriaron los goznes y oyó a los perros desperezarse. El rumor del miedo se extendía entre el rebaño aborregado. Se oían tímido balidos. No tenía tiempo que perder. Cogió el primer animal que pudo, casi a tientas, iluminado sólo por la escasa luz de la luna que entraba por el portón, le tapó el hocico con sus manazas, lo introdujo como pudo en el saco y salió corriendo, confundiéndose con la sombra alargada del nogal que presidía la parte trasera del cortijo. Corrió; y corrió. Y corrió, apenas sin aliento.

Algunos de los perros del cacique aullaron durante un instante. Ladraban bajito, casi sin ganas, como si no quisieran, precisamente, alarmar a sus dueños, privándoles del sueño y la tranquilidad; temiendo los golpes de la correa. Al instante cesaron en su llanto lastimero y se volvieron a las perreras, donde se amontonaban unos encima de otros, ateridos y hambrientos. Hacía mucho frío.

Mientras bajaba, fatigosamente, con cuidado de no resbalar, confundiéndose sobre la linde de largas y estrechas fincas yermas, percibió de lejos el brillo del charol de los tricornios y de los correajes de los guardias civiles que caminaban un poco más abajo con sus mosquetones a la espalda. La pareja de la benemérita cumplía con el servicio nocturno por una senda, entre espinos, cambrones y escaramujos o zarzaperrunas, rodeando el pequeño alcor, en silencio, sin pensar, siquiera, que alquien se pudiera atrever, esa noche fría de febrero, a andar de correría fuera de las covachas. Cada uno en su casa, dios en la de todos; y la guardia civil, vigilando. El deber era el deber. La pareja hacían su ronda nocturna al servicio de la patria.

¿Pero qué o quién era la patria? ¿Qué representaba? ¿A quién daba sombra y cobijo la bandera roja y gualda que ondeaba en la casa cuartel, tras el lema que lo ofrecía todo por ella? ¿La patria era un país gobernado por un caudillo? ¿Era simplemente la esencia más pura de la nación o, simplemente, la representación de un generalísimo campeador como último eslabón, seguro e inexpugnable, de la eterna cadena de caciques ... o, solo la paga, escasa pero segura?

La puta que parió a esa zorra a la que llaman madre. Una comadre de mierda que aprieta y ahoga, desde tiempos inmemoriales. Que mata de hambre a niños, a hembras y a varones. Que desuella a los pobres, que los amilana,... Una furcia que los engaña con un discurso añejo y egoista, hipócrita y amante de los ricos, que lleva a los hombres a la guerra, los hiere, amputa sus miembros más jóvenes, los enemista por ideales estúpidos, los infecta y resquebraja, incluso de sus familias...

Santiago se agachó tras una pequeña roca sujetando la boca del cordero y esperó a que se alejaran los civiles. Su pecho era una olla hirviendo. El corazón encerrado bullía como queriendo escapar en cada suspiro; le faltaba el aire en los pulmones y le temblaban las piernas, desde los dedos de los pies hasta el culo. Era una sensación terrible. Tiritaba, no sabía si de frío o de temor.

Tras alejarse la pareja de guardias, tardó poco más de media hora en llegar sin más sobresaltos hasta la pequeña casa donde aún dormía su familia. Cerca de la ribera del río se notaba el relente de la noche. Por la chimenea aún salía un hilillo de humo. Al entrar, sigiloso, se acercó hasta los últimos rescoldos del hogar para calentarse. Por el ventanuco se colaban los primeros resplandores de un día gris. Los madrugadores y amorosos cantos del mirlo endulzaban la fría amanecida.

Sacó el cordero del saco, lo dejó en el suelo y lo miró con detalle. No rechistó. Era un magnífico animal, pero en ese momento, tarde, se dio cuenta que el cordero era tuerto. La mirada del único ojo del animalito le estremeció el alma.

-¡Ay mi madre!

Santiago pensó, por un momento, que no podría matar ni, por todo el hambre del mundo, comerse aquel animal...

Dejó al animal en una esquina. Rápido se desnudó y se metió con cuidado en la cama. Sintió con auténtico placer el peso de las mantas y la suavidad de la piel tibia de su mujer.

Ella se acurrucó como un ovillo, acercándole la espalda y pregunto:

- ¿Qué hacías por ahí? Estás helado...

- Nada, sólo me había levantado a beber agua, -contestó suavemente, mientras le acariciaba el pelo... -¿Sabes? Estaba pensando. Mañana quiero acercarme a la casa cuartel...

- ¿A qué?

- A informarme, a lo mejor; creo que voy a presentar una instancia para alistarme en la guardia civil... Ellos comen todos los días, alimentan a sus familias y así, vestidos de verde, huyen de esta miseria. El trabajo no es demasiado peligroso. Si me aceptan, pediré el traslado a un puesto cerca de la costa... Tu no lo has visto nunca. El mar es azul, intensamente azul como el cielo de un día de verano, con una luz inimaginable hasta que no te ha deslumbrado. Una luz cegadora que se queda para siempre en la retina y en la memoria. Buscaremos una pequeña atalaya para vivir, como el nido de un pájaro, agitada levemente por el arrullo del viento y la brisa marina. De lejos, nos deleitaremos, sosegadamente, con el gran espectáculo del mar, ese gigante azul que brama de noche acunando el sueño de los niños y por el día sacude latigazos de espuma o lame con dulzura la arena de una playa dorada ... Los niños, ¿sabes?, ¿Qué futuro les espera aquí..?

- Calla,...-le susurró su mujer mientras le cogía la mano y se la frotaba para calentarla; luego se la cruzó por la cintura, dejando el brazo debajo del suyo, hasta posarla, robusta y tierna, sobre sus pechos. Olía a pan blanco recién hecho. A dulce de leche, a romero y a vainilla, a amor. Ya era de día.

8 de abril de 2007

El hombre del corazón de piedra


Anduvo como alma en pena desde que el doctorcito aquel le dijo que tenía un problema en el corazón. Desde que era un niño notaba que tenía un órgano fuerte e insensible, a prueba de penas. Nunca pensó en la posibilidad de retirarse y dedicarse a dar paseos de jubilado como había hecho recientemente uno de sus socios. Sin embargo los datos del galeno parecían indicar que empezaba a ser el momento.

Los excesos le había producido una lesión irreversible. Tenía una válvula hecha una mierda. La vida pública, el alcohol, el tabaco, el viagra y, sobre todo, la edad, le habían afectado al funcionamiento de una parte de la máquina del corazón. Recordó las interminables juergas y las noches de putas. Debía ser intervenido quirúrgicamente a causa de la buena vida que se había dado. Nunca había sufrido por el trabajo excesivo, ni por los avatares sentimentales. Las dos mujeres más cercanas a su vida, su madre y su mujer, murieron en un intervalo de mes y pico; lo que se dice una cabronada de invierno. Y ni una sóla lágrima brotó de sus ojos. Los que mejor le conocen dicen que tiene el corazón duro y frío como el pedernal.

Desde la cama del hospital escuchó perplejo al matasanos. El cuento de la lechera se acabó. Desde que entró en la fábrica, pletórico de ideales cristianos y socialistas, habían pasado muchos años. Y muchas historias. Entonces, ni siquiera podía soñar con una posición económica y social como la que tiene y que deja a su descendencia. Primero un chalecito, un local, un bungalow en la playa, un terrenito. Y otro. Y otro ... Un millón. Y otro. Y otro...

De su paso por la vida pública había sacado la posibilidad de montar una trama de empresas con la frialdad típica del que no tiene nada, del que alarga la mano para quedarse con lo que está a su alcance, o pasa junto a él, con la certidumbre que el mundo está repleto de placeres para el osado y, coño, está más claro que el agua, dios ayuda al que se ayuda a sí mismo. Hoy su fortuna asciende a cientos de millones de euros. Bonito, jodidamente bonito para un ex cargo público socialista hacerse rico, a costa de los pobres como siempre, incluso de los pobres ricos; no hay otra forma.

Hasta los que son sus amigos le han acusado de falta de ética, y los que no lo son, de indecencia, de información privilegida, de enriquecimiento inmoral, de ser un chorizo y de otras cuantas cosillas que cualquiera, sobre todo él y sus socios, podrían disculpar. Cree el ladrón que todos son de su condición. Ya se sabe que los que están, están por algo, por eso mismo.., -"ya me gustaría ver qué harían, esos que me critican, en mi lugar..."

Nuestro personaje se ha convertido en el más rico del lugar. Una especie de capo del ladrillo y los terrenos urbanizables. Sin embargo, no podrá seguir exhibiendo su carné de hombre íntegro, cabal e inteligente. El prestigio se hizo fama y la honra del listillo murió en las mesas de los despachos donde se reparte el bacalao, en las cuentas corrientes y en la actividad de las empresas que, de forma tumultuosa constituyó, acrecentando el capital social de forma vertiginosa, en escandalosa progresión geométrica, a costa del patrimonio de todos y que, finalmente, acabó turbia y reflejada en el papel prensa, manchada por la tinta acusadora de los malditos periodistas.

Cuando el cirujano abrió el pecho del paciente se quedó helado. El corazón se había endurecido con sucesivas costras hasta convertirse totalmente en una piedra. La válvula, efectivamente estaba hecha una mierda. Este paciente se ha pasado de la raya. El facultativo pidió a su ayudante que le acercara una radial, una taladradora y una pequeña tubería de fibrocemento. Y pegamento especial para materiales cerámicos. Tras realizar con éxito la chapuza, el doctor le cerró el torax. La sangre volvía a fluir sin problemas. Cuando el paciente despertó de la anestesia el doctor sólo le dijo que la operación, por suerte, había sido un éxito.

- Se ha realizado la operación de manera satisfactoria. Hemos sustituido la válvula por una adecuada para que su corazón no la rechace. A juego. Si quiere usted, puede seguir con su ritmo de vida, tiene usted el corazón de piedra...- Creyó en ese momento que el cirujano quería hacerse el gracioso como ese doctor House de la televisión- Lástima de los que estén a su lado. ¿Alguna vez ha sentido piedad por algo o por alguien? ¿Alguna vez le ha dolido el corazón? ¿Alguna vez ha llorado? El médico le miró con lástima.
Entonces, pensó en su madre; y en su mujer. Aseguran, -las malas lenguas-, que no soltó ni siquiera una lágrima. Pero sí, sí, joder,... había llorado una vez; recordó el día que le llamaron al despacho de su ahora poderosa empresa los antiguos compañeros del sindicato de la fábrica. Habían leído en un periódico su rápido y fulgurante enriquecimiento. -¿Eso que se ha publicado es verdad? Eres un ...-, el tono severo y recriminador de los viejos colegas le agrió las facciones de la cara y dos gotitas de líquido salado corrieron por sus mejillas.

El muy gilipollas creyó que había llorado; por su prestigio, por el qué dirán... Pero, no, el líquido tan sólo era el resultado de la secrección que produjo la ira al estrechar el globo ocular. Puro zumo de ojo. Nada de pena. El corazón no había podido transmitir nunca dolor, ni siquiera vergüenza. Hijoeputas de periodistas...

¿Qué paso con el socialismo que propugnaba la juventud? ¿Qué pasó con los ideales de justicia, de igualdad y de solidaridad? El tiempo había convertido al viejo en un zoquete, en un ser duro, de mente fría, y con el corazón inerte. Ahora, todo eso le importa un comino, o menos todavía. Nada.

Tras la visita del cirujano, conectó el móvil, y siguió, todavía postrado en la cama del hospital, regentando sus empresas, dirigiendo a sus empleados, asesorando a su cohorte de pelotas, acrecentando, más y más, su fortuna. Él no era como su socio. Él tenía un corazón de piedra.

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Publicado con el pseudónimo de Pepito A. Serrín en el blog Getafe Exprés

7 de noviembre de 2006

El literato

Aquel hombre, con sus ojos de niño, su inocencia, su sensibilidad, que tanto le había impresionado días atrás a Rosse M., le disertaba ahora como una persona superior y altiva; hablaba gesticulando y moviendo las manos rítmica y pausadamente.


A menudo, cada vez que empezaba una frase que él consideraba un algo decisivo y definitivo en su monólogo, se acercaba las gafas a una posición casi tangente a la retina; quizás era una nimiedad, simple cuestión de tener las manos ocupadas y no de presunción, por eso fumaba tanto.

Las gafas le daban, por sí solas, una imagen especial. Gafas de intelectual, eróticas y redondas como dos senos.

Su pelo suave…

Rosse M. pensó en aquel momento que le gustaría oir algo sobre el amor, aunque fuera en su vertiente más metafísica. Sin duda, el hombre es una animal tan influido por la biología como la mujer; quizás menos influido pero más animal. Rosse M. sonreía.

Julián reía.

Ya llevaba un rato oyendo hablar de literatos y literatura; sus pechos pequeños, erguidos y blanquísimos se agitaban al pensar que aquellas mejillas tan suaves, más que sus propios muslos, y aquella barba de profeta rozaran su piel. Sin embargo…

Hablaba bien; excesivamente mecánico, metodológico. Parecía un escolar recitando la lección que terminara de memorizar.

Por último, decidió, ya resignada, comprar uno de los libros que le indicara y se preparó para dar sola un largo paseo. Iría por las avenidas mirando los escaparates, o las parejas entrelazadas, o los niños.

En la calle estaba oscureciendo y empezaban a encenderse multitud de lámparas fluorescentes…


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Publicado en la revista "La Cebolla de Jata". Octubre de 1981

1 de noviembre de 2006

El antiguo café

“Il y a un poême a faire sur l’oiseau qui n’a qu’une aile”. Apollinaire


El café, desnudo de gente y luz, está triste; por sus paredes oscuras corren los fantasmas de la última noche, del día anterior, del otro mes…

No hay música; tampoco tertulias. Una angustiosa soledad aprisiona los retratos de los ilustres pensadores, escritores, músicos y pintores que se miran entre sí, sin decir nada, en la sórdida penumbra del olvido.

Todavía recuerdan a las gentes que los examinaban intentando adivinar sus nombres, al príncipe sucio y sin dinero que los clasificó en categorías indefinibles según sus apariencias; al señor de la gabardina azul; a Pepe que dijo que había nacido en Oklahoma, en la cuna del viento. Sin duda, escucharon conversaciones para volver a escribir una comedia humana.

Los niños miraban sus barbas, sus estirados bigotes, incluso las gafitas de nácar de ese pintor que se encuentra siempre solo y apartado en uno de los rincones del café. Las mujeres hablaban alegremente de todo y los hombres las miraban mientras la luz amarilla ponía sus reflejos estrellados sobre los vidrios, sobre los espejos y sobre las pulidas y húmedas superficies de las botellas. El agua corriente y el ruido de las cucharillas emitían un continuo rumor en el café.

Ahora, en este siglo, nadie se fija en ellos, ni hablan de sus trajes pasados de moda o de su aspecto de carcamales. El polvo se acumula en la parte superior del marco de los retratos y sobre la antes brillante superficie del piano.

El café está solo, abandonado, cerrado. Ya no vienen príncipes, ni mendigos; el amplio salón, sus pasillos, donde rivalizan el ébano y los mejores mármoles, y sus galerías de transparentes ventanales están en la umbría soledad de lo inútil. Apartado, escondido y, sobre todo, demasiado lejos de una ciudad cuyos habitantes transitan por interminables paseos de cristal y se sientan a la sombra de gigantescos árboles de coral multicolor, se va llenando de habitantes nocturnos que poco a poco dejan cojas las preciosas mesas de madera tallada y las sillas delgadas y bellas como hembras.


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Getafe, enero de 1982

8 de octubre de 2006

Una tonelada de oro

Julio de 1789.

La sociedad francesa se estremece ante las ideas revolucionarias que acabarán por transformar al hombre de súbdito en ciudadano. Europa observa con terror el peligro de contagio de unas ideas que pueden trastocar las estructuras y el orden establecido. Es la revolución francesa.

Cuando ocurrió esto que os relato, la gente había olvidado los Pluviosos, Nivosos y Brumosos; mejor diría que el pueblo llano nunca los aprendió y ya se guardaban en el baul de los recuerdos curiosos. El movimiento revolucionario había pasado dejando una huella indeleble en la organización social y en los dirigentes de una Europa vieja. Comenzaba la edad moderna y, sin embargo, la gente seguía vivienda tiempos oscuros y difíciles.

Era el mes de marzo de 1814 y el cielo escupía agua como si jehová, ese dios terrible, harto nuevamente de la guerra, los crimes y otros imperdonables pecados humanos hubiera decido mandar, implacable, otro diluvio universal. Una lluvia espesa, fría y constante.

David Moneau había deseado tanto este momento que caminaba sin preocuparse del barro ni del agua. El saco a la espalda, lleno de herramientas, le confería cierta semejanza con uan bestia enfagada. Llevaba mucho tiempo pensando en la Cartuja, en sus misteriosos túneles, pasadizos y ocultas galerías. Ciertamente no existía otra idea en su cabeza ni engendraba nuevas que no tuvieran relación con aquella.

David M. era un hombre piadoso y pobre, reclutado a la fuerza por las tropas napoleónicas para la campaña de España. Fue allí, en Zaragoza, donde conoció al viejo monje cartujo, bueno prior..

Las razones que impulsaron al Padre Louis al exilio eran claras. Era el único superviviente de la cartuja. Allí, y con los tiempos que corrían, no hacía nada. Lo mejor era buscar otra misión.

En 1790 los conventos, iglesias y demás monumentos religiosos fueron declarados Bienes Nacionales y posteriormente vendidos a particulares. La Convención necesitaba mucho dinero par acuñar una nueva moneda y mantener el ejército; los soldados necesitaban cañones… El oro y la plata, siempre escurridizos, en aquellos tiempos eran invisibles; bronce sí había, en los campanarios…

Las deducciones de David se sucedían como un torrente. Los monjes tuvieron conocimiento de aquella recolección especial antes de la llegada de los emisarios de la República. Estos emisarios… David pensó que, quizás, pasaron por aquellas mismas veredas creyendo en sus manos el inmenso tesoro eclesiástico; y en lugar de eso,.. ja, ja, ja.. La tensión que domeñaba sus músculos se reflejaba en la risa áspera, solitaria, seca, tensa, tensa…

¡Claro, por supuesto que encontraron un tesoro! Más de nueve mil volúmenes, muchos bellamente ilustrados, que contenían casi toda la sabiduría del orbe. Ni una moneda de oro; la plata, evaporada; y el campanario, mudo.

Los soldados de la República, al mando de un patán, convirtieron las pesquisas y las represalias en una sangrienta lección. El prior murió años después en Zaragoza convencido que había sido el único en escapar de los sables y las bayonetas de los soldados revolucionarios. Recordó al viejo monje abrazado a su cuello y suplicándole… “hijo mío, con aquel dinero hay para reconstruir tres veces la Cartuja”.

Mil veces había hecho las cuentas. David estaba seguro que debajo de las ruinas del convento que había empezado a pisar había una tonelada de oro.



***

Los pedruscos desparramados por una vasta extensión indicaban la proximidad del objetivo. Había dejado de llover; la cortina blanquecina que impedía ver algunos árboles lejanos y negros se trasladó al infinito confundiéndose en el horizonte con el gris del cielo.

A su nariz llegaban efluvios portadores de aromas húmedos, a tierra mojada, a hierba, … Era el mejor olor que conocía. Cómo lo había echado de menos entre los fogonazos acres de la pólvora o la peste de los cuerpos sanguinolentos, destripados o putrefactos.

Sorteó algunas piedras y pisando aquí y acá, luego allí, sobre cascores y vigas podridas se fue internando en el laberinto derruido de pasillos, salas y recibidores. Alguna pared rebelde a la destrucción se levantaba orgullosa sobre los montones; el musgo y las hierbas se apoderaban de los intersticios de las piedras.

Al llegar a lo que parecía que en otros días fue un pequeño jardín, giró sobre sí mismo observando el desolado paisaje que le rodeaba.

Miró el plano, sucio dibujo ya, hecho en 1720. La firma del arquitecto era ilegible. A la derecha quedaba la hilera de árboles que llebaba hasta el límite de la Cartuja. Caminó abstraido, intuitivamente; conocía aquellas ruinas como si todos los días de los últimos años hubiera paseado entre ellas. Se detuvo. Su silueta se recortaba sobre una pared semiderruida. Había sentido la proximidad. Allí era el sitio. Tenía que buscar la entrada

Cada losa, alternativamente, una no y otra sí, tenía y tiene aún, cosa que podéis comprobar si os acercais por la vieja Cartuja, cerca de Carcasone, una cruz tallada. Pero, hay una que falla al orden establecido; “dos cruces seguidas…” Aquí es. Las piedras pegadas por el paso del tiempo, se resistían pero tras un largo forcejeo y ayudado por una palanca de hierro, cedieron a la impetuosidad de nuestro personaje.

Se ha hecho de noche, y el negro agujero se muestra anate la mirada ansiosa de David.


***

Las manos le tiemblan como a un azogado mientras enciende la tea. Su corazón se debate en tremendas convulsiones. Con el saco en la otra mano baja las escaleras combadas por el mucho uso. Por el hueco ascendía un desagradable olor a humedad encerrada. Escrutó aquella galería excavada como las minas. Dos filas de palos, a ambos lados, hacen el papel de columnas; otra en el techo conforma el techo de la bóveda.

Sus pasos son lentos. A unos veinte metros, el subterráneo se abulta ensanchándose en una especie de plazoleta desde donde el túnel se bifurca a modo de tenedor de dos pinchos.

Una cruz de madera clavada en el centro de la bóveda terrosa era la señal. Sin duda era el lugar. Cuánto tiempo ha esperado este momento.

David empieza a cavar con furia, desesperado, alocadamente. Los golpes se suceden sin tregua. La tierra está blanda. Al poco tiempo su ansiado objetivo está a la vista. El pico se ha clavado en madera. Ya lo tengo. Es un momento sublime…

Es el arca, el cofre.., el tesoro. David separa la tierra con una mano, arrancando con la otra las astillas y maderas fragmentadas por el pico. Introduce las manos.. La sangre se le agolpó en el cerebro, amoratándole la cara, y rápida le bajó hasta los pies, helándose cerca de los talones. Saca una calavera, costillas, un fémur… huesos. David tiene la cara blanca.

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Publicado en la revista "La Cebolla de Jata", Getafe 1981

6 de septiembre de 2006

El fin de Stede Bonnet



El destino del pirata es apoderarse de una libertad que se tuerce en fatalidad”. G. Lapouge


I

El cielo, de suave tonos zarcos en la lejanía, apareció aquella mañana acelajado. El mar, como una lámina de plomo, reflejaba la claridad grisácea que producían los débiles rayos del sol otoñal a través de las nubes. Los barcos se mecían con suavidad, gimiendo un sordo ronroneo, como presagiando la solemnidad del día, en las aguas del puerto de White Point, cerca de la ciudad de Charlestone.


El numeroso público, reunido en grupitos, hacía comentarios sobre las ridículas e imaginarias poses obscenas que intentaban plasmar en el rostro de los ajusticiados desde que, sin tener aún noción de las razones y objetivos de aquellos espectáculos, recibían de labios paternos idénticas groserías intentando repetir el involuntario y postrer gesto de algún pirata vulgar.

La algarabía de risas, gritos y posturas cómicas se sucedían sin tregua. Algunas manos inquietas, amparadas por el bullicio y la promiscuidad general, se dirigían inconstantes rápidas hacia el trasero de las criadas juguetonas, redondos e insinuantes, pero inexpugnables, acostumbrados al acoso por el repetitivo acto de ejecutar bandidos.

El arremolinar de las gentes, el ascender del humo de los cigarros habanos, el murmullo del mar al rozar con los barcos anclados en la White Point y las persecuciones de los niño jugando a piratas, mientras para esquivar el último zarpazo de la justicia giraban apoyándose en los muslos macizos o en la falda de alguna pomposa y grave dama, constituía un magnífico ambiente para admirar, por el lado contrario al infantil estirón, la bella geodésica de la cadera femenina.

Era un espectáculo, sin duda, para el caballero que, dignamente indignado, llevaba su mirada celosa del lujoso reloj suizo al patíbulo y de ahí a la calleja por la que ya se retrasaba la justicia. Pensó en la zafia y repulsiva plebe.

Decididamente eran unos patanes. Aquello era un acto de aprendizaje, una lección y no una fiesta obscena donde los comerciantes, los marineros y hasta los campesinos se fijaban con idiota insistencia en el escote y en los repliegues de la falda de su mujer arrebujada contra el pubis por la brisa marina; como si se dejara traslucir o adivinaran el color blanco de su piel, como si el pubis de la mujer ajena no se pareciera infinitamente al de la propia..

El ajetreo y el tumulto cesaron ante la insistencia del rumor que anunciaba la presencia del protagonista principal de la tragedia; desde la calleja que desembocaba al puerto llegaban, como olas, los comentarios del público. El mayor Bonnet, Edwards, como se había hecho llamar en los últimos meses, era prácticamente arrastrado por dos marineros hacia la horca. Un destino ineludible marcaría el argumento y el final. Era el fin de Stede Bonnet. El fin de una singular aventura. Su trayectoria como pirata era escasa. Todo había empezado un año y medio antes..



II

Una mezcla de hastío, insatisfacción y rabia envolvía su vida cotidiana; el desasosiego que padecía era extremo. Su existencia en la isla de Barbados era aburrida, un transcurrir lento y monótono; sin alicientes; como la de cualquier hacendado.

El mayor Stede Bonnet se había casado con la hija de un rico comerciante; una hembra inquietante y bella, de tetas gordas y enhiestas como la proa de un barco. Sin embargo, reciente aún el matrimonio, la vida de casado derivó en constantes escaramuzas de evasión, peleas verbales; sin llegar nunca, eso era lo peor, al necesario cuerpo a cuerpo de la alcoba. La señora Bonnet estaba loca de atar.

Fue por remediar tal estado de cosas que tomó la decisión de adquirir un pequeño barco; había comunicado a sus conocidos y familiares un repentino interés por el comercio marítimo. Sin embargo advirtió a los a los marineros que enroló de sus verdaderas y ocultas intenciones. Había decidido embarcarse bajo la bandera pirata, convertirse en un auténtico corsario a pesar de lo inusual del caso. Nunca antes un capitán había contratado a los piratas ni había comprado el barco; lo llamaría Venganza, contra el hastío, la señora Bonnet o la misma vida.

Ahora comprendía que había utilizado el barco como remedio mortal, sucedáneo del suicidio. Al aparecer en la explanada y observar a la multitud comprendió con angustia que estaba allí para presenciar su ejecución. Miró al patíbulo y lo vio muy lejos. Lejos por la sensación que le auguraba la agonía del trayecto; lejos por el tiempo que transcurría lento y parsimonioso. Le dolía íntimamente aquella extensión de tiempo y gente.

Caminaba despacio. Un marinero abría el cortejo con el bastón de mando en plata del Almirantazgo; luego él, sostenido por otros dos guardianes, entre una infinidad de cabezas que se reían y chillalban; detrás quedaban otra infinidad de rostros y el resto de la guardia del gobernador de Charlestone. Uno de los esbirros portaba jocoso un ramo de flores que le intentarían poner entre las manos en el momento oportuno.

Pensó que nunca había visto una ejecución y recordó con nitidez la frase del Coronel Rhett al desembarcar en la bahía la última vez que lo apresaron. Mañana volará tu tripulación. A la mañana siguiente, escuchó el ajetreo. Uno a uno, los tripulantes del Venganza pasaron por el pasillo de la cárcel para no volver. Era su último paseo por tierra firme. Llevaban las manos esposada y sus caras expresaban todo el temor que puede esconder la mente humana hacia la muerte.

No pudo ver las ejecuciones. A medio día notó cierta agitación. Resultaría pesado para el verdugo del rey eliminar la funesta carga que representaban veintitantos de los más inútiles corsarios. A las cuatro cesó todo movimiento. El silencio era absoluto. De cuando en cuando escuchaba el graznar de algún pájaro costero. Luego dejó de llover. Sería triste morir bajo una lluvia monótona, inquietante y con el cielo gris y pardo, confundiéndose en el horizonte con un mar estático y plomizo.

Le inundaba una extraña nostalgia; añoraba el sol tropical, los climas cálidos, los aromas sabrosos… Era la maldita melancolía. Qué frágil resultaba la vida humana. El universo gris que hace, automáticamente, un día después de una noche, nos condena a ser meros intérpretes de una tragicomedia que jornada a jornada cierra el telón insensible a la vida y a la muerte de los actores. El globo gira indiferente de los sentimientos y la razón de los individuos.

Todavía en la mitad del recorrido sintió cercanas y amenazadoras la multitud de cabezas y rostros que le animaban a morir bien, las bocas que le tiraban burlas y, lo más molesto, algún que otro escupitajo que no podía limpiarse por por llevar las manos atadas. Atrás quedaban otro mar de cabezas que se reían y le chillaban. Uno de los guardias portaba aireándolo un ramo de flores que le intentarían poner entre las manos. Dentro de breves instantes no sentiría la miseria de la vida.

Comenzó a revivir alguna de las escenas de la batalla en los canales del cabo Fear. Fue su gran derrota. Era absurdo; su cerebro, sin orden predeterminada, viajaba en un barco de tres mástiles, extrañamente esbelto. Los foques, que pendían del palo de proa y llegaban, el mayor, hasta el bauprés, le concedían una imagen agresiva, aguda, hiriente.

Había olvidado las largas horas encallado en la arena por culpa de la marea. De repente llevaba todas las velas desplegadas. Los juanetes, los foques, las panzudas gavias, los cabos, maromas y gúmenas tirantes en un supremo esfuerzo por contener la avasallante acometida del viento y del agua. El solo gobernaba el timón; halaba y escotaba velas; corría de popa a proa.

El Venganza dejaba atrás, entre los profundos surcos de las olas que dibujaba la quilla, una estela de espuma burbujeante. El mar encrespado levantaba olas imponentes que rociaban a cada vaivén la cubierta y rebotaban en el casco produciento blanquísimos retazos de espuma que le salpicaban la cara y los labios…



III

El aspecto policromado y variopinto de la bahía de Honduras se había impreso en su cerebro. Veía la abigarrada muchedumbre que pululaba por el puerto y recordó por momentos, dentro del recuerdo, alguna de las escenas que le quedaran grabadas en uno de los escasos viajes que hizo con su padre cuando aún no sabía leer.

El cielo azul, diáfano, ofrecía matices delicados. El sol producía extraños reflejos en el mar y en la piel de los negros que, inquietos como hormigas, transportaban de aquí para allá toda clase de mercancías. El trasiego de los esclavos, el ir y venir de los barriles denotaba un febril actividad económica. No había quietud. Los marineros se dedicaban a arreglar pequeños desperfectos en los aparejos.

Caminó abstraído por el puerto mientras mordisqueaba la fruta que se vendía por doquier en los numerosos tenderetes instalados. El olor salobre del mar y el aroma de los frutos maduros, el pescado ahumado y los chillidos de los papagayos eran sensaciones que afloraban en su consciencia, directamente desde su niñez.

Se sentó en una piedra. Observó los mástiles de los barcos intentando divisar el “Venganza”. En una pequeña ensenada cercana, sobre la arena, había dos esqueletos de barcos. Solos. Muertos. Dos ratas con el rabo pelado paseaban nerviosas entre las tablas ya carcomidas por el gusano broma. Al fin, este es también el destino de los hombres. Para qué vivir acumulando riquezas o persiguiendo clandestinamente damas o criadas.

Mañanas así de soleadas o las próximas aventuras que habría de vivir valían al cambio mucho más que cincuenta años trabajando honradamente hasta que un día, en una mullida y amplia cama, llegase un final tan triste como cada una de las noches que nos suicidamos al quedar profunda y satisfactoriamente dormidos. Luego vienen los gusanos. Al hombre también le espera un destina parecido al de los barcos; pensó sonriente en la escena de los gusanos afanosamente atareados en reducirnos a la mera osamenta.



IV

El humo y el griterío eran insoportables. Había visto muchas tabernas en su vida, sobre todo mientras duró su estancia en el ejército de su majestad; en casi todas el ambiente era parecido, aunque, quizás, en aquella era especial, como un escenario siniestro.

Allí estaba una parte del peor desecho de la sociedad. Pidió ron. Consideró la posibilidad que fuera al revés. Quizás hubiera que pensar que allí retozaban los hombres más libres del mundo, aparte de las cadenas que los ataban un día y otro a un barco pirata y, otro más, a una taberna donde por unas pocas monedas podían tocar, de vez en cuando, alguna teta entre rojiza y negra por el continuo rozar de las barbas alborotadas y las manos negras, ignorantes de la función del jabón; o seguro, con oro contante y sonante, copular como un animal con alguna meretriz gorda tras los recovecos, tapados con maderas, a propósito para tales faenas.

A menudo se oía proveniente de aquellas esquinas, entre las risas y el alboroto general, el rugido de algún “perro de mar” mezclado con los suspiros casi asmáticos de la mujer con los pechos totalmente fuera del enorme escote y las faldas remangadas. Nadie se preocupaba de tales coyundas. El ir y venir de los vasos de ron o las jarras de cerveza hacia las mesas o el de las parejas hacia las esquinas, el continuo ascender de las voces, el humo de los tabacones, la luz mortecina que entraba por el ventanuco enrejado y las paredes ennegrecidas enmarcaban un espectáculo único a los ojos de Stede.

Recordó que fue allí donde conoció a Barbanegra.

- Cómo te llamas -dijo con voz ronca y potente.

- Stede.

- ¿Cómo? ¿Estí? ¿Habéis oído? -se volvió hacia su parroquia .

- Estí…

Barbanegra soltó una sonora y larga carcajada, mientras los demás alborotaban, chillaban y reían; levantó la pistola…

Notó otra vez el temblor en los labios y en los dedos de las manos. Sentía las piernas débiles. Próximo a la tarima del patíbulo, inmiscuido en sus propios recuerdos, escuchó los gritos de aquellas fieras que le llamaban cobarde. Recibía las risas y las burlas como bofetadas. Observó al verdugo y a la silueta del juez recortada por el fondo gris de la linea del horizonte donde se juntan el cielo y el mar.

Stede apenas oía ya las burlas del irrespetuosos público, ni prestaba atención a las palabras del leguleyo que mecánicamente enumeraba de nuevo sus delitos. Repetía, idéntico, el discurso del juicio que plagaba de citas bíblicas. sus maestros de infancia utilizaban el mismo método. Inculcaban las enseñanzas de las Sagradas Escrituras gracias al miedo ancestral y primitivo del ser humano.

El poder siempre trabaja con las mismas herramientas. Las religiones convierten a las sociedades en sistemas teocráticos donde los jueces, meros legos, aplican sin piedad la ley de los dioses.

El juez Trott seguía enviando salvas de citas bíblicas. Era insoportable… El gobernador permanecía silencioso, pero aprobando con ligeros movimientos de la cabeza, todas y cada una las palabras del leguleyo. “… por tanto, yo, Nichoolas Trott, juez de Charlestone, te condeno a tí, al llamado Stede Bonnet, a ser ahorcado por el cuello hasta que mueras. Y que Dios en su infinita misericordia tenga compasión por tu alma…”

La caricia involuntaria de los dedos gordezuelos y bastos del verdugo le produjo un suave cosquilleo. Luego, el roce áspero de la soga en su garganta. Se dejaba hacer. No es difícil morir, pensó mientras el juez le inquiría sobre su última voluntad; con un vago movimiento de la cabeza indicó su negativa. Escuchó el silencio del público.

Lo más molesto era la espera; cuanto antes mejor. Nadie comprendería… La experiencia propia no repercute en el discernimiento ajeno. La cuerda húmeda se había ceñido a su pescuezo. De antemano sabía que su instinto de conservación estaba derrotado. Sabía de intentos de suicidio en los que había sido más fuerte el instinto que el deseo de morir.

Oía el rumor del mar. De repente notó que estaba en el vacío, bailando como un péndulo trágico. Sus pies habían perdido el apoyo. Era el acto final. Le dolía la garganta brutalmente oprimida. Su pecho parecía querer explotar. Notaba su cara ruborizada. Entonces percibió el instinto de conservación. Era su lengua, que luchaba con el espacio exterior, queriendo hacer hueco al aire. Oía un rumor sordo de gritos. Dejó de sentir los pies, las rodillas, luego el vientre…

Notó las flores entre sus manos. Ya no le molestaba la garganta, ni siquiera la burla. El mar azul se volvía a cada momento más oscuro. Un dulce sopor le inundaba el cerebro que, lentamente, dejaba de discernir el ruido, el color, el dolor…

Por último, supo -quizás no veía- que el mar y el cielo estaban negros. No había luna ni estrellas aquella noche hermosa… Mientras el morboso público se retiraba de la explanada del puerto, el galeno de la prisión certificó la muerte de Stede Bonnet. Al cortar la soga, el cuerpo del corsario cayó del cadalso al carro, sintiendo lejos, muy lejos, el golpe sordo que lo transportaba a la eternidad.



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Publicado en el libro "Primeros Cuentos".  Ayuntamiento de Getafe .  1982